jueves, 17 de agosto de 2017

Ignacio Álvarez-Ossorio: Siria

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Si me permitís un símil algo frívolo, nadie escribe una crónica de un partido que aún no ha acabado. Podría hacerse, claro, pero los flecos quedarían colgando y no creo yo que, aunque aquello esté muy lejos y, inocentes nosotros, pensamos que no puede afectarnos de cerca. Me refiero a Siria. País tan desmoronado o más que la Libia del libro de Jon Lee Anderson y país del que si su presente ya es un caos qué vamos a decir de su futuro, pero es bueno, y es interesante, que Álvarez-Ossorio intente explicar un poco qué es lo que sucede, aunque no se atisbe un final o incluso aunque el final que se atisbe sea una catástrofe que no tiene aspecto ninguno de ser bueno. Siria es el tumor de Occidente y su metástasis es imparable y emplear términos sórdidos y desagradables puede hasta que ayude a tomar consciencia.
Por variados motivos. Porque el conflicto parece ser un incendio que se extingue, porque determinada ciudad haya caído o determinado líder de ISIS haya sido alcanzado por algún ataque con algún dron o alguna bomba inteligente (oh, qué quirúrgicos y qué inteligentes somos los Occidentales oponiendo siempre la calidad de nuestra tecnología frente a la visceralidad y primitivismo de la pura fuerza bruta derivada de la cantidad del enemigo). Porque los mecanismos occidentales son generar optimismo y confianza y convicción en la victoria y decir constantemente que solamente se trata de tiempo y que su poder organizativo queda reflejado en lo cutres que son sus ataques, que ya no tienen aviones ni pilotos suicidas y que ya tienen que aferrarse al loco (ya ni se le llama célula) que se enfada un día y coge el cuchillo del pan de su casa. Porque si no se hubiera producido la oleada migratoria y el severo conflicto de los refugiados y todo se limitara a unos cuantos Hummer recorriendo carreteras llenas de baches y a comunidades con matices étnicos y religiosos que no nos preocupamos de entender matándose entre ellas por cuatro colinas donde llevar los camellos a pastar no nos estaríamos implicando lo más mínimo. O sea, cero. Pero el problema se extendió, y como en los atentados de las Olimpiadas de Munich o en el 11-S todo nos ha invadido. Y los refugiados reclaman nuestra atención y los atentados asolan nuestros plácidos lugares de turismo chic y hay que entender o interesarse.
Y este ensayo ayuda en lo que buenamente puede. Ante la limitación de una realidad cambiante y una evolución que acarrea confusión, con cambios de bando, confluencias de políticas a tres y cuatro bandas, los intereses económicos de la zona, la influencia de los grandes estados musulmanes, la perversa figura de Al Assad, practicando el surf a base de parecer a ratos el enemigo y a ratos el amigo (por el hecho de ser también enemigo de otros enemigos), buscando apoyos con los que cumplimentar su plan de perpetuarse en el poder.
Ossorio lo explica y nos recuerda, tanta bomba y tanto muerto en el conflicto y en las aguas del Mediterráneo pueden haber hecho que lo olvidemos, que Siria sólo fue otro de los escenarios de la Primavera Árabe del 2011, aquel movimiento alabado en todo el mundo que debía suponer democratización de unos cuantos estados, pero que fue el escenario en que ese movimiento no llegó a triunfar, y de ese conato surgió ese conflicto que tantos se han empeñado en capitalizar.
Un ensayo detallado explicativo, detallado, exhaustivo, neutro en su planteamiento, una puesta al día sobre un conflicto de cuyo capítulo final parecemos estar, valga la paradoja, cada día más lejos.



miércoles, 16 de agosto de 2017

Ngũgĩ wa Thiong'o: No llores, pequeño

Título original: Weep not, child
Idioma original: Inglés
Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez
Año de publicación:1964
Valoración: Recomendable (o algo más)

Ngugi Wa Thiongò es uno de los eternos favoritos al Premio Nobel y eternos, al menos hasta el momento de publicación de este reseña, no ganadores del mismo. Personalmente, y habiendo leído unicamente dos libros del keniata, me atrevo a afirmar que sería un más que digno ganador.

Ya reseñamos en este visionario blog "Sueños en tiempo de guerra", memorias del escritor, y coincido plenamente tanto con la reseña como con la valoración. Se trata de un gran libro.

En esta ocasión reseñamos la primera novela del autor, escrita hace más de cincuenta años. Se trata de un libro con un fuerte caracter autobiográfico o, al menos, esa impresión da tras haber leído "Sueños en tiempo de guerra". En este caso, se ambienta en la época final de la colonización inglesa y en los efectos de la misma y de la revuelta de los Mau-Mau (1952-1960) sobre los miembros de la familia de Ngotho, en particular sobre el propio Ngotho y sobre Njoroge, su hijo pequeño.

La novela transita de lo general a lo particular. En su primera parte, Thiongó describe ambientes, personajes y situaciones, haciendo especial hincapie en las relaciones sociales, familiares, culturales y económicas en la Kenia de finales de los 50. A modo de ejemplo: el acceso a la educación del pueblo kikuyu, la poligamia, la segregación racial, la cuestión de la tierra, las relaciones con los colonos blancos, etc. Esta parte del libro es, en mi opinión, la más interesante. Con un estilo aparentemente sencillo, que parecer beber en abundancia de la rica tradición oral africana, Thiong'o logra envolver al lector en la historia (o en las múltiples historias). Ese es su gran mérito: hacer fácil lo difícil.

La segunda parte se centra más en la propia revuelta y en su influencia sobre el vitalista y optimista Njoroge, quien trata de "ascender" a través de la educación. Esta segunda parte, mucho más dura que la anterior, creo que está menos lograda. Pese a que los personajes están, en general, bien construidos y siguen una evolución coherente, las situaciones son resueltas por Thiong'o con demasiada celeridad, como si hubiese una cierta premura por terminar la novela. Los hechos y el final, ojo que no es un mal final, se precipitan y dejan un regusto algo amargo después de una primera parte tan prometedora.

En cualquier caso, se trata de un buen libro, aunque algo inferior a "Sueños en tiempo de guerra". Pese a todo, es una buena oportunidad de acercarse a la obra del keniata, no vaya a ser que este año le den el Nobel y no puedas presumir de haberle leído antes.

También de Ngugi Wa Thiong'o en ULAD: Sueños en tiempo de guerra

martes, 15 de agosto de 2017

Mary M. Talbot, Kate Charlesworth & Bryan Talbot: Sally Heathcote, sufragista

Idioma original: inglés
Título original: Sally Heathcote, Sufragette
Año de publicación: 2014
Traducción: Lorenzo Díaz
Valoración: recomendable

A día de hoy (aunque a saber hasta cuándo) el Gobierno del Reino Unido está dirigido por una mujer y no es la primera que lo hace. Pero no está de más recordar que hace tan sólo cien años, que no son tantos como parece, las mujeres británicas ni siquiera podían votar (ni las españolas, ni las francesas, ni un largo etcétera...); el derecho a hacerlo lo consiguieron tras una larga lucha protagonizadad por unas damas con atuendos victorianos, coloridas bandas  y pancartas reivindicativas, que conocemos por el nombre de "sufragistas" -sufragettes en inglés-;unas combativas mujeres que, seguramente por eso mismo y pese a la justicia del innegable logro que consiguieron, no han salido bien paradas en retratos posteriores que se han hecho de ellas (aunque reconozco que no he visto aún la película titulada, precisamente, Sufragistas): en el mejor de los casos, suelen aparecer como unas simpáticas excéntricas; en el peor, como unas fanáticas exaltadas e intransigentes.

Obras como este cómic sirven precisamente para cambiar esta percepción que se tiene de las sufragistas. Y no porque nos dé una visión edulcorada de este movimiento político -incluso yo diría que todo lo contrario-, sino porque relata de forma pormenorizada pero amena la dureza de la lucha que llevaron a cabo, las dificultades y prejuicios que debieron superar para la consecución de sus justos objetivos (y no de todos, pues, por ejemplo, la equiparación salarial ente hombres y mujeres sigue sin conseguirse).  También cuenta las vicisitudes internas que vivió el movimiento sufragista, sus divisiones, rivalidades y traiciones .... como ocurre en el seno de cualquier organización humana, por otra parte. No olvida señalar, además, las otras injusticias de la época, como lasa derivadas de las diferencias de clase social, pues la protagonista, Sally Heathcote, comienza su andadura como criada de la famosa Emmeline Pankhurst, rescatada por ésta de una de aquellas dickensianas workhouses.

De hecho, aunque la protagonista de esta novela gráfica , exquisitamente ambientada en la época eduardiana sea un personaje ficticio, aparecen muchas de las figuras reales y destacadas del sufragismo británico, desde, obviamente, la señora Pankhurst y sus hijas Christabel y Sylvia, al matrimonio Pethick-Lawrence, Hannah Mitchell -al parecer, la activista que le inspiró a la guionista Mary M. Talbot el personaje de Sally- o la no menos célebre (por un motivo más luctuoso) Emily Davidson. ya digo que no todas salen siempre favorecidas: este libro no es una hagiografía, ni tampoco se ocultan las derivaciones casi terroristas -o sin casi- que surgieron del movimiento, como la protagonizada por las "Young Hot Blood".  Es muy interesante, además, comprobar las concomitancias que la lucha del movimiento sufragista tenía, al menos en cuanto a los métodos empleados y el debate interno sobre la licitud de éstos, con otros también contestatarios que habían surgido por la misma época en el seno del todopoderoso Imperio Británico: los socialistas, sindicalistas o los fenianos irlandeses.  No menos ilustrativa es la represión efectuada por las fuerzas del aparato del Estado, en este caso contra las sufragistas.

En cuanto al aspecto gráfico de la obra, destacar, junto al detallismo de que hace gala, el sabio uso de los toques de color, que hacen de contrapunto al blanco y negro general, además de servir para destacar a determinados personajes y crear ambientes. La muy cuidada edición no se queda atrás en cuanto a calidad, y convierten en una experiencia  de lo más placentera la lectura de este libro.





lunes, 14 de agosto de 2017

John Lanchester: El puerto de los aromas



Idioma original: Inglés
Título original: Fragant Harbour
Año de publicación: 2002
Traducción: Javier Lacruz
Valoración: Recomendable

Devorada por primera vez hace ya más de una década, tenía la lectura de El puerto de los aromas alojada en mi memoria en el rincón de las novelas magníficas. Recordaba haberla leído con asombro y delicia y, pese a no haber retenido demasiados detalles de la trama (ni tan siquiera el desenlace), flotaba en mi cada vez más galopante amnesia la sensación de historia redonda excelentemente contada. Con la torva actitud de aquel que se reserva con lujuria un bocado que ya sabe de excepción, la nueva zambullida en El puerto de los aromas ha sido agradable y placentera, aunque tampoco tan extraordinaria como el recuerdo me prometía.

Desde luego, la narración es fluida y la lectura por sus páginas se desliza fácil y veloz. No se precisa volver atrás ni se nos hace caer en profundidades ni recovecos. La novela va y vuelve de Londres a Hong Kong a lo largo del periodo que corre desde los años 30 hasta finales del siglo XX –en que la colonia británica fue restituida al Gobierno chino-. Lo hace esencialmente de la mano de su gran protagonista, Tom Stewart, que con veinte años parte de las orillas del Támesis buscando un horizonte más abierto y llega al gran puerto meridional de China donde transcurrirá el resto de su vida.

En El puerto de los aromas hay aventura, incertidumbre, momentos delicados, en los que la propia vida parece estar a milímetros de ser aniquilada, que son la sal y pimienta de la trayectoria de una persona discreta, prudente y razonable, hecha a sí misma y a la que, en términos generales, parece haberle ido más que razonablemente bien. Todo efectivamente relatado con amenidad y ligereza, con abundante aliño de ironía y buen humor y “con ese permanente aspecto de asombro cortésmente reprimido ante la comedia humana”, tal como el autor caracteriza a uno de los personajes.

Y sin embargo… La singladura de Tom Stewart y la trama de El puerto de los aromas depara sorpresas, novedades, giros inesperados, reencuentros imprevistos pero también una sensación de excesiva corrección, de desmedida contención; una vida sin toparse con la duda, sin cometer error, sin cargar con el defecto, sin caer en el desánimo, sin dejarse arrastrar por la pasión… Bien. De acuerdo. Tom Stewart es británico, se puede alegar. Pero, aún así, tan británico… 

Junto al protagonista principal, el autor, John Lanchester (Hamburgo, 1962), enriquece la trama con los puntos de vista de Dawn Stone, una periodista inglesa que se instala en Hong Kong a mediados de los 80, y de Matthew Ho, un joven empresario chino que asienta a su familia en Australia en previsión de que el dominio británico de Hong Kong acabe con la prosperidad de la ciudad-puerto-refugio. Con su razón de ser, su incansable empuje, su poderoso atractivo. Que, por supuesto, y la descripción de su aroma en la novela es uno de sus méritos, no es otro que el flujo del dinero circulando, escondiéndose o exhibiéndose, transformándose, reproduciéndose. Así al menos lo retrata con convicción John Lanchester en al menos tres pasajes de El puerto de los aromas. El dinero, además de no mentir, “es el único tema en el mundo que hay que tomarse completamente en serio”. Poca broma. ¿Será?

domingo, 13 de agosto de 2017

Victoria Broackes, Geoffrey Marsh (Edit.): David Bowie IS


Idioma original: inglés
Título original: David Bowie IS
Año de publicación: 2016
Traducción: Ezequiel Martínez Llorente
Valoración: imprescindible

Aprovechemos que estamos en el fin de semana más vacacionado en el hemisferio Norte para darnos un pequeño descanso de eso que, urgh, llamamos, literatura pura. Sin dejar de ser fieles y coherentes con el título de este blog, por eso. Y esto es un libro, no os quepa duda. Un librazo en todos los sentidos porque pesa como dos kilos, bastante más que un laptop de última generación, porque su hábitat natural es la posición horizontal en una mesa de centro, y porque no requiere una lectura urgente de arriba a abajo, prestándose a ello pero admitiendo el típico hojeo displicente tan dado a estas calurosas épocas.
David Bowie IS podría pasar por ser un lujoso catálogo de la exposición de igual título que ahora se muestra al público en Barcelona, pero hay que aclarar que no es solo eso. No es solo un montón de páginas donde se da un exhaustivo repaso visual a toda la historia del músico británico. Un artista que, en todas sus épocas, pero muy particularmente en esas época dorada que se corta de forma algo brusca en Scary Monsters para renacer, bien entado el milenio y bien cercana su desaparición, con sus dos brillantes últimos discos. 
El aspecto visual, obvio, es apabullante; fotos de modelos usados en vídeos y conciertos, imágenes icónicas de sus discos y sus actuaciones, story-boards de su copioso material audiovisual, fotos de archivo desde las cuales asistimos a esa evolución pendular: el adolescente escorado a la imagen mod, el joven presa de todos los excesos, pelo naranja, cejas afeitadas, expresión a la vez ausente y acelerada, siempre con una actitud equidistante entre cierta flema innata y un evidente gusto por la provocación, de vuelta al hombre maduro sobrio y elegante, con una impensable aura narcisista llevada con una naturalidad sobrenatural.
Casi da grima pensar en el escaso peso e influencia (salvo contadísimos ejemplos,  ninguno de los cuales me viene a la mente) que la imagen de los artistas actuales de referencia en el mundo de la música tiene hacia sus legiones (ejem) de admiradores, y tenemos aquí un catálogo de distintas imágenes, de reinvenciones constantes en lo estético y en lo musical, de deglución de influencias y regurgitación, la mayoría de las veces, con pleno acierto. 
En fin: no corresponde a este blog hablar de la carrera musical de Bowie. Pero sí comentar este libro. Con un texto meticuloso y objetivo donde no se repara en detalles ni en juicios no siempre reverentes. Bowie fue un artista reptílico en todos los sentidos, capaz de recuperar una y otra vez su capacidad de sorpresa, y me da que su voraz curiosidad cultural tuvo mucho que ver. Curiosidad extendida a muchos aspectos de su vida, tal como los brillantes textos se ocupan de detallar sin ápice de pronunciación, sin dejes de admiración fanática. Porque, sobre todo entre los 90 y hasta 2010, Bowie quedó en un segundo plano y publicó bastantes discos intrascendentes. Pero en los 70... exploró en la música, en la cultura, en el sexo, en las drogas. Liberó a toda una generación de barreras y de cortapisas, de corsés de todo tipo y, como dijo una emocionada Annie Lennox en uno de los múltiples homenajes que se le rindió, demostró que estaba bien ser diferente.
Este libro es un espectáculo, incluso para ajenos por completo al círculo de incondicionales del músico. Es un lujo, un stendhaliano exceso visual. Uno puede, si es de ese tipo de personas, poseer montones de libros de fotografías. Mil rincones de New York, Fotos clásicas de Ferrari, 500 jardines de Japón. Pero ninguno como este.


sábado, 12 de agosto de 2017

Sorj Chalandon: La cuarta pared

Idioma original: francés
Título original: Le quatrième mur
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable

Como ya nos tiene acostumbrados, Sorj Chalandon utiliza la escritura para expulsar los demonios internos que le persiguen tras años de periodismo en países en conflicto. Y hace bien, a tenor del resultado conseguido en sus obras.

En esta novela el autor trata de exponer los conflictos existentes a finales del siglo XX en el Líbano, zona que cubrió cuando ejercía como corresponsal del diario Libération. De forma parecida a sus anteriores novelas, Chalandon se pone en el papel del protagonista para narrarnos su visión de lo que sucede en los territorios en conflicto, ya sea en Irlanda con sus novelas «Mi traidor» y «Regreso a Killybegs» o en el Líbano como ocurre con ésta.

La novela empieza situándonos en medio de una revuelta en París, en el año 1974. En ella coinciden Sam (un emigrante griego bregado en múltiples luchas por defender sus ideales e hijo de judíos perseguidos por los nazis), Georges (un joven idealista que de inmediato ve en Sam un ídolo y un ejemplo a seguir, por lo que representa y lo que luchó en su juventud) y Aurore (una joven, pocos años más joven que Georges, también activista de izquierdas y actriz).

Situados los personajes, la novela avanza rápidamente y nos cuenta que, al cabo de un año, Georges, narrador absoluto de la historia (y alter ego del propio Chalandon), se casa con Aurore, abandonando la lucha en la calle para formar parte de una compañía de teatro donde Sam ejerce de director. Así, sus reivindicaciones pasan de la lucha en las calles a transmitir sus ideales a través del teatro, y se unen a las causas sociales reclamando y ampliando sus derechos, ya no únicamente en aspectos de ámbito internaciones, sino también en causas más locales, dando soporte a los sindicalistas que se manifiestan reclamando más derechos laborales.

Años después, sus vidas se reencuentran tras una visita de Georges al hospital, donde Sam está ingresado por cáncer de pulmón, y con un pronóstico que le situa en sus últimos meses de vida. Mientras Georges lamenta la poca relación que han tenido en los últimos años, Sam le explica que finalmente ha conseguido encajar las piezas para representar «Antígona» en el centro de las tierras en conflicto de Oriente Medio. Su intención es representar la obra con actores de todos los bandos implicados en el conflicto: chiitas, palestinos, cristianos, drusos, maronitas, etc. En ese estado de salud frágil, y sabiendo que no lo queda mucho tiempo de vida, Sam le pide que sea él el que se encargue de representarla, con el objetivo de parar, ni que sea durante unas pocas horas, la guerra existente, uniendo en un mismo espacio los diferentes bandos compartiendo una misma representación teatral.

Chalandon utiliza la idea de la obra de teatro para situarnos en el centro del Líbano y, con el viaje de Georges al Líbano, para tratar de convencer a los distintos actores, nos sitúa en el corazón de cada uno de los territorios en guerra exponiéndonos sus ideologías. La intención es buena y está bastante lograda, aunque una mayor profundidad en la exposición de las diferentes convicciones y algo más de contexto histórico le hubieran añadido algo más de trascendencia. Aun así, el propósito y el resultado son suficientemente buenos para tenerte atrapado entre polvo, arena, noches de insomnio entre disparos constantes y olor de pólvora buscando un objetivo.

En momentos que pueden recordar a Maouawad por la visceralidad de las emociones sentidas en países donde la violencia es una compañera más del día a día, Chalandon nos ofrece la mirada de la guerra a través de los ojos de quien llega a un territorio con la paz en su interior. El autor es hábil describiendo la situación, la angustia, la incomprensión. La dificultad en convencer a los diferentes actores y los problemas encontrados en avanzar y sobrevivir en el territorio es claramente el punto fuerte de esta emotiva historia y su punto más logrado. El retrato que hace de la guerra es sobrecogedor, en una tierra poblada de ejércitos de diferentes ideologías, donde bajo los ojos de uno es enemigo todo aquel que no simpatice por su causa.

Narrado a través de las propias vivencias, Chalandon revive su experiencia e intenta liberar los recuerdos que le persiguen después de ver con sus propios ojos la crueldad y miseria del conflicto. El autor nos habla de la guerra, de la que ocurre y también la que se intuye; la devastación de los pueblos, la muerte de los cuerpos y la desesperanza de los vivos, o de lo que queda de vida en ellos. La dificultad de encontrar un encaje que satisfaga a todos, aunque con que el respeto y la tolerancia a las demás religiones e ideologías sería suficiente premio ante tal desafío. Hay momentos realmente intensos en el libro, especialmente cuando nos encontramos en pleno conflicto y sufriendo con el protagonista. Sin ninguna duda, esa es la mejor parte del libro que, aunque le cuesta coger ritmo y continuidad, una vez lo consigue te atrapa irremediablemente. La sensación que deja esta obra es la de un tremendo vacío, tan vacío como lo es la esperanza de aquellos que, a su pesar, siguen anclados en el territorio sin un futuro esperanzador.


También de Sorj Chalandon en ULAD: Mi traidor, Regreso a Killybegs

viernes, 11 de agosto de 2017

Reseña interruptus: Un hombre enamorado, de Karl Ove Knausgård

Título original: Min Kamp. Andre bok

Idioma original: Noruego
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 2009
Valoración: De psiquiátrico

Borrador de "Mi lucha", by KoldOve Knausgard:
Esta mañana me he levantado a las 7:30, con unas ganas irreprimibles de mear. He ido al baño y he vuelto a la cama. Como me aburría, he intentado arrimar cebolleta. Desgraciadamente, me han rechazado, así que he tenido que ir al baño y hacerme un paja. Me he limpiado con papel higiénico rosa con ositos. Después, he dudado entre subir al monte y coger la bici. He optado por pedalear y he tirado para la zona de Villaverde de Trucios (nota mental, incluir algún hecho de hace 25 años que me pasara en Villaverde) y me han salido 90 kilómetros muy agradables, con bonitos paisajes y las buenas sensaciones (dedicarle 150 páginas, llenándolas de más paja y más pajas). 

A que os importa entre poco y nada? Pues lo mismo que a mi todo lo que cuenta Karl YOve Knausgard. Pese a todo, he llegado hasta la página 354 (más de la mitad de libro!), pero ya no puedo más. Tanto yo, yo, yo, yo... Tanta nada, nada, nada, nada...

Mucho he aguantado. Podría haberlo dejado en la página 70, después de una apasionante narración de Karl YOve sobre la fiesta de cumpleaños a la que ha de llevar a su hija. Pero he seguido, en espera de algo (así, en general), pensando que toda esa nada conduciría a algún sitio, que 630 páginas (solo de este segundo tomo) han de decir algo.

Pero no. No conduce a nada, no transmite nada, no me llega. Sé que hay gente que idolatra a Karl YOve (hola Marc, hola Mónica), pero no es mi caso.

Personalmente, me aburre, me deja indiferente y, por momentos, me cabrea tanto yo, tanta mi lucha, tanto vacío, tanta ausencia de tensión narrativa, tanta aridez. No sé qué quiere contarnos Karl YOve, dónde quiere llegar. Quiero pensar que se trata de un ejercicio de autoexorcismo, de expulsión de demonios interiores y tal, pero no alcanzo a verlo. De hecho, la mayor parte del tiempo me parece un ejercicio de autoafirmación exento de ironía, falto de autocrítica, además de aburrido y hueco.

Como no quiero crear cismas entre la miembros del blog (ni entre nuestros followers), admitiré que quizá estemos ante un genio incomprendido, de esos que en su época genera tanto amor como odio. Quizá, aunque no lo creo (igual estoy equivocado). Eso sí, lo que no admitiré son las comparaciones con Proust. Por ahí no paso.

jueves, 10 de agosto de 2017

Edgar Hilsenrath: Fuck America

Idioma original: alemán
Título original: Fuck America. Bronskys Geständnis
Año de publicación: 1980
Traducción: Iván De Los Ríos
Valoración: muy recomendable muy alto

Este es un libro inclasificable. Pero en el buen sentido, que nadie se asuste. No tiene poesía visual y se entiende desde el primer momento hasta el último y todo se sucede dentro de un curso temporal solo alterado por el prólogo y por los dos capítulos insertados que explican todo lo demás. También es un libro inexplicable por cuanto no se me ocurren motivos por los cuales no lo he visto mencionado y, de hecho, he acabado atraído por su elevada posición en las listas de fin de año en un número atrasadísimo de una de esas publicaciones culturales que dejaron de publicarse hace años. No os dejéis engañar ni por título ni por la imagen de la portada. Esto no es un libro antiamericano ni una soflama social, sino la experiencia de un personaje, Jakob Brodsky, escritor intermitente pero constante de una obra que títula en bloque mayúsculas EL PAJILLERO y que redacta, imagen muy clásica, desde una mesa de un bullicioso café judío en la Nueva York de la primera mitad de los años 50. 
Y Brodsky es todo un personaje. Una mezcolanza poderosa que aglutina a partes dispares a Portnoy, a Bartleby, a Ignatius Reilly y hasta a Joe Gould o a Holden Caufield. Sí: asumo que cinco personajes tan clásicos y aparentemente heterodoxos son una combinación bastante extraña pero a poco que uno se sumerja en las escenas de Fuck America reconocerá esos trazos a través de la narración, esa primera persona insoslayable que es Brodsky, cuyas reflexiones desconciertan por su sentido común y en cuya esencia reconocemos al escritor irredento, al que exorciza los fantasmas, al que rellena el terrible hueco que ha quedado en su memoria a base de cumplimentar capítulo tras capítulo, entre idas y venidas a sufridos agentes que le procuran empleos de lo más pintoresco.
Y qué decir de los diálogos, esos que, esparcidos por todo el libro, resultan tan eficaces en la descripción de la curiosa inserción de Brodsky en esos USA que le han acogido tarde, demasiado tarde, tras una espera que se supone y se adivina y se confirma como terriblemente trágica, en esos dos capítulos donde tanto cachondeo y tanta haraganería y tanta picaresca para estirar el dinero quedan provisionalmente a un lado, y se habla, claro, de los seis millones, del ghetto, del hambre y la arbitratriedad.
Hilsenrath incrusta magistralmente ese tema latente en la novela. Fuck America no es una novela del Holocausto o si eso se esperase de ella habría quien se ofendería por esa brillante y descarada distancia que establece. Judío riéndose de su mala suerte y tomándose casi a cachondeo el trágico destino de sus semejantes, licencia que solamente ellos pueden permitirse. Novela caústica e irreverente que se gana el respeto a base de resignación y mala baba, a base de mirar de frente y escupir a nuestros pies.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Ida Fink: Huellas

Idioma original: polaco
Título original: Slady
Año de publicación: 1996
Traducción: Elzbieta Bortkiewicz
Valoración: recomendable

Resulta algo complicado, incluso incómodo, realizar la reseña de este libro de relatos. La razón es que éstos, en el mejor de los casos, producen una gran tristeza y desazón, cuando no resultan estremecedores y hasta espeluznantes. Todos ellos se refieren a la Shoah, el Holocausto que sufrieron los judíos (y no sólo ellos, ya sabemos) durante la II Guerra Mundial; ahora bien, aunque éste es el tema central, el único del libro, no resulta explícito en todos los relatos (imposible denominarlos "cuentos").

De hecho, son pocos los  que narran directamente las atrocidades cometidas por los nazis, como ocurre en La resurrección del panadero o en La mesa (narración hecha a través de la investigación posterior sobre la matanza llevada a cabo en un pueblo del este de Polonia o de Ucrania). la mayoría de los relatos, sin embargo, transcurren en las épocas anteriores o posteriores de los crímenes en sí o a ese desasosegante tiempo de espera, cuando aún las víctimas no estaban al tanto (o trataban de obviarlo) de cual sería su destino: Alina y su derrota, Zygmunt o Una tarde en el campo; incluso cuando, sabiendo lo que les esperaba, había muchos que se ocultaban, buscando escapar de sus verdugos: El umbral y La descripción de un amanecer.

Ahora bien, casi todos los relatos se refieren a la época posterior a la tragedia y de ahí el título genérico de Huellas  que tiene el libro, pues son los supervivientes los que buscan las huellas de lo sucedido, de sus seres queridos desaparecidos o recuerdan los tiempos felices en que aún no se había desencadenado la barbarie. Es el caso de Ya hemos ido a la ópera, La dirección, La huella o En la infancia, al anochecer. otro grupo de relatos, titulados de forma genérica Apuntes para una biografía, relatan las vidas y el final de una serie de mujeres: Eugenia, Julia, Sabina... Por último, hay un par de relatos que nos explican cómo, por una parte, el hecho de ser víctimas no excluye el envilecimiento de éstas -o que ellas se sientan envilecidas-, como ocurre en La mano; en el segundo caso, son los verdugos los que envilecen no sólo a sus persona sino a todo lo que les rodea, por bueno que pueda ser (Ascenso).

Lo que tienen todos los relatos en común es el miedo: en todos ellos se respira, se mastica, se exuda miedo, por más que en alguno esté escondido, agazapado aún... Miedo por lo que va a pasar, por lo que está pasando o por lo que se recuerda que pasó. Y, sin embargo -y quizás por ello resulta tan eficaz-, el tono de la narración es tranquilo, casi monocorde, sin que ni siquiera se ponga un especial énfasis cuando se nos cuentan las escenas más violentas. en cambio, abundan las descripciones de paisajes, de lugares, atmosféricas; se incide en los detalles domésticos cotidianos, lo que provoca un contraste perturbador con la brutalidad que sabemos se encuentra al fondo pero que en cualquier momento puede pasar al primer plano.

Una serie de relatos, ya digo, perturbadores, tremendos, más aún cuando no hacen un especial énfasis en el horror. No hace falta: éste se encuentra siempre presente, en cada uno de ellos.


martes, 8 de agosto de 2017

Jared Diamond: Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen

Resultado de imagen de colapso diamond amazonIdioma original: inglés
Título original: Collapse
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable por lo menos



En lo que concierne al futuro del planeta, la disponibilidad de recursos, el cambio climático, la inevitable globalidad de los problemas medioambientales y cuestiones similares parece que la opinión esta polarizada. El sector concienciado manifiesta su preocupación constantemente e intenta sensibilizar al resto.
Necesitamos saber a qué atenernos. En absoluto considero una exageración esas alarmas, pues están bien documentadas y proceden de fuentes fiables, pero incluso los que piensan que apenas tienen fundamento deberían salir de dudas de una vez. Colapso no es un texto de ficción ni un ensayo literario, se trata de una obra científica, extensa, y exhaustivamente documentada, imprescindible –junto a otras– para todo administrador público o para cualquiera que desee opinar con conocimiento de causa.
Su propósito es investigar las causas del colapso de algunas sociedades antiguas –la mayor parte de las cuales desapareció sin dejar rastro– comparándolas con las pautas que impulsaban la gestión medioambiental de las diversas regiones del planeta a mediados de la década anterior.
Diamond es doctor en fisiología y biofísica, ornitólogo, geógrafo, gran viajero, profesor universitario, promotor y colaborador en un sinfín de proyectos sobre el terreno relacionados con biología y geología, tiene en su haber obras divulgativas tan relevantes como Armas, gérmenes y acero (reseñado en este blog) que obtuvo el Pulitzer en 1998, y otras, como El mundo hasta ayer y Sociedades comparadas, a las que merece la pena acercarse antes de que queden obsoletas. Desde luego, no se le puede reprochar falta de rigor, desconocimiento de los asuntos que trata, carecer de una formación científica sólida, capacidad comunicativa o falta de entusiasmo. Al contrario, estamos ante un estudio profundo que contiene una ingente cantidad de apoyaturas científicas y datos de toda índole. Esto, que en absoluto es un defecto, puede pillar desprevenido al lector que esté buscando algo más ligero, pero yo aconsejaría que no se desanimen, no es preciso asumir una lectura exhaustiva de sus casi ochocientas páginas, al menos antes de saber hasta qué punto van a interesarnos. Un análisis de estas características, tan bien estructurado y con clasificaciones tan claras, se puede leer de muchas formas, desde la simple consulta hasta la habitual de principio a fin, pasando por saltarse párrafos o capítulos enteros eligiendo aquellos que más nos interesen.
Variedad hay de sobra. Tras una introducción en la que se analiza la situación actual de una zona muy concreta del estado de Montana (región que el autor tiene en gran estima y cuyos vertiginosos cambios, el enfrentamiento de pareceres entre vecinos que estos provocan y el delicado equilibrio ecológico a que todo ello ha dado lugar se utiliza como término de comparación con datos observados en otros territorios), emprendemos un viaje en el tiempo en una primera parte que repasa algunas sociedades tradicionales desaparecidas por causas diversas, dejando, eso sí, rastros inconfundibles –unas más y otras menos– de los que podemos aprender mucho si somos capaces de descifrarlos. Y si alguien sabe leer las señales que dejaron los antiguos es precisamente el autor.
Esta primera sección consta de cuatro capítulos y, para variar, en lo que respecta a la antigua civilización de la isla de Pascua recurre a indicadores y llega a conclusiones que no tienen nada que ver con los extraterrestres. Otros pueblos cuyos indicios se rastrean son: los mayas, los extinguidos vikingos de Groenlandia –en oposición a los inuits, que subsistieron gracias a la sostenibilidad de sus prácticas– o el Japón de la dinastía Tokugawa (s. XV a XVII) y su triunfo frente a la adversidad.
La tercera parte se enfrenta a la complejidad de algunas sociedades actuales: Ruanda y las causas (evidentes y ocultas) de sus conocidas tragedias, el radicalmente distinto abordaje de los problemas medioambientales dentro una misma isla (ejemplificado por los estados de República Dominicana y Haití), los errores cometidos por China y la celeridad con que se resuelven a veces, sin olvidar las dificultades endémicas de Australia y sus tentativas de un cambio de óptica que anuncian una etapa con bastantes probabilidades de éxito. Comparadas con el grupo anterior, se caracterizan por aportar muchos más datos sobre el presente pero más incertidumbre en relación al futuro. Por fortuna, no todas las amenazas de desastre llegan a consumarse, las sociedades remontan a veces, y al contrario: territorios que, se diría, cuentan con todos los requisitos para llevar una vida próspera van decayendo y acaban por desaparecer por no haber previsto que los recursos se consumen con el tiempo a no ser que se adopten medidas drásticas.
En los capítulos finales, el autor repasa la causas, tanto del colapso final como de los desastres ecológicos parciales –unas son atemporales (como la destrucción de recursos naturales, la superpoblación y la producción o traslado de agentes perjudiciales para un hábitat), otras recientes (la energía, el techo fotosintético, los cambios atmosféricos y la toxicidad de los productos)–, explica su estrecha interrelación, se pregunta si proceden de las dificultades inherentes a una zona concreta o más bien radican en conductas erróneas, extrae conclusiones para afrontar el futuro que le espera al conjunto de los seres humanos y, significativamente, acaba con el epígrafe Razones para la esperanza.
Un trabajo impecable, reconocido por profanos y especialistas, aunque se le ha reprochado cierto sesgo ideológico. Y, efectivamente, no se puede negar que, en lo relativo al presente, Diamond es de alguna forma juez y parte. Siempre que vuelve la vista atrás se muestra objetivo y desapasionado, interesándose solo por las prácticas que resultan beneficiosas o nefastas para el medio, en cambio, cuando se refiere a la actualidad encontramos afirmaciones como mínimo discutibles. Por ejemplo, teniendo en cuenta que la sostenibilidad del planeta tiene unos límites muy precisos, considera el afán de progreso de los países tercermundistas –tanto en su propio terreno como en la tendencia a la inmigración– una amenaza para el bienestar de los más prósperos; ni siquiera plantea una solución justa en forma de decrecimiento de unas zonas a favor del avance de otras. A destacar también su énfasis en la inevitabilidad de que las empresas extractivas prioricen el ánimo de lucro, justificándolo tanto por la necesidad de obtener beneficios como por sus legislaciones auto-protectoras, pero no encontramos la misma indulgencia respecto al conservadurismo medioambiental de los noruegos que se instalaron en Groenlandia hace siglos o hacia las costumbres religiosas que extinguieron en Pascua las reservas de piedra y madera.
Este tipo de estudios se desfasa a gran velocidad, como es lógico. Quiero pensar que Colapso, en su mayor parte, todavía está vigente; aún así, el lector no podrá dejar de preguntarse qué cambios se han producido en los once años transcurridos, en qué sentido, cuál habrá sido la causa y quienes los responsables.


Más obras de Diamond: Armas, gérmenes y acero

lunes, 7 de agosto de 2017

Jordi Puntí: Los castellanos



Idioma original: Catalán
Título original: Els castellans
Año de publicación: 2011
Traducción:  El propio autor
Valoración: Recomendable

La infancia es una ficción. Este libro quiere ser una prueba concluyente de ello. Con este reconocimiento, que forma parte de la propia narración en su epílogo, Jordi Puntí (Manlleu, Barcelona, 1967) fija el punto de partida de este grupo de relatos, iniciados por encargo de la revista L’Avenç en 2007 y cuya primera elaboración corrió paralela en el tiempo, como ejercicio complementario, a la escritura de la novela Maletes perdudes.

Reescritos con posterioridad, y con toda la intención de elaborar literatura desde la intimidad, la evocación y el recuerdo, pero también desde la ficción, la alteración y el sometimiento al objetivo de lograr un tono, una atmósfera y un estilo, nos deparan un viaje al tiempo de la infancia en un pueblo industrial (y rural) de la Cataluña “profunda” en la década de los 70 y 80 del siglo XX.

Para ello, Jordi Puntí se sirve de la relación que él y sus compañeros mantenían con los niños de su edad, miembros de la numerosa comunidad de inmigrantes procedentes en su gran mayoría del sur de la Península Ibérica y a los que denominaron castellanos. Relación, hay que resaltarlo, basada casi que exclusivamente en la pedrada, aderezada de algún insulto y un poco de desafío. Unos en casas unifamiliares, los otros en abigarrados bloques de viviendas, unos en colegios religiosos de pago, los otros en escuelas públicas gratuitas, la convivencia pasaba por la pugna y el control –más simbólico que efectivo- de los espacios comunes; un descampado, una pista de deporte, la piscina municipal, el cine (donde reinaba sin discrepancia posible Bruce Lee), la máquina del millón de un bar, un escondite donde reunirse y ojear revistas con fotos de chicas desnudas…

Apenas hay diálogo, ni contacto físico. Y, sin embrago, los otros se vuelven imprescindibles para modelar el yo, el nosotros. “Es como si ellos hubieran sujetado el espejo en el que nos reflejábamos – y me gusta pensar que a su vez nosotros sujetábamos el suyo.”, Por que en esa dinámica de conflicto y de pugna, subyace también una fascinación por las maneras, el desparpajo, la belicosidad que la propia imaginación infantil otorga al desconocido; al que no se le impone la restricción de la digestión para darse un chapuzón, para el que el horario de regreso es más laxo y al que cuando castiga un cura lo hace con más saña. Y ahí, me parece, radica el mayor atractivo de estos relatos, en esa capacidad de desbordar lo previsible, de exhibir y estrujar los propios prejuicios y de ofrecer una perspectiva inesperada y prodigiosa.

También hay algún personaje que sabe nadar entre dos aguas, que va por libre y no precisa despreciar al otro para definir su persona y opta por sacar partido a la situación. Y al final, con la llegada del bachillerato, la adolescencia y otros anhelos, más prosaicos y carnales, acaba por imponerse el trato personal y, ya se sabe, del roce surgen muchas cosas. A los castellanos, un apelativo pretendidamente despectivo, empezando por su arbitraria falta de exactitud, sucederán familias y niños llegados desde otras lejanías que serán seguramente observados por otros niños desde lo alto de sus bicicletas con reserva, desconfianza y hostilidad. Y, muy probablemente, íntima y secreta fascinación.

domingo, 6 de agosto de 2017

Aldous Huxley: Un mundo feliz

Idioma original: inglés
Título original: Brave New World
Traducción: Ramón Hernández
Año de publicación: 1.932
Valoración: Muy recomendable


Tengo que admitir que acudía a la cita con este clásico de Aldous Huxley cargado con algunos prejuicios. De un lado, un poco condicionado por cierta versión cinematográfica muy vieja (no sé si habrá más de una) que transmitía una imagen bastante infantil sobre esta historia, o al menos esa sensación me queda. Por otra parte, también temía que lo que durante décadas fue el paradigma de la distopía, el anuncio de un mundo deshumanizado por la tecnología, leído ahora, bien entrado el siglo XXI, hubiese quedado obsoleto, como la reliquia de algo que en su momento fue rompedor y visionario pero hace mucho que quedó superado por la realidad. O sea, que hubiera envejecido mal. Pero no son necesarias muchas páginas para despejar estos temores.

En las primeras décadas del siglo XX el mundo alucinó con algunos importantes cambios en el mundo empresarial, en especial con la introducción de la famosa cadena de montaje ideada por Henry Ford. Ya se sabe: costes reducidos al máximo, tareas repetitivas para optimizar la producción, tecnología que sustituye a la mano de obra… todo en busca de acercar el producto a un público numeroso y favorecer por tanto el consumo. Más o menos por esa época (años 30), Aldous Huxley debió darle unas vueltas a la cuestión y, en un ejercicio de imaginación, se propuso indagar a dónde conduciría esa idea mecanicista llevada al extremo, la producción, el consumo y el beneficio como estructuras fundamentales de la sociedad, la cadena de montaje aplicada al propio ser humano. El resultado de la elucubración no fue otro que un mundo feliz, un mundo ideal en el que las personas son gestadas de forma artificial, organizadas en castas y programadas para un rol determinado desde el primer segundo, la gente carece de preocupaciones, la sociedad queda óptimamente segmentada y los individuos, a salvo de enfermedades y siempre jóvenes, desempeñan la función asignada y tienen a cambio sexo a discreción, una droga que garantiza la felicidad y diversiones sofisticadas. Todo bien definido y organizado sin fisuras. Seguridad y felicidad sólo a cambio de no pensar.

“Adultos intelectualmente y en el trabajo, y niños en lo que se refiere a los sentimientos y los deseos”, dice Bernard Marx, uno de los personajes. Ufff, no me dirán que esta música no les suena. Jóvenes tan intensamente preparados para elevados desempeños laborales, como caprichosos e inmaduros, superficiales y deslumbrados por la tecnología. Sí, hacemos muchas risas con ‘Big Bang Theory’, pero cabe plantearse si ese es el tipo de individuo que definirá la sociedad del futuro. Otra píldora: “Supongo que todos ustedes recuerdan –dijo el interventor con su voz fuerte y grave- aquella hermosa e inspirada frase de nuestro Ford: ‘La historia es una patraña’”. La cita parece ser verídica, atribuida a Henry Ford, que en la novela se convierte en la única deidad admitida. El citado interventor gesticula con la mano, y Huxley ve los movimientos de un plumero que retira el polvo: allá van Caldea y Babilonia, Buda y Jesús, Atenas, Roma o Jerusalén. La Historia no existe, no interesa, como tampoco el arte o cualquier forma elaborada de pensamiento, sólo el presente y el futuro, el bienestar, la producción y el consumo.

Quizá lo que más impresiona de la novela es la naturaleza atrozmente actual de los mecanismos para adormecer la voluntad del individuo y programar las voluntades. Tirando en este caso de una exposición más metafórica, no sólo se ‘fabrican’ distintos tipos de individuos a demanda del mercado, sino que una vez ‘decantados’ (o sea, cuando salen del frasco) se ven sometidos durante su infancia a un bombardeo de imágenes y mensajes que recibe el nombre de hipnopedia, una especie de credo subliminal gracias al cual interiorizan los principios básicos de ese nuevo mundo. También esto nos resulta familiar. Realmente es estremecedora la nitidez profética con que lo expone Huxley hace casi un siglo.

Otra cosa es la vertiente estrictamente literaria. Huxley propone un elenco de personajes entre en el que, como era de esperar, empieza a despuntar cierta divergencia con las ideas dominantes en el mundo feliz. El Bernard Marx antes citado parece tomar la bandera de la disidencia, es un personaje contradictorio e interesante, pero va perdiendo protagonismo a favor de un contraste mucho más radical, a partir del descubrimiento de una reserva de ‘salvajes’, es decir, gente sin 'civilizar', ajena a la nueva sociedad, que puede conocerse como en un zoo. El foco pasa entonces a un joven de origen 'salvaje' inicialmente fascinado por ese mundo que aún no conoce, que pronto asumirá la figura de la rebeldía contra el sistema. Huxley incorpora en esa última parte algunos largos diálogos en los que expone la dialéctica entre los dos modelos, y a partir de ahí el hilo se desliza, en mi opinión, hacia una solución tal vez demasiado aparatosa y lineal, teñida de misticismo, con la que el nivel narrativo decae de forma patente.

Como lectores, nos encontramos por tanto ante una disyuntiva muy visible. Desde mi punto de vista, como novela, el libro es más bien endeble. Parte de buenos materiales pero no fraguan en un argumento sólido ni profundiza en las posibilidades que ofrece la historia. Si por el contrario nos centramos en la visión de ese escenario futuro y deshumanizado, la capacidad del autor resulta abrumadora: el dibujo es brutal pero aplastantemente lógico, incorpora con minuciosidad elementos filosóficos, económicos, religiosos o éticos, y demuestra una capacidad prospectiva deslumbrante teniendo en cuenta la época en que se escribe el libro.

A mi modo de entender, este segundo aspecto se presenta de forma tan brillante, es tan coherente y poderoso, que deja como irrelevantes las carencias que pueda presentar el libro como construcción literaria.

sábado, 5 de agosto de 2017

Dennis Lehane: Ese mundo desaparecido

Idioma original: inglés
Título original: World Gone By
Año de publicación: 2016
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable

No descarto que sea yo quien tenga un problema cuando una novela es tan decididamente ajustada a los parámetros de género. Y esta lo es. Ese mundo desaparecido es una novela de gángsters o de mafiosos, con todas y cada una de las piezas que son imprescindibles en su construcción, y espero no dejarme demasiadas pues seguro que los voraces degustadores del género las disfrutarán y puede ser que hasta vociferen enfadados tildando mi valoración de fría o escasa o incluso de injusta.
Esto es lo encontraréis en Ese mundo desaparecido. Políticos corruptos, mujeres ricas pero fatales, mujeres pobres y desgraciadas, chivatazos, emboscadas, asesinos implacables, traiciones, asesinos crueles y refinados, reuniones de capos donde se toman decisiones, mares con tiburones, tipos que tienen armas escondidas en todas las estancias de su casa, mafiosos con lado humano, mafiosos que creen que no hay nada más humano que el crimen, arrepentidos, infiltrados, niños que desconocen a qué se dedican sus padres.
Y el cóctel es perfecto. El libro se lee volando y cada escena aporta y nos vemos trasladados a ese estado de Florida en los años 40, cuando las autoridades estadounidenses no están tan pendientes de cuatro pendencieros matándose entre ellos como de la eventual presencia de espías de los alemanes y de los japoneses, habida cuenta de la que está liada a muchos kilómetros de esas playas. Y la historia se degusta, claro, esa confesión desesperada de Theresa Del Fresco, asesina profesional que cumple prisión por un asesinato amateur. Ha destrozado a golpes de mazo la cabeza de su marido, un maltratador. Desde la cárcel, apremiada por dos intentos de acabar con ella, intenta contactar con Joe Coughlin, un mafioso en excedencia que está en el punto de mira, y Theresa lo sabe: planean asesinarlo el Miércoles de Ceniza. A cambio de esta confesión, Theresa quiere ser protegida a lo largo de los cinco años en que va estar encerrada, saliendo a tiempo de cuidar a su hijo, que entonces tendrá 8 años, y disfrutando de los pingües beneficios de su último golpe. Joe Coughlin tardará en dar crédito a ese soplo pero empezará a desconfiar de su entorno y a pensar que puede que sea así. Contactará con Lucius, personaje tópico donde los haya (la encarnación del Mal más errático y caprichoso) en la mejor escena del libro.
Anda: si he dicho escena.
Quería decir capítulo.
Y ese es el hándicap, pero muchos le llamarán virtud. Lehane (bregado, como la contratapa nos recuerda, en relaciones con el mundo visual - Mystic River, The Wire, Boardwalk Empire) parece escribir con esa condición en primer plano. Ese mundo desaparecido es un estupendo libro de género, pero todo el texto queda lastrado por una condición de guionizable que lo deja, como novela, en una condición incompleta que resulta difícil de describir. Como si no fuera capaz de proyectarse por sí mismo y necesitara de imágenes y de caras favoritas (algún actor conocido en horas bajas, algún secundario de una serie célebre) para transmitir su mensaje, como si fuera un borrador de algo que alcanzará su plenitud desarrollado por temporadas y con una caracterización de época que explique algunos de sus detalles extemporáneos (los encuentros furtivos de Coughlin con la altiva mujer del alcalde, por ejemplo) y los sitúe en un contexto con todas las de la ley.