lunes, 29 de mayo de 2017

Javier Valdez Cárdenas: Malayerba (La vida bajo el narco)

Año de publicación: 2009
Valoración: Muy necesario


Javier Valdez Cárdenas fue brutalmente asesinado el pasado 15 de mayo en Culiacán (Sinaloa, México), ciudad que le vio nacer allá por 1967. ¿El “motivo”? Pues, sencillamente, su labor como periodista, profesión tantas veces menospreciada y tantas veces maltratada, desde la cual denunció los estragos originados por el narcotráfico y el crimen organizado.

Una idea de la magnitud de la tragedia causada en Sinaloa por el crimen organizado la dan las siguientes cifras:

Sinaloa sumó cerca de mil doscientos homicidios en el 2008. Unas ochenta personas que no tenían qué ver con el narcotráfico cayeron abatidas por las balas. Cerca de 112 agentes de las policías Federal, Estatal y Municipal, y también efectivos militares, fueron asesinados en circunstancias similares.

Más allá de las fríos datos, hay dos componentes en la tragedia que quisiera destacar; por un lado, el ambiente de psicosis, terror y paranoia colectiva; por otro, la normalización de la violencia en la vida cotidiana, su aleatoriedad y su institucionalización. Es fundamentalmente contra este segundo componente contra el que van dirigidos los escritos de Valdez Cárdenas: contra la impunidad, contra el machismo, contra la corrupción política y policial, contra la complicidad del gobierno y la policía con narco, etc.

La forma elegida en esta ocasión es la del relato breve, de apenas 3 o 4 páginas. Unos 75 relatos de un nivel medio muy alto. Desgraciadamente, y más desde ese fatídico 15 de mayo, la principal virtud del libro no es su calidad literaria sino su capacidad para remover estómagos y despertar conciencias. Esto lo consigue poniendo en primer plano la omnipresencia de la violencia en sus diferentes formas, una violencia que atraviesa la vida de los seres que pueblan los relatos. 

Esos seres pueden ser niños que juegan a los balazos, a las camionetas y a los rifles de alto poder, niños que llevan en su inocencia el lenguaje de la muerte, jóvenes vírgenes entregadas al capo local de turno con el fin de intentar salir de la miseria, adolescentes con prisa por vivir y por tener dinero, hombres y mujeres adultos en busca de dinero fácil para una vida mejor, policías que se juegan la vida por cuatro pesos y se pasan al otro bando, etc. 

Estos son solo algunos ejemplos. Otros pueden ser aún más casuales, como un camarero que escucha una conversación que no tendría que haber oído, alguien que colisiona con la furgoneta de una panda de matones, alguien que saluda a quien no debe en el momento más inoportuno., etc.

En los relatos de “Malayerba”, en Culiacán, en Sinaloa, la violencia es aleatoria. La vida vale una mierda. O menos que una mierda. Vale lo que quiera el narco, el policía o el alcalde corrupto de turno. Pese a saberlo perfectamente, Valdez Cárdenas se atrevió a denunciarlo y le costó la vida, como les ocurre a algunos de los protagonistas de sus relatos.

A nosotros, como lectores, nos queda la obligación de acercarnos a sus escritos, de no ignorar la jodida realidad y de tratar de que su asesinato, como el de tantos otros, no quede impune.

domingo, 28 de mayo de 2017

Conrad Schirokauer: Breve historia de la civilización china

Idioma original: inglés
Título original: A Brief History of Chinese Civilization
Traducción: Yolanda Fontal y Carlos Sandiña
Año de publicación: 1.990 (edición de 2.006)
Valoración: Está bien (Recomendable como mínimo para muy interesados)


Decía aquella famosa frase atribuida a Napoleón: ‘Cuando China despierte, el mundo temblará’, o algo así. Bueno, pues ya ha despertado, quizá no como imaginó Napoleón, sino en una desconcertante metamorfosis desde el comunismo hermético del ‘Libro rojo’ hasta el actual capitalismo rampante bajo Partido único. Mutación que las cancillerías occidentales seguramente acogieron con regocijo, que siempre es mejor que te compren a que te bombardeen (o no?) Así que, antes de que el chino se imponga como lengua obligatoria en próximas leyes de educación, haremos bien en ir informándonos un poco por encima sobre el origen de ese inmenso país, que ya nos provee de buena parte de los bienes que consumimos –y ya no sólo de los más baratos.

Cuando manejamos un libro de Historia que abarca una cronología muy extensa, el problema es casi siempre el mismo: de no ser que estemos muy interesados o dominemos un poco determinados periodos, las fases más remotas normalmente nos resultan ajenas y, en definitiva, el texto acaba por aburrirnos un poco. No les digo nada si además hablamos de una cultura de la que, como lectores occidentales, desconocemos prácticamente todo, empezando por el idioma. No nos engañemos, no es fácil lidiar con decenas, tal vez cientos, de Song, Han, Tang, Wang, Li, Chang, y así sucesivamente; sin las referencias visuales que, por mínimas o estereotipadas que sean, tenemos de personajes más próximos, sean europeos, egipcios o indios americanos; y con la consecuente imposibilidad de distinguir, ni por nombre ni por imagen, a emperadores, políticos o artistas, y menos aún al pueblo llano, a lo largo de muchos siglos. 

En tales situaciones el lector queda desarmado, perdido como un náufrago en mitad del océano. Nunca voy a defender que un historiador deba utilizar trucos para entretener a sus lectores, pero las materias pueden presentarse de diferentes formas, y el autor puede tener o no la habilidad de utilizar la más adecuada al target teórico del libro (ese lector occidental y poco informado sobre el tema, o sea, nosotros). En este caso, lo cierto es que ni el profesor Schirokauer ni –aún menos- su colaboradora Miranda Brown (que firma los tres primeros capítulos) brillan precisamente en esa faceta, de forma que aproximadamente la primera mitad del libro se hace un tanto árida.

Tampoco contribuye a aligerar el peso la notable atención que se presta el pensamiento y las artes. Desde muy pronto tenemos una presentación de las tres corrientes religiosas básicas en la sociedad china (confucianismo, taoísmo y budismo), cuya evolución se irá revisando a lo largo de los diferentes periodos históricos. E igualmente vamos teniendo noticia de las tendencias artísticas, en concreto literatura y pintura/caligrafía. En principio es de agradecer la atención que se presta a estas cuestiones, muchas veces relegadas en los libros de Historia, pero hay que admitir que tampoco aquí las cosas son fáciles porque la distancia entre las culturas orientales y el lector occidental resulta una vez más abrumadora. Y, a mi modo de ver, el libro no facilita el camino, acumulando demasiados datos, excesiva información que no permite una visión clara del conjunto.

Como era de esperar, según avanzan los siglos y las dinastías la lectura empieza a resultar más digerible. Empezamos a entender que China no es en absoluto un país uniforme, sino un gran mosaico étnico en el que ni siquiera sus emperadores tuvieron siempre el mismo origen nacional. Y, como tampoco podía ser de otra manera, las cosas cambian de forma decisiva en cuanto asistimos al momento en que el gigante asiático comienza a recibir visitantes europeos, es decir, del otro confín del mundo. Llegan por supuesto los ingleses, pero también holandeses, rusos, portugueses y franceses, mientras se incrementa la tensión con vecinos más cercanos, sobre todo Japón. Esta etapa que se podría llamar de ‘apertura forzosa’ me parece especialmente significativa. China es un país (imperio, región, como se quiera) casi siempre dividido, sumido en conflictos internos o fronterizos (Mongolia, Manchuria, Tibet), pero es también un territorio inmenso, con instituciones reconocibles y dinastías imperiales desde el Neolítico. Y sin embargo, en cuanto se encuentra al extranjero (occidental), con sus inventos, su vestimenta y sus armas, el gigante parece desmoronarse, como un ser enorme y primitivo, incapaz siquiera de defenderse. De forma que, desde la Guerra del opio  hasta la Segunda Guerra mundial (en la que apenas tuvo una intervención relevante), China perdió prácticamente todas las guerras que mantuvo –contra Inglaterra, Francia, Rusia y Japón- y en ese proceso fue también cediendo en todo lo que le exigieron: territorios, prerrogativas comerciales, pagos en metálico.

Este panorama deprimido desemboca en distintos episodios de enfrentamientos internos, que sucesivamente provocan la caída de la última dinastía (Qing), el ascenso del nacionalismo y finalmente la revolución comunista. Bueno, hasta que ésta, medio siglo después, ha alumbrado el peculiarísimo régimen actual al que me refería al principio. Claramente, este última parte del libro resulta mucho más asequible, en tanto en cuanto empezamos a reconocer a los actores y los acontecimientos nos resultan más cercanos. 

Una vez más, creo que me he extendido más de la cuenta. Así que termino sintetizando al máximo: libro denso, estructurado de forma cronológica y con algunos útiles esquemas que presentan las distintas épocas de forma visual, materia interesante aunque ardua en su mayor parte, y autores que no consiguen del todo mantener la atención del lector corriente. Resultado: Está bien (o tal vez un poquito más).

sábado, 27 de mayo de 2017

Colaboración. Gabriel Celaya: El silencio vasco


 Resultado de imagen de celaya silencio vasco


Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable. Imprescindible si se tienen sentimientos vascos.
 
Esta antología recoge los poemas de tres libros de Celaya: Rapsodia Euskarra (1961), Baladas y decires Vascos (1965) e Iberia sumergida (1978). El motivo de su unión es su nexo común: La idea de España en relación a lo vasco. 
A lo largo de los tres libros se produce una evolución en los pensamientos del poeta de Hernani. En Rapsodia, España aparece como un enemigo que impone su lengua y sus costumbres a un pueblo prerromano y libre. En este momento se encierra en lo vasco, en sus montañas y en su mar. Un reducto de libertad a todo aquello que les es impuesto. Hay que recordar el momento en que Celaya escribe estas líneas, en mitad del Franquismo cuando todo sentimiento regionalista se une a las ideologías que persigue el régimen, se prohíbe la lengua y las costumbres. Celaya reivindica. 
Más adelante, en Baladas y en Iberia, se retrotrae al momento anterior a España y a la situación actual: Iberia. Un lugar en el que todos tienen sitio: vascos, murcianos, castellanos y extremeños. Anterior al Imperio Romano al que no tolera, que impone, conquistador sobre los pueblos libres anteriores a su dominio. Es en la imagen pasada donde encontramos la patria común de una España desunida, rota y conquistada de nuevo.  

Su vocación unificadora y federalista no le impide atacar Madrid y su chabacanería, su falta de aire limpio, su civilización bárbara. Lo mismo que la Castilla dominadora, iletrada y seca. Celaya es un regionalista del mar, de los bosques, de las flores y del shirimiri. Canta por las regiones oprimidas. Pero no es un canto de odio y venganza, canta desde la resignación del que está sometido, pero aún con esperanzas de ser libre. 

Envuelve su lírica de leyendas y magia norteña. A través de cantos, invocaciones y cuentos. Las sorguiñas, Ferrón, el señor del bosque y la leyenda de Zugarramurdi, el caso de brujería más famoso de España.


Lunes. Martes. Miércoles. Tres.
Jueves. Viernes. Sábado. Seis.

El gato azul de la noche
ha enarcado su joroba.
La tijera cayó abierta
y la escoba barre sola.




También hay lugar para canciones, historias y paseos por Donosti. La poesía del euskaldún está repleta de todo ello: magia, historia y rimas. En este Silencio la poesía de Celaya es poco intimista, apenas hay amor, inquietudes o religión, a diferencia de Blas de Otero que también es un representante de la poesía social vasca. El carácter social es lo que parece impedir la egolatría. En este momento de represión el poeta canta por las minorías calladas, por las tierras calladas. Se hace pregonero del silencio vasco.

El vasco se puso al margen
de la civilización.
No tuvo historia; no tiene
más verdad que el cromlech-sol

Pero a veces sale un loco,
y por eso escribo yo,
que al predicar el silencio,
doy el sí, diciendo no.



Firmado: Guzmán García


viernes, 26 de mayo de 2017

Haruki Murakami: De qué hablo cuando hablo de escribir

Idioma original: japonés
Título original: Shokugyo Toshite No Shosetsuka
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable (para fans)

En este libro autobiográfico, Murakami nos cuenta su relación con la literatura y el proceso de creación de su obra, retomando parte de los elementos  biográficos que ya le sirvieron en su día para explicar como era su día a día en su anterior libro «De qué hablo cuando hablo de correr» donde ya daba sus primeras pinceladas de por qué empezó a correr así como la forma en la que se organizaba la vida y lo combinaba con su trabajo de escritor. De la misma manera, también nos aportaba apuntes sobre sus inicios en la vida profesional y cómo empezó abriendo un bar, hasta que lo dejó para dedicarse a la literatura. Así, lo que en su anterior libro eran únicamente unos apuntes para describir su vida diaria y su relación con el deporte, en este libro lo centra en la vida profesional, por lo que probablemente agradará especialmente a los seguidores interesados por su obra más que por el personaje.

Estructurada en capítulos correspondientes a los diferentes temas que quiere tratar, Murakami nos cuenta en primer lugar la (poca) importancia que le da a los premios literarios, en qué se basa la originalidad que transmite a sus obras, en el placer que encuentra escribiendo y haciéndolo libremente, su proceso de creación, la necesidad de haber leído mucho y ser muy observador para poder crear dentro de sí un espacio donde guardar tanta «materia prima» como sea posible. Así, describe como escribió su primer libro «Escucha la canción del viento» durante las madrugadas, después de cerrar el bar, y como tenía serias dudas de cómo encajaría debido a su poco conocimiento de la literatura japonesa contemporánea ya que leía básicamente literatura rusa y americana. La forma en la que nos explica su primera novela nos revela detalles interesantes acerca del origen de su particular estilo: después de un primer intento de escribir el libro, que no pasó su propio filtro, pensó que el problema era que intentaba escribir una buena novela con los cánones e ideas preconcebidas de cómo tenía que ser una buena novela según la literatura japonesa existente, y él no podía escribir de esta manera. Así que, para cambiar el marco, dejó papel y pluma, cogió máquina de escribir con caracteres ingleses y empezó a escribir, en inglés. Debido a su nivel de inglés, escribió principalmente frases cortas y así fue como acabo encontrado su estilo tan propio, sin grandes descripciones, con frases de estructura simple y que acabaría adoptando al escribir directamente en japonés.

Como apuntes interesantes, nos cuenta su proceso de escritura y su meticulosidad (como la de escribir diez páginas al día, tanto si está inspirado como si no) para establecer un ritmo que le acompañe en toda la escritura de una novela y que, hecha una primera escritura, la reescribe cuatro veces para pulirla, dejando un espacio de tiempo entre reescrituras.  Según indica Murakami, para un escritor,  la actitud que tiene más sentido es la de estar decidido a mejorar el texto. También, enlazando con su obra previa «De qué hablo cuando hablo de correr» recuerda la importancia de tener el cuerpo físicamente activo para, a la vez, estimular las neuronas y mantener la creatividad.

Probablemente uno de los capítulos más interesantes sea el dedicado a los personajes y cómo los construye: pasando de sus primeros inicios al uso de primera persona y personajes sin nombre, al uso de la tercera y poniendo nombre a los personajes; esto le permitió añadir complejidades a la vez que ampliar el abanico de los mismos para hacer historias más completas. Asimismo, este hecho le permite tomar distancia como escritor del personaje principal y tener la posibilidad de no identificarse con él. Murakami añade el ejemplo de «El gran Gatsby» para explicar esta opción narrativa, donde la primera persona no es Gatsby sino Carraway.

También nos cuenta cómo, a raíz de las críticas que recibió en sus inicios en Japón por no considerar como «literatura» a lo que publicaba se fue a vivir al extranjero, para así poder escribir en un entorno libre de interferencias. Nos cuenta además, la poca importancia que le da a los premios y a lo que aportan al propio escritor. Para él, el premio está en que los lectores lo valoren lo suficiente para comprar sus libros, ése es el mejor premio que puede obtener, donde sí hay una recompensa personal.

Como aspectos algo más ajenos a su obra, el libro da unos apuntes acerca de cómo es el sistema educativo en Japón y las grandes lagunas que ve en el sistema. También habla acerca de como los autores encajan el hecho que personas que se dedican a otros trabajos se decidan a publicar libros (actores, etc.). Parece que en Japón no se lo toman a mal, no lo perciben como si fuera una invasión de su territorio. Ignoro si en otros países lo encajan igual pero lo veo especialmente interesante en un momento donde cada vez más personas de otras profesiones escriben: locutores de radio, periodistas, actores, etc.

El aspecto más negativo del libro se encuentra en cierta tendencia a la repetición de ideas, dando vueltas a las mismas reflexiones. Entiendo que, al articular el ensayo en diferentes capítulos por temática, hay ideas que afectan a varios de ellos pero, aún y así, da la sensación de querer alargar la historia más en lugar de repetir para enfatizar. De todos modos, es un libro interesante para conocer qué hay detrás de la obra del autor y cabe decir, en su favor, qué Murakami no intenta sentar cátedra sobre cuál es el mejor proceso de escritura; él nos descubre el suyo particular e indica reiteradamente que es su opinión. Sin duda, sus seguidores agradecemos que haya encontrado un método tan característico y que le permita escribir con un estilo tan propio y, a mi modo de ver, tan interesante.


jueves, 25 de mayo de 2017

Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea


Idioma original: español

Año de publicación: 2016
Valoración: bastante recomendable

Una curiosa sensación que no experimentaba desde algunas de las novelas de Javier Cercas: cerrar el libro y preguntarme hasta qué punto Villalobos ha entremezclado detalles de su vida real, más o menos precisos e identificables, con una combinación de conocimientos sobre vidas ajenas y elementos de su imaginación. Ay, lo de la autoficción termina dando mucho juego a los escritores (a Villalobos le ha servido para ganar el Herralde) y acabará dando juego a los psicoanalistas el día que les dé por especular si todos esos escritores no aprovechan para exponernos vidas alternativas, regresos virtuales a posición de salida o a casilla intermedia incorporados.
El caso en esta novela es paradigmático. Juan Pablo Villalobos, personaje, acude a Barcelona para sus estudios de literatura, en compañía de Valentina, novia que lee a Bolaño, y allí, entre cartas de su madre, y una serie de personajes no por identificables menos variopinta, deberá colaborar con una red criminal de México, país de origen, donde otros misteriosos y siniestros personajes, casi todos con su apodo (no hay red criminal que se precie sin apodos) le presionarán para que se infiltre en una de esas familias barcelonesas de pro, casualidad, relacionada con un político corrupto, más casualidad, de modo que se instale en uno de esos pisitos chic de Sant Gervasi y vaya colaborando. Sus reuniones con los delegados de la trama criminal incorporarán lateros pakistaníes, okupas de incógnito, policías locales pelirrojas, todo con ese telón de fondo que es la Barcelona y la Catalunya actual, una tierra confusa y expectante, donde la vida ha de seguir mientras los políticos van aturdiendo y perdiendo el tiempo, pensando todos que ese paso del tiempo actuará en su favor.
Villalobos conduce la novela con cierta sensación acelerada que la beneficia, aunque he de decir que, por lo general, no suelen convencerme las mezclas de sensaciones, y esta novela parecía ir a decantarse hacia lo criminal.
No voy a pedirle a nadie que me crea reproduce cierto aire vodevilesco, el que se desprende de diferentes situaciones, gente de diversas procedencias insertada en esa ciudad de contrastes, una sensación algo atropellada (sensación ayudada por la estructura que va dando saltos, con la omnipresencia de las cartas de la madre, una especie de regencia ejecutada a distancia) que, conforme todo se enturbia y mucha gente empieza a no ser lo que parece (hilarante el pakistaní que lleva un pack de latas de cerveza para disimular), conduce la novela hacia un final abierto y ligeramente aleccionador. Siempre que puedas, aleja a los criminales de tu existencia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Julia Strachey: Precioso día para la boda

Idioma original: inglés
Título original: Cheerful Weather for the Wedding
Año de publicación: 1931
Traducción: Laura Salas Rodríguez
Valoración: está bien

Encuadrada dentro de ese peculiar género  que podríamos denominar "literatura humorístico-romántica británica del periodo de entreguerras" (seguro que existe un nombre más sintético, pero yo lo ignoro) y que en los últimos años ha estado de moda entre algunas editoriales españolas, (no sé si sigue estándolo), facilitándonos asi el acceso a divertidos autores como E. F. BensonNancy MitfordD. E. Stevenson o Stella Gibbons, encontramos también a esta Julia Strachey (ya acabo la frase, tranquilos), escritora que, sin embargo, tiene un par de peculiaridades con respecto a otros del mismo registro: en su vida sólo publicó un par de novelas  y además  perteneció a un grupo de lo más selecto dentro de la cultura británica, el conocido como Círculo de Bloomsbury (entre otras cosas, porque era sobrina del irónico y elegante Lytton Strachey). De hecho, esta Precioso día para la boda fue publicada en su momento por Hogarth Press, la editorial fundada por Leonard y Virginia Woolf.

Y eso que, en un principio, la novela no parece adscribirse a un argumento demasiado "intelectual" (pongamos todas las comillas del mundo, por favor): estamos en la casa de la acomodada familia Thatcham, en plena campiña inglesa, junto al mar, un ventoso día de marzo. La casa está repleta de parientes y otros invitados porque es el día en que la hija mayor, Dolly, va a casarse con Owen Bigham, un joven y prometedor diplomático. Ahora bien, mientras su madre y hermana -con no pocos nervios- tratan de organizar el evento, dando órdenes al servicio, atendiendo a los invitados, etc... la novia, mientras se prepara, no puede dejar de sentir las consabidas dudas prenupciales, centradas en su caso en la figura de un amigo, también presente en la casa, el aún estudiante Joseph.

Esta premisa, unida a un panorama de personajes secundarios preñado de excentricidad e ironía, parecen conducir de manera inevitable hacia una de esas novelas que he mencionado antes, "humorístico-romántico-costumbrista". La sorpresa -y quien siga a partir de aquí lo hace por su cuenta y riesgo, si es que pensaba leer la novela- es que no: la historia evoluciona, o quizás es más exacto decir "se diluye", hacia un principio de drama cuasi existencial, al menos en lo que concierne a la (no) pareja protagonista. Drama que tampoco cuaja del todo, hay que señalar, por lo que, al quedar en agua de borrajas tanto en la vertiente humorística como en la dramática -también es cierto que su brevedad impide que se desarrolle convenientemente en cualquiera de las dos- el libro deviene en un inesperado híbrido, ni carne ni pescado, habitante de una tierra de nadie literaria...

Lo que no quiere decir, y aquí viene la siguiente sorpresa, que sea una mala novela: el estilo, sobre todo, es preciso y elegante, demostrando un especial talento y esmero de su autora en la descripción tanto ambiental como de personajes, cuyos diálogos son, además, ingeniosos y punzantes sin perder por ello la verosimilitud. Es una lástima, pues, que Strachey no tuviera una visión más general al escribir la novela o cambiase de opinión sobre su objetivo a media escritura; de haber guardado una mayor coherencia, en un sentido u otro, nos encontraríamos ante una obra notable y, sobre todo, más memorable de lo que al final resultó ser.



martes, 23 de mayo de 2017

Dragan Velikic: Bonavia

Título original: Bonavia
Idioma original: Serbio
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Año de publicación: 2012
Valoración: Bastante recomendable

En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial, que supuso la descomposición del Imperio Austro-Húngaro y el final de un orden social o de un sistema de valores que había prevalecido sobre el resto durante décadas. Cronistas de estos cambios y de los efectos los mismos sobre las personas fueron una serie de grandísimos escritores centroeuropeos como Stefan Zweig, Robert Musil o Hermann Broch.

73 años después de la finalización de la Gran Guerra comenzaron lo que podríamos llamar las "Guerras Balcánicas". Bosnios, croatas, serbios, serbobosnios, kosovares, serbocroatas, etc volvieron a enfrascarse, con la inestimable colaboración del resto del mundo, en una serie de guerras fratricidas que tuvieron como consecuencia principal la desintegración de Yugoslavia y de orden político y social imperante desde 1945, aproximadamente.

Dragan Velikic podría ser, al igual que lo fueron Zweig, Musil o Roth, cronista de este ambiente fin de siècle estilo Tito / Milosevic. Al igual que estos, Velikic no se centra el los acontecimientos bélicos, estos aparecen únicamente de forma tangencial, sino que se centra en sus efectos sobre las vidas humanas.

Las páginas de este libro están pobladas de seres desorientados, de hombres y mujeres "sin atributos", de personas que tratan de sobrevivir y que se agarran, como un náufrago a una tabla, a una relación, a un amor acabado hace décadas, a un futuro al otro lado del océano o a un pasado del que no resulta fácil escapar.

Belgrado, Budapest, Viena, Estados Unidos. La extinta Yugoslavia desmoronada, el Imperio Austro-Húngaro desmembrado hace cien años, sus rescoldos. Escenarios, telones de fondo por el que pasan los principales personajes del libro (Miljan, Marko, Marija y Kristina) y sus existencias, con lazos que se unen y se deshacen, destinos heredados y destinos repetidos, en una sucesión de encuentros y desencuentros, de pasados, presentes y futuros que forman lo que normalmente llamamos vida.

Evidentemente, Velikic no es Zweig ni, probablemente, pretenda serlo. Pero este libro puede ser leído, igual que los del vienés, como el testimonio de un tiempo y de un orden que ya no volverán y de cómo ese tiempo, ese orden y su desaparición nos afectan. 

Un libro que, pese a un comienzo un tanto extraño (por la forma de escribir de Velikic y por la sensación de que las piezas no encajan del todo), acaba enganchando, acaba llegando al lector. El puzzle cobra sentido, si es que la vida lo tiene, y uno termina con ganas de más. Quizá en el próximo libro de Velikic.

lunes, 22 de mayo de 2017

Pío Baroja: Fantasías vascas

Idioma original: español
Valoración: Recomendable


Habrá observado el avezado lector que me he comido la información sobre el año de publicación del libro, que siempre se suele incluir en la cabecera de nuestras entradas. De entrada digo que el motivo es, sencillamente, que no tengo ni idea de la fecha. Aunque uno es bastante vaguete para hacer indagaciones en internet, esta vez me he esmerado en buscar cuándo se publicó originariamente ‘Fantasías vascas’, sin resultado. De manera que, aun arriesgándome a meter la pata, me tiraré a la piscina: yo creo que el libro está constituido por relatos y escritos dispersos que Baroja fue elaborando a lo largo de los años –seguramente, entre 1.900 y 1.910- y que alguien reunió en un volumen, puede que allá por los años 40 ó 50 del siglo pasado, que son las fechas de las ediciones más antiguas que he encontrado.

La osadía (bastante infrecuente en mi) se basa, además de la comentada ausencia de otros datos, en la dispersión y escasa coherencia de la colección. ‘Fantasías vascas’ es un compendio de diecisiete relatos, entre los que dos de ellos ocupan más de la mitad del volumen, en tanto que otros varios apenas se extienden por dos o tres páginas. Como su título indica, su común denominador es que todas ellas se sitúan en el escenario vasco, diríamos genuinamente vasco.

Las diez primeras narraciones son poco más que estampas visuales de ese entorno tópico del País Vasco rural: escenas de mar embravecido, brumas sobre las casas en que se intuye el calor del hogar, aldeanos silenciosos, caseríos montaraces. Una galería de paisajes en la que los escasos personajes son poco más que parte del escenario, en el que se funden como un elemento más. Parece un mero ejercicio de estilo, pequeños bocetos en los que, no obstante, vemos con claridad algunos de los motivos que Baroja utilizará en varias de  sus trilogías posteriores.

El primero de los relatos de mayor envergadura es ‘La infancia de Silvestre Paradox’. Más que un arranque de las famosas aventuras de este personaje, da la impresión de ser una precuela (dios mío, el palabro más abominable que se ha inventado) escrita tal vez después, o al margen de la historia principal. Sea como fuere, vemos aquí a ese Baroja genuino a la hora de dibujar personajes de acción, en este caso un mozalbete, que huyen del desarraigo a base de peripecias, pillería y algo de temeridad. Aquí está el Baroja de la frase corta y el relato vertiginoso que encontramos en sus libros de aventuras.

‘La dama de Urtubi’ es, desde mi punto de vista, la estrella de la compilación. Es en principio una historia de amores, protagonizada por una señorita de la nobleza y situada en el siglo XVII o XVIII en esa mágica zona montañosa entre el norte de Navarra y el País vasco-francés (muy cerca de Bera de Bidasoa, donde don Pío tuvo su casa familiar). Sin embargo, tras su apacible inicio el relato da un giro brusco y sorprendente para meterse de lleno en el mundo de los akelarres que tenía su epicentro en la conocida cueva de Zugarramurdi. Casi se pierde de vista el origen de la historia, ésta adquiere la aceleración barojiana habitual, y desemboca en una descripción, vigorosa y brillante, de los ritos y el desenfreno a que se entregan brujas, nobles, curas y aldeanos en la mágica caverna. Aunque el argumento es sumamente simple, me parece una narración espléndidamente construida, sin un altibajo. Para que luego se diga de las deficiencias técnicas de Baroja.

Los últimos relatos vuelven a la brevedad aunque son muy diferentes de los primeros. Si en aquéllos se dibujaban paisajes, ahora son más bien retratos que se articulan en torno a un personaje, diferentes pero con rasgos comunes: de nuevo el desarraigo, huida de la vida acomodada, búsqueda de la acción. Personajes que se identifican con el omnipresente arquetipo vasco pero que, no obstante, tampoco ocultan una emotividad bastante singular: unos más ruidosos que otros, pero todos mantienen, medio ocultos, rasgos de humanidad, como de tipos siempre disconformes, que van buscando algo que no saben lo que es.

Aparte de ‘La dama de Urtubi’, tampoco puedo dejar de destacar otras dos narraciones muy breves: ‘La venta’, poética descripción de la llegada del viajero a la posada, donde encuentra descanso y calor, y la que cierra el libro, ‘El viejo y su canción’, apenas dos páginas para una alegoría, potente y escueta, del personaje que no encuentra su lugar entre la gente, ni alcanza a comunicarse. Aunque no lo dice expresamente, ese viejo anónimo parece buscar la ataraxia también anhelada en 'El árbol de la ciencia'. Empieza así:

‘Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer…’

El resto, como los demás relatos de este encantador librito, recomiendo que lo lean ustedes mismos. Lo disfrutarán moderadamente.

Otras obras de Pío Baroja en ULAD: El árbol de la ciencia

domingo, 21 de mayo de 2017

Álvaro Colomer: Los bosques de Upsala


Idioma original: español
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable

Es bueno comprobar que los autores, sobre todo, decid que son manías propias, los de ficción, tienen capacidad para el cambio de registro. Ello no debe sonar peyorativo. La creación de universos propios no debería estar reñida con la posibilidad de probar con distintos ámbitos, de salirse de los esquemas. No es que algún autor favorito personal (Houellebecq) sea un ejemplo de ello. Pero gusta ver a un escritor intentando, con éxito, adoptar distintos tonos.
Leo Los bosques de Upsala como consecuencia del deslumbramiento (pasadas unas semanas, dista mucho de ser un fogonazo) ante la muy brillante Aunque caminen por el valle de la muerte. Y no tiene nada que ver. Para empezar en una se sitúa en un primer plano la faceta periodística y esta que hoy comento es una novela más pura de ficción: casi un thriller psicológico que no desentonaría en la obra de Lemaitre, aunque uno pueda hallar aquí rastros de Kafka o de Bernhard, o de Sábato. Palabras mayores, lo sé, pero quien se adentre en esta novela no podrá desmentirme esas influencias. 
La historia empieza cuando Julio, entomólogo dedicado a localizar un primer ejemplar de mosquito tigre en la geografía nacional, llega a casa y se encuentra ante un escenario que lleva tiempo temiendo afrontar: Elena, su mujer, víctima de la depresión, ha desaparecido. Justo el día en que se cumple su quinto aniversario de boda. Julio se teme lo peor, y una de sus primeras sospechas es que se ha suicidado, idea que sabe que anda por su cabeza hace tiempo. Julio descubre que no ha sido así, pero el hecho desencadena la búsqueda de los motivos que empujan a su mujer hacia esa situación, momento en que la novela toma un viraje al uso de cierto tipo de thriller psicológico. Colomer nos conduce, estilo sobrio al que empuja el uso constante de la primera persona con algunos -pocos- diálogos intercalados, en un monólogo interior que progresivamente nos sume en dudas. Julio arrastra sus propios traumas, uno de ellos contundente cuando, siendo un niño, presenció el suicidio de una vecina, un hecho aparentemente accidental que ha arrastrado toda su vida y que parece haber condicionado su personalidad. Y esa investigación, esa duda que le turba en lo concerniente a lo que anida en la cabeza de su mujer, empieza a mostrar sombras.
Los bosques de Upsala juega, como novela, con esa imagen del individuo que aplica su prisma subjetivo a interpretar una situación, como una cámara que empieza a desplazarse respecto a un plano fijo. Con las debidas distancias, Kafka o el Sábato de El túnel parecen asomar como influencias y, con un desarrollo digno y correcto, es una novela interesante aunque quien quiera ver los esbozos o la incipiente genialidad que Colomer ha demostrado en Aunque caminen por el valle de la muerte va a encontrarse con algo diferente.

sábado, 20 de mayo de 2017

Marguerite Duras: Las diez y media de una noche de verano

Idioma original: francés
Título original: Dix heures et demie du soir en été
Año de publicación: 1960
Valoración: Está bien



Una novela que leeremos en un par de horas y nos parecerán bien aprovechadas si no tenemos prisa por averiguar qué nos están contando. No solo se aterriza muy despacio en la trama, es que esta parece moverse en círculos en vez de avanzar hacia un desenlace. 
Más que novela, Las diez y media de una noche de verano, por su extensión y pautas narrativas, podría considerarse un relato largo al gusto del llamado nouveau roman, un movimiento que constituyó una novedad por entonces al eliminar muchos recursos de la novela clásica en aras de una objetividad transmitida a base de sensaciones para evitar la interpretación personal del narrador. A pesar del título, la acción transcurre a lo largo de veinticuatro horas y supone un vuelco en la vida de cinco personas. Aquí la imagen es la protagonista: cada retazo de paisaje, oscilación climatológica, gesto, actitud y sensaciones de los personajes son descritos minuciosamente. Hasta los diálogos, aunque significativos, parecen anecdóticos y fuera de contexto. El relato progresa, sin que apenas nos demos cuenta, a un ritmo exageradamente lento, de la forma menos explícita posible. La autora consigue con ello, por una parte, un marcado clima poético que de alguna forma equilibra la crudeza de ciertas escenas, por otra, nos convence de la veracidad de unos hechos que nos parece estar viviendo paso a paso. Lástima que la traducción resulte algo forzada y muchas veces poco convincente.
Aunque ni de lejos puede encuadrarse en el género policíaco, el argumento se abre con un asesinato y tendremos garantizado el suspense siempre que nos armemos de paciencia. Claro que no es el tipo de suspense que puede esperarse con un planteamiento de ese tipo. Ni su objeto es siempre el mismo, se va renovando con el tiempo: cuando un conflicto se resuelve otro ocupa su lugar. Conflictos soterrados en su mayor parte, que se producen en el interior de los personajes o que ocurren tan en secreto que apenas repercuten en su entorno.
El episodio culminante es sin duda esa persecución nocturna -silenciosa y de andar por casa- que se va gestando al compás de la lluvia, los relámpagos, la respiración de los durmientes y que, al margen del desenlace, servirá al lector para hacer elucubraciones de todo tipo. ¿Estará la policía sobre la pista y perseguirá a la familia francesa? ¿Habrá cogido María la pistola y se tomará, ella también, la justicia por su mano?
Pero la cuestión es mucho más simple. Lo que se plantea es un paralelismo entre dos situaciones similares que se resolverán de forma muy distinta. El melodrama que tiene lugar en tierras aragonesas se opone a la suave transición que –por usar el tópico– se producirá entre gente civilizada: ese reducido grupo de turistas que la tormenta detiene en su viaje hacia Madrid. Matrimonio, infidelidad, venganza, alcoholismo, celos. En diferentes grados y condicionados por los fenómenos naturales. Es cierto que la tragedia surgida en el ámbito rural ni siquiera se insinúa entre los visitantes, pero advertimos en estos una especie de nostalgia, de envidia por unos sentimientos tan a flor de piel, un aburrimiento, en definitiva, que aflora en ese afán por inmiscuirse en la aventura ajena, con el propósito de vivirla aunque sea de forma indirecta ya que no hay agallas para asumir la propia.
¿Qué desenlace puede esperarse de un conglomerado tan prosaico? Pues nada espectacular, una escena cotidiana parecida a cualquiera de las que Duras nos ha ido mostrado hasta ahora.

También de Marguerite Duras: El amante, Moderato cantabile, Escribir

viernes, 19 de mayo de 2017

Maggie O'Farrell: Tiene que ser aquí

Idioma original: inglés
Título original: This must be the place
Año de publicación: 2016
Valoración: está bien

Uno ya le tenía ganas a este libro después de las buenas críticas cosechadas. Como es habitual en la obra de Maggie O'Farrell, la temática de este libro sigue centrándose en las relaciones familiares y de qué modo el pasado influye en ellas. De esta manera, el libro objeto de esta reseña trata sobre la familia, no únicamente como unidad sino también como una suma de personas individuales.

En unas primeras páginas de alto nivel, con una prosa muy cuidada, la autora nos empieza a dar las primeras pinceladas de las personalidades dispares de la preja formada por Daniel y Claudette mientras va introduciendo los demás miembros de la familia. De este modo, la autora nos sitúa de entrada en un momento cercano al presente, donde vemos a la pareja con sus hijos, en una casa en Irlanda, en medio del campo, en un paisaje que podríamos tildar de idílico. En un momento determinado, Daniel oye por la radio la grabación de una entrevista realizada hace treinta años a una joven que conoció en el pasado y que murió poco tiempo después de conceder la entrevista. Oyendo de nuevo la voz de la mujer, se despiertan en Daniel recuerdos lejanos que le retornan a un pasado aparentemente olvidado, causándole la necesidad de saber qué sucedió con esa mujer. Este hecho es el desencadenante y punto de partida de la novela, que la autora utiliza para tejer una novela coral entorno a la familia y a las decisiones tomadas.

A pesar de un comienzo muy interesante por su acertado enfoque partiendo de una escena puramente cotidiana y habitual, cabe de decir que cuesta entrar en este libro. La prosa críptica e irónica que utiliza la autora da muestras evidentes de situar al lector en clara inferioridad en la narración, mostrando que el autor sabe mucho más que el lector sobre lo que sucede y que lo contará cuando lo considere oportuno (sé que estoy diciendo algo que ocurre en muchos libros, pero no siempre se hace de forma tan evidente). Asimismo la autora adelanta sucesos que ocurrirán en algún momento de la historia al cual el lector aún no ha llegado, hecho que personalmente me incomoda.

En cuanto a estructura, la narración es compleja hasta el punto de que cada capítulo (de los veintisiete) ocurre en un momento temporal y con un narrador diferente al capítulo anterior (incluso hay saltos temporales dentro de un mismo capítulo). Estos factores dificultan la lectura de una historia que, con la diversidad de personajes que contiene, ya es suficientemente calidoscópica. La decisión de la autora de explicar la historia de forma no cronológica genera gran cantidad de idas y venidas, componiendo un puzle con múltiples personajes y ubicados en diferentes momentos que, aunque la habilidad de la autora en consigue que se mantenga la coherencia del relato, rompen tan a menudo la continuidad temporal que uno tiene la sensación de que este recurso se utiliza en exceso y hay un serio riesgo en que el lector se pierda ante tanto cambio. Demasiados saltos temporales y variedad de personajes que, aunque sí conforman un paisaje común, provocan cortes en la narración que apartan al lector de su implicación en la historia, crean distancia y pierden foco. Sí cabe destacar que la narración realizada desde el punto de vista de diferentes personajes ayuda a dar mayor redondez a la definición de los mismos al ir conociéndolos a través del resto de ellos aunque, como ocurre en muchas novelas corales, hay personajes que sobran y otros que como lector hubiera agradecido que se profundizara más (reconozco que echo de menos especialmente más páginas dedicadas a Niall y Ari). En cualquier caso, la autora es hábil al dotar de una voz propia a los diferentes personajes, con un lenguaje y una forma de expresión adaptada a sus respectivos caracteres. Le reconozco a la autora una gran habilidad en la construcción de los personajes, en dotarlos de características y profundidad más que suficientes para entender sus comportamientos, otorgándoles una identidad propia.

Afortunadamente, una vez el lector se acostumbra a tanto cambio de tiempo y personaje, y superado un tramo central del libro excesivamente disperso, el último tercio del libro es narrado de forma más continúa, siguiendo el orden cronológico, y es en este momento cuando la autora recupera el pulso del libro, donde empieza a encajar las piezas que ha ido repartiendo a lo largo de las casi quinientas páginas, donde la narración coge el ritmo que la historia demanda, con el punto de pausa y reflexión que se requiere para poder echar la vista atrás y ver la historia en perspectiva, tomando el aliento necesario que la intensidad de las últimas páginas nos han robado.

Dicho esto, y para resumir, a pesar de una estructura que no favorece su lectura y con momentos flojos que aportan poco a la narración, sí que es interesante en cuanto a enfoque y temática ya que nos habla acerca de la relación de pareja, la paternidad, las relaciones familiares y también de la distancia que nos une y la que nos separa; de los hijos como elemento que une ambas partes de una pareja y la sujeta; de la redención y los temores. Nos hace reflexionar sobre las decisiones tomadas en el pasado, que nos llevan por caminos no siempre deseados; donde los actos realizados en nuestra vida siguen siempre presentes en nuestro interior y pueden, en cualquier momento, volver a tomar forma en nuestra consciencia y hacernos dudar, forzándonos a revisar el presente y evaluar la vida que hemos tenido. Nos habla de la necesidad de encontrar un sitio físico, pero también espiritual, donde nos sintamos cómodos y pertenezcamos. Ese lugar que todos encontramos en algún momento de la vida, donde sentimos el placer de cerrar los ojos y tener la seguridad que éste es nuestro sitio, nuestro lugar, que tiene que ser aquí.

jueves, 18 de mayo de 2017

Miguel Bonnefoy: El viaje de Octavio

Idioma original: francés
Título original: Le voyage de'Octavio
Año de publicación: 2015
Traducción: Amelia Hernández Muiño
Valoración: entre recomendable y está bien


Curiosa combinación, la de esta novela, que corresponde además con la biografía de su autor; francés hijo de padres hispanoamericanos, en éste su debut literario ha elegido como escenario el país de su madre, Venezuela. Y no sólo para la ambientación: también ha escogido para ello un léxico y una contexto histórico -quizá sería más exacto decir la contextualización que debe hacer el lector... y perdón por el palabro- inequívocamente venezolanos... sólo que escribiendo en francés. La combinación, ya digo, resulta interesante, pues la exuberancia y hasta el barroquismo tropical se ve domeñado o, mejor aún, encauzado por el rigorismo cartesiano galo, dando como resultado una prosa firme al tiempo que colorista y perfumada (la mezcla ha de ser más sugerente aún en la lengua original, supongo).

Por otra parte, también resulta algo chocante el formato elegido para esta contarnos esta historia, que ya desde el título parece remitir a la "epopeya" y, sin embargo, se despacha en poco más de cien páginas. Aclaro que si he escrito epopeya entre comillas no se debe a un ánimo irónico, sino porque la novela no se ajusta, claro está, a la definición exacta de este género literario, pero sí creo que bebe de él, de forma que trata de otorgarle un carácter simbólico, de explorar a través de la narración el concepto de "mito fundacional" de todo un pueblo, más allá de la realidad histórica. Y eso que el argumento de la novela parte de unos presupuestos bien modestos: el protagonista es don Octavio, un maduro y fornido lugareño de un pueblo de los alrededores de Caracas, devenido en barrio de "ranchos", en la segunda mitad del siglo XX. Analfabeto, entabla una relación con una actriz retirada y llamada -mira tú qué cosas- nada menos que Venezuela. A resultas de una falta cometida contra ella -no quiero especificar más para no estropearle la lectura a nadie-, don Octavio se autoexilia y comienza un periplo que le lleva por buena parte del país y que le transforma de una manera que ni él ni los lectores pueden imaginar. Junto a él, encontraremos además los consabidos personajes peculiares, desde ladrones de intachable profesionalidad a niños mendigos, ermitaños menguantes o patriarcas que reinan entre la chatarra. Ni que decir tiene (llevo toda la reseña tratando de evitarlo, pero no queda otra que admitirlo) que la novela es hija y nieta de esa corriente literaria que tanto éxito y grandes obras ha dado a la literatura latinoamericana (aunque no sólo); sí, ése que empieza por "real-" y acaba en "-ágico"... En fin, ¿hace falta explicarlo?

Lo cierto es que resulta algo complicado valorar esta novela; por un lado, es indudable el talento literario, la capacidad narrativa que tiene Bonnefoy; por otro, en esta su primera novela ha transitado por senderos ya bien abiertos, por campos ya trillados. Es evidente que ningún autor novel tiene la obligación, per se, de revolucionar la literatura, innovar o simplemente buscar el riesgo, ni mucho menos, pero es algo que se agradece o al menos se valora. Verdad es, también, que esta novela no deja de trasmitir cierta ambición, al pretender, como he mencionado antes, al proponer un relato que sirva como metáfora mítica de la Historia venezolana (o eso creo... y, por favor, no me estoy refiriendo a la Historia más pegada a la actualidad). Pero lo hace con unos límites tan marcados, en un espacio tan exiguo, que quizás la intención que se le adivina quede tan sólo esbozada; apenas unos trazos de carboncillo sobre un dibujo ya bastante apretado. Esta novela hubiese necesitado más aire y más piel libre que permitiese respirar al tatuaje; más tiempo de reposo para que los sabores se mezclasen adecuadamente y desplegasen todo su potencial en las papilas del degustador... Aún así, no deja de ser un debut notable de un autor que promete. El tiempo dirá si esta promesa se confirma.




miércoles, 17 de mayo de 2017

Higuchi Ichiyo: Cerezos en la oscuridad

Idioma original: Japonés
Año de publicación: 1892-1896
Traducción: Hiroko Hamada y Virginia Meza
Valoración: Muy recomendable

Higuchi Ichiyo fue una escritora japonesa que falleció en 1896, con apenas 24 años. Pese a su temprano fallecimiento, Ichiyo obtuvo en vida (no como suele ocurrir habitualmente) el reconocimiento de relevantes escritores de su época, como Ogai Mori.

Hoy día, y a pesar de que su rostro aparece en los billetes de 5.000 yenes, lo que nos puede dar una idea de la importancia de la autora en su país natal, se trata de una absoluta desconocida en España. Así que hoy en ULAD... ¡trataremos de hacer justicia!

Si por algo destaca la obra de Ichiyo, o al menos la reunida en este volumen, es por la denuncia del papel y el destino de la mujer en la sociedad Meiji y por la fina observación y caracterización de sus personajes. Hay que recordar que en 1868 comenzó la era Meiji, que supuso la ruptura del secular aislamiento japonés y su apertura a la cultura e influencia occidental. Pese a esto, las costumbres y tradiciones heredadas de la época anterior seguían enraizadas en la sociedad nipona. En lo referente a la situación de la mujer, la ausencia de derechos sociales y políticos seguía siendo terrible, y es en este contexto en el que hay que situar los relatos de Ichiyo, protagonizados mayoritariamente por mujeres víctimas de situaciones injustas. Veamos.

Abre el volumen "Cerezos en la oscuridad", temprano relato adolescente que narra la historia de un amor imposible. En el, como en algún otro relato que veremos más adelante, encontraremos redención, dolor y muerte. 

En "Día de año viejo" se trata más abiertamente la situación de la mujer. En este caso, la de una muchacha de 18 años vendida como sirvienta a una familia pudiente. Los temas fundamentales son las relaciones familiares, en particular su efecto sobre las mujeres, y la pobreza. Tanto una como otro llevarán a su protagonista a una situación límite, dominada por la impotencia y culpa, aunque aliviadas ambas con un sorprendente final redentor.

"Aguas cenagosas" sigue la senda del anterior. Ichiyo vuelve a denunciar el papel y el destino de la mujer, en este caso a través de un triángulo amoroso protagonizado por una prostituta, un hombre casado y la esposa de este. La situación, para sus protagonistas femeninas, es tan insostenible que una de ellas, en uno de los párrafos más terribles del libro, llega a decir:
"¿Hasta cuando estaré atada a esta situación insignificante, indigna, absurda, miserable, triste e inquietante? ¿Es esto la vida? ¿Pasar toda la vida así? Ay, la detesto. Me da asco.
"Noche de plenilunio" presenta nuevamente un matrimonio desdichado, fruto de la utilización de la mujer como mercancía debido a la escasez de recursos. Es una historia marcada por el dolor y la resignación, pese a que en un determinado momento se abre la posibilidad (remota, ligera) de una vuelta a la verdadera vida, a una felicidad apenas entrevista.

Los dos relatos que cierran el libro tienen un tinte más costumbrista. "Encrucijada" narra la amistad entre un paragüero huérfano (un ser puro) y una costurera que, para salir de su vida de miseria, decide entrar a trabajar como concubina. Ichiyo, sin entrar en juicios de valor, presenta fríamente el conflicto entre la pureza y la necesidad.

Cierra este libro el relato más costumbrista del volumen, el más extenso de los relatos y el que mayor fama supuso a su autora: "Dejando atrás la infancia". Ambientado en el barrio del placer, como su propio título indica, se trata de un relato sobre la pérdida de la inocencia de los adolescentes que lo protagonizan. Si algo caracteriza este relato es la sensibilidad de la autora a la hora de reflejar las contradicciones y el desconcierto de los protagonistas sin caer en estereotipos ni sentimentalismos y su atención al detalle.

De los seis relatos, quizá "Cerezos en la oscuridad" y "Encrucijada" sean los más flojos. Pero los cuatros restantes, destacando por encima de todos "Dejando atrás la infancia" son cuatro muy buenos relatos, plenos de sensibilidad, en los que la autora da testimonio de situaciones, por lo general, duras y crueles, sin entrar a juzgar las acciones de sus personajes. Relatos, en definitiva, imprescindibles para los interesados en una etapa fundamental en la historia de Japón, narrados desde un punto de vista, tradicional y desgraciadamente, ignorado. Una pequeña joya que, por suerte, podemos leer por fin en español.

P.S.: Mención especial para la introducción de Carlos Rubio, completísima e indispensable para comprender y difrutar de los relatos de una autora que se fue demasiado pronto. 

martes, 16 de mayo de 2017

Colaboración. Vernon Subutex 2 de Virginie Despentes

Idioma original: Francés
Título original: Vernon Subutex 2
Año de publicación: 2017
Valoración: Decepcionante

Si han leído la primera parte de la última obra de Despentes, Vernon Subutex 1, recordarán que acaba con el protagonista en caída libre hacia el sinhogarismo, tras un largo periplo por las casas de amigos, amigas, ex amantes y varios personajes más que no recuerdo, en una historia con poca trama y muchos personajes, unos imprescindibles, otros prescindibles y otros innecesarios. Pues bien, me temo (y ese verbo lo anticipa todo) que la tónica continúa en esta segunda parte, donde el argumento avanza con una lentitud agotadora en algunos momentos, y los personajes continúan saliendo de debajo de las piedras. Vernon sigue siendo un sintecho, pero de la desesperanza de la primera parte pasa poco a poco a adoptar un papel casi mesiánico, en torno al cual se concentran (literal y figuradamente) los personajes ya vistos y algunos nuevos.

Sí, algunos asuntos van resolviéndose, gracias a Dios, pero a una velocidad insuficiente para un libro de más de 300 páginas (y al que le sigue una tercera y última parte). He de admitir que terminé el libro pidiendo la hora, y no sé si influenciado por ello, tengo la impresión de que la autora también lo acabó con prisas. El problema radica es que todo lo que comenzó a no gustarme en la primera parte, se muestra sin pudor en esta segunda parte. Les cuento.

Empezamos con los personajes. Si al acabar la primera parte se quedaron con la impresión de que había muchos, tengo una sorpresa: al acabar la segunda parte hay más. Y no es que la abundancia de personajes sea un defecto en sí mismo, pero sí lo es cuando muchos de ellos parecen existir con el único propósito de servir de vehículo para que la autora nos dé un punto de vista sobre el racismo, la derecha, las drogas, la burguesía, la izquierda, la religión, el feminismo, los pijos o cualquier otro tema que se les ocurra, y no siempre de manera disimulada. Es como si Despentes hubiese escrito la trilogía con el firme propósito de tocar todos los palos desde todos los puntos de vista. Y desgraciadamente, eso lastra todo el argumento, porque la historia se detiene con demasiada frecuencia en detalles de la vida de los personajes que son accesorios para el lector, hasta el punto de que en cierto punto del libro te parece estar asistiendo a un desfile de biografías, una tras otra, muchas irrelevantes, y en las que, por una cuestión de economía, se cuenta mucho y se muestra poco, lo que le resta todavía más agilidad al desarrollo.

El segundo problema del libro son las referencias, que aunque puedan parecer accesorias, no creo que lo sean (y su número apoya mi argumento). Por un lado, las musicales, y por otro las geográficas. Para las primeras voy a recurrir a un ejemplo. Aquellas personas que lo hayan leído, recordarán que en American Psycho hay párrafos extensos con divagaciones sobre Genesis o New Order. Te podía gustar más o menos, lo podías leer o no, pero sentías que era algo que emanaba de Patrick Bateman, que encajaba en su personalidad psicopática y obsesiva, como sus conversaciones sobre la calidad del papel de las tarjetas de visita. Era Patrick el que hablaba, no Bret Easton Ellis. Sin embargo, en Vernon Subutex no pasa eso. Y no lo hace porque el narrador es tan omnisciente y cambia tanto de punto de vista que cuando aparece una referencia musical, sabes que es Despentes, y no Vernon, quien está incrustando en el texto los nombres de los grupos. Y no cuela, porque parece estar dando lecciones de sabiduría musical (tan legítimas como innecesarias). Por otro lado, están las referencias geográficas. Las páginas, yo diría más que en el primer volumen, están plagadas de calles y localizaciones de París, que a los que no somos de la capital francesa nos cuesta retener y ubicar. No estoy pidiendo que Despentes sitúe la historia en un lugar indeterminado, pero tengo la sensación de que tanta concreción dificulta la inmersión o desde luego, no la favorece. 

En mi opinión, lo que Despentes trata de hacer con Vernon Subutex 2 es continuar con su radiografía más o menos realista de la sociedad francesa, y para ello utiliza los dos pilares vistos: los personajes y las referencias. Las referencias como recurso para dotar de realismo a la narración: ubicar al lector en un marco temporal y espacial concreto, y la variedad de tipos de personajes como un intento de abarcar un gran número de grupos sociales, es decir: posiciones sociales y políticas. La multiplicación de personajes puede tener una segunda interpretación, y es que el lector perciba a Vernon y sus acólitos no como un conjunto de individuos con nombre, sino como una masa colectiva que es en realidad la que protagoniza el segundo libro, pero esa es una especulación mía que veremos si se cumple en la tercera parte. 

Y aunque el intento es loable, como ya he anticipado, el resultado no funciona. Por un lado, las referencias no consiguen su propósito, en mi caso principalmente porque no conozco la música o los lugares que menciona, pero también porque a diferencia de la primera, la segunda parte introduce en algunos momentos un componente místico en torno a Vernon que resta parte de esa verosimilitud que busca. Por otro lado, para "colgar" los personajes hace falta algo, y ahí es donde entra la trama de Alex Bleach, sus cintas y las circunstancias de Vernon, que actúan de excusa narrativa en la que encajar lo que la autora nos quiere transmitir, de manera en ocasiones poco sutil. No obstante, el problema con el que nos encontramos es que Despentes no le presta la suficiente atención como para que la trama pueda sostener por sí sola todo lo demás, y acaba siendo un hilo demasiado fino para mantener la atención del lector.

Quizá alguien piense que estoy siendo un poco duro con la valoración de "Decepcionante", pero dadas las expectativas con las que enfrentaba el libro y a esta autora, para mí está más cerca de eso que de "Se deja leer". Pero en fin, ya saben lo que se dice de las opiniones.

Firmado: MBt

lunes, 15 de mayo de 2017

Shaun Usher: Listas memorables


Idioma original: inglés
Título original: Lists of Note
Año de publicación: 2014
Traducción: Javier Guerrero
Valoración: muy recomendable

Listas. Uh. Menudo tema para tratar. La gente (mucha gente, y sí, el firmante de esta reseña se incluye y de forma muy entusiasta) ama las listas. Desde su forma conceptual (una manera de poner orden) hasta su estimulante misterio implícito. Cada uno tiene su lista de cosas y cada uno piensa que la suya es la mejor, quizás, pero seguro que es la única. Puede haber listas sobre todo y para todo, y bastante que me he parado y no he hecho una lista para ordenar mis listas favoritas. No nos vayamos muy lejos, aquí en este blog hemos organizado unas cuantas y la publicación de nuestras elecciones como libros del año se ha ido erigiendo en un pequeño acontecimiento.
¿Significa tener la costumbre de relacionar cosas en una lista (con orden o sin él) ser un obseso cuadriculado? Pues estaríamos bien, y leer (o consultar, más que leer) este libro solo haría que confirmar que, en cualquier caso, no estaríamos solos en esa, lo digo ya, sana y fascinante costumbre. Uno escribe lo que no quiere dejarse cuando prepara la maleta para viajar (puntos débiles: pijamas, zapatillas, cargadores de todos los gadgets  que hoy nos acompañan), los libros que querría leer (ejem), lo que ha de comprar, lo que ha de hacer, a quién ha de invitar,  a quién ha de enviar ese e-mail. Los pros y los contras de alguna decisión importante, las llamadas que ha de hacer en su jornada laboral, los ingredientes de algún plato de esos que son un reto (puntos débiles: esas especias de nombre extraño que no hay santa manera de encontrar).
Y Shaun Usher recopila un montón de listas en este libro que es un regalo para los sentidos, desde su generoso formato hasta el mimo de su maquetación, pero sobre todo que nos sume en una reflexión sobre esta costumbre y su arraigo, y de paso, menuda nadería, un recorrido panorámico por las cosas que han obsesionado a nuestros congéneres a lo largo de los tiempos. Aquí hay de todo y el mundo literario, como no podía ser, está muy bien representado (bueno, sobre todo el de habla inglesa). Listas de las cosas más extrañas y con los pretextos más curiosos, en un recorrido tan heterogéneo que abarca desde Einstein a Sid Vicious, pasando por Pérec, Newton, Houdini, Marilyn Monroe, Nick Cave, Edison o Borges, incluyendo un fascinante y obviamente anónimo Decálogo de la Mafia o una relación agotadora de regalos recibidos por un monarca o un listado de seres concebidos para las obras de Lovecraft o... qué desorden el mío. Hay varias listas de libros favoritos, claro. Más de 120 listas que abarcan, parece , toda época y mucha fobia y mucha filia de la humanidad. Hay una que enumera las ocho clases de ebriedad. Pero ya paro de saturar. Este libro es bastante más que una curiosidad que queda cuqui recostada horizontalmente en una mesa de centro. Es una especie de recorrido por el sentido de la inquietud intelectual, tan variado y tan inabarcable como lo ha sido la humanidad desde que ha dispuesto de la escritura, esa herramienta que sirve para perpetuarse. Quizás alguno lo vea como un juego o un entretenimiento, pero este libro es una cosa muy seria.

domingo, 14 de mayo de 2017

Leonardo Sciascia: Los tíos de Sicilia

Idioma original: italiano
Título original: Gli zii di Sicilia
Traducción: Rossend Arqués
Año de publicación: 1.958-1.960
Valoración: Recomendable


Como se puede ver al final de esta reseña, Leonardo Sciascia es un autor al que hemos dado bastante bola en ULAD. Algo que llama la atención en él es su versatilidad, tanto dentro del propio mundo literario como en sus fronteras: es Sciascia hombre de notable erudición, experto en temas históricos desde el siglo XIX hacia atrás, donde construye algunas de sus tramas, pero tiene la habilidad de combinar y simultanear a veces estas aptitudes con narraciones que caerían en el ámbito de lo que podríamos llamar género policíaco. Algo que recuerda un poco por ejemplo a Umberto Eco.

En esta ocasión tenemos sin embargo algo diferente. ‘Los tíos de Sicilia’ es una de las primeras obras de Leonardo, diríamos una obra de juventud, formada  inicialmente por tres relatos, a los que se añadiría un cuarto en ediciones posteriores.

Se podría elucubrar acerca de quiénes son esos tíos de Sicilia (está bastante claro en los dos primeros relatos, quizá también en el tercero y mucho menos, o nada, en el último), pero me parece más oportuno ir por partes. El libro arranca con ‘La tía de América’, donde se dibuja un pueblo siciliano en los compases finales de la Segunda Guerra Mundial. Desde la perspectiva de un chaval de familia pobre tenemos un retrato de individuos anclados a la tierra para quienes la guerra es un accidente, algo cuyo valor radica en la posibilidad de hacerles salir de la pobreza. Algunos toman partido, otros se muestran indiferentes y no pocos cambian sin pudor de chaqueta esperando colocarse cerca del ganador. En lo que todos coinciden es en la fascinación por América y la expectativa de que con la victoria de los aliados algo de la supuesta opulencia del tío Sam (¿otro tío?) acabe pegándose a la reseca tierra siciliana.

En parecidos registros se mueve ‘La muerte de Stalin’, donde las esperanzas de un tal Calogero se depositan no en América, sino en el líder soviético que da título al relato. Calogero sigue con devoción su trayectoria política y durante años justifica a duras penas sus decisiones, aunque esto le lleve a duros enfrentamientos con sus vecinos y por supuesto con la Iglesia. Stalin es por tanto también ‘lu zi Peppi’, el tío Pepe, el padre del mundo ideal de justicia e igualdad que se está fraguando, una ilusión a la que agarrarse desde una polvorienta aldea del extremo sur de Europa.

Las dos historias rebosan el aire inconfundible del realismo italiano. Uno siente que está viendo una película de Alberto Sordi o de Vittorio de Sica: chicos vivaces, mujeres malhumoradas, hombres que discuten de política de forma apasionada, viejos socarrones que se limitan a jugar y charlar en la taberna, curas iracundos. Mucho humor ácido, personajes ridículos pero profundamente humanos, gente en la que la esperanza parece una broma.

‘El quarantottu’ (barullo, follón) se mantiene obviamente también en Sicilia, pero cambia el decorado a un siglo antes, durante los episodios revolucionarios de 1.848. Aquí los estamentos sociales son todavía más nítidos, y por encima de los demás emergen los personajes de un barón, enredado en un notable lío de faldas, y el obispo, celoso de los bienes de la Iglesia (o de los suyos propios, que viene a ser lo mismo). Metidos nobles, clérigos y pueblo llano en confusos acontecimientos sin un rumbo político definido, los potentados maniobran con habilidad, resueltos a conservar sus privilegios, olvidándose de sus principios en cuanto se vea la necesidad. La sátira es feroz y el relato resulta tronchante, aunque desde el punto de vista literario el argumento resulta más endeble, quizá por abarcar un periodo demasiado largo y acumular multitud de sucesos.

Como decía al principio, el último relato, ‘El antimonio’, se añadió en ediciones posteriores, y está claro que no guarda demasiada relación con los demás. En esta ocasión nos encontramos en la Guerra civil española, a donde el protagonista ha llegado integrado en las tropas enviadas por Mussolini. Una vez más, su única intención es escapar de la pobreza y, en paralelo al primer relato, buscar una oportunidad para huir a América. Sin embargo, se verá inmerso en la brutalidad de una guerra que poco a poco empieza a percibir desde enfoques diferentes a los que traía. En realidad, ‘El antimonio’ no cuenta exactamente episodios de la guerra, sino que pronto adquiere un tono ensayístico, el argumento desaparece bajo las reflexiones que el protagonista va desarrollando a partir de lo que vive en primera persona. Se diría que es la voz de Sciascia la que va descubriendo lo absurdo de la situación: es una guerra de clases, y por lo tanto nada pinta un italiano pobre luchando contra españoles pobres.

De manera que no es fácil encontrar un denominador común a las cuatro historias. Si acaso, la voluntad de retratar a esos sicilianos ‘que no se agitan, que se reconocen por dentro y sufren en silencio, pobres que nos saludan con gesto cansado, como desde la lejanía de siglos’. Esa imagen la encontramos a lo largo de todo el libro, es lo que se oculta detrás del humor dislocado, de esas esperanzas depositadas en cosas lejanas o absurdas, en mitos americanos o rusos, en la huida de esa tierra que parece retenerles como un imán. Y sin embargo, no nos transmite desánimo ni pesadumbre: los sicilianos pasan penalidades, anhelan un mundo mejor, pero no parecen haber dejado de disfrutar de la vida.

Otras obras de Leonardo Sciascia en ULAD: Aquí

sábado, 13 de mayo de 2017

Marcello Fois: Estirpe




Idioma original: Italiano
Título original: Stirpe
Año de publicación: 2009
Traducción: Francisco Álvarez
Valoración: Recomendable



Aunque radicado en el continente desde su ingreso en la Facultad de Filología de Bolonia, el universo literario de Marcello Fois (Nouro, 1960) –al menos, lo que de él está publicado por aquí- respira tercamente el aire de la Barbagia, la zona central y montañosa de la isla de Cerdeña, y de Nuoro, la pequeña capital provincial que ejerce de centro urbano de esta comarca aislada e irredenta, pero que ha aportado a la literatura un Premio Nobel, el de Grazzia Deledda en 1926, y autores tan notables como Salvatore Satta.

Y Estirpe no es una excepción. La novela nos remite a las vidas de Mercede y Michele Angelo en un tiempo que transcurre entre finales del siglo XIX y la II Guerra Mundial. Una pareja de orígenes más que humildes, que conseguirán salir adelante con tesón y discreción; dos cualidades imprescindibles para sobrevivir en una sociedad impregnada de tradición y ensimismamiento pero en la que también se dejan sentir los primeros rayos de una Modernidad que se presenta con nuevas ideas, comportamientos y exigencias: “Si subes arriba, demasiado alto, está la bestia verde y lívida que engulle, pero no digiere. Abajo, en lo profundo, está el bufón campechano guardando luto, que con una mano te acaricia y con la otra te apuñala”.

Estirpe es el inventario de unas gentes hacendosas y sacrificadas. Gentes sencillas y temerosas de Dios, que luchan con encono y decencia por evitar a sus descendientes la escasez y desamparo de sus orígenes. Y que, pese a todo, enfrentarán con granítica entereza los dolorosos tajos que el destino impone cuando se conjura para que la dicha que los hijos han de propiciar se evapore entre trágicos golpes de violencia, furia y frustración. El relato sobre Michele Angelo y Mercede serpentea por una sociedad dominada por los propietarios y pastoreada por la Iglesia a la que comerciantes y artesanos practican los primeros rasguños por los que se colarán sin pedir permiso nuevas ideas, como la belle époque, la exigencia de justicia social o el fascismo, y los avatares de una época –conflictos bélicos, emigraciones, lucha de clases- que pese al aislamiento y olvido llegaron para agitar intensamente la aparente placidez insular.

No queda otra. Tras las embestidas, tajantes y dolorosas, la vida debe continuar y volver a asomar tímidamente por los flancos más insospechados. De esta materia están hechas tantas y tantas familias, sagas de personas intentando sobrevivir y progresar pacientemente, conformando estirpes que son el trayecto que otros ya han recorrido por nosotros. Y que en el caso de los Chironi de Nuoro –“El amor dura únicamente un momento de perfección, el resto sólo es evocación, pero ese momento puede ser suficiente para darle sentido a más de una vida”- nos traza un periplo tan local y particular -sardo, insular, mediterráneo- como inequívocamente universal. Estirpe es la primera pieza traducida al castellano de una trilogía que se extiende a lo largo de Nel tempo di mezzo (2012) y Luce perfecta (2015), que permanecen inéditas en España.

viernes, 12 de mayo de 2017

Ramón María del Valle-Inclán: Sonata de primavera

Resultado de imagen de sonata de primavera amazonIdioma original: español
Año de publicación: 1904
Valoración: Muy recomendable



La gran ventaja de un escritor es que puede vivir varias vidas. Crear un alter-ego que protagonice aventuras imposibles, viaje a lugares ignotos, nazca en una cuna diferente o posea unas dotes de seducción de las que carece el original es una tentación demasiado fuerte en la que muchos escritores han caído para satisfacción de su público y en beneficio de la excelencia literaria.
El Marqués de Bradomín, como Peter Pan, Sherlock Holmes y otros muchos, es uno de los personajes que flotan en el panorama cultural sin que haga falta haber leído ni una página de las obras en que aparecen para tener una ligera idea –demasiado ligera, a menudo– de quiénes son y lo que significaron en su contexto social y literario. Su acogida y trascendencia se ha visto reflejada en el marquesado que se concedió a los descendientes del escritor hace unas décadas, en el premio literario creado en su honor y hasta en una breve mención en un poema de Antonio Machado. Este Valle Inclán idealizado no solo aparece en las cuatro novelas autobiográficas denominadas Sonatas y en su adaptación teatral de 1906, lo encontramos también en la trilogía carlista titulada Comedias bárbaras. Y fue, precisamente, un militar carlista quien sirvió de modelo al autor para crear uno de sus personajes más célebres.
Valle Inclán era un maestro de la caricatura, facultad que puso en práctica ante todo con su propia persona, estilizándola y añadiendo a su figura ciertos rasgos inconfundibles que la memoria colectiva ha guardado desde entonces. Lo mismo hizo con el marqués: con solo tres adjetivos (feo, católico, sentimental) consiguió dotarle de entidad convirtiéndolo en una figura inconfundible. Conseguir esto con un personaje que de original tiene más bien poco y cuyo precedente -ese don Juan, tan reconocido, que transita por las obras más diversas- no es un secreto para nadie, podría considerarse una de las grandes operaciones publicitarias de la historia de la literatura. Los otros donjuanes se pueden confundir entre ellos, este no, pues a un apelativo diferente y a los –más que significativos– rasgos mencionados se añade un título nobiliario nada menos.
El marqués cuenta su historia en primera persona, pero no lo hace por orden cronológico: comienza en la edad adulta o verano de la vida, continúa en la época otoñal, para descender a continuación a esa primavera juvenil que ambienta esta novela y, ya en la última etapa, poner el broche a sus confidencias. Lo hará durante aquel invierno en el que, se supone –dejando aparte pequeñas inexactitudes cronológicas–. tienen lugar las anotaciones que acabarán constituyendo sus memorias.
Hablamos de un individuo que, ya desde su primera juventud, posee una alta opinión de sí mismo, que se vanagloria de cada una de sus ocurrencias, tengan las consecuencias que tengan para otros, y que, en general, se mueve por el mundo pisando fuerte y guardándose muy bien de darlo a entender, al menos desde un principio.
Las grandes obras literarias lo son, entre otras cosas, porque se convierten en un retrato fidelísimo de personajes, actitudes y conductas de cara a la posteridad, independientemente de las intenciones de quienes las firman. Ese es el motivo de que a su creador le cayese más simpático Bradomín que a nosotros. Él triunfa, él se vanagloria, pero el lector de hoy puede considerarlo hipócrita –más aún, si cabe, que su entorno–, calculador, desconsiderado, frívolo, egocéntrico y soberbio. Nada ni nadie puede interferir en los planes de este enviado de su Santidad que viaja por Italia para otorgar los honores cardenalicios a un obispo y se lo encuentra en su lecho de muerte. Pero, teniendo en cuenta que los desplazamientos eran entonces mucho más largos e incómodos y que nadie con un ego de ese tamaño se va a desplazar para nada, Bradomín tiene a bien encapricharse de la hija mayor de la Princesa que le da hospedaje, además del tiempo que necesita para llevar a cabo el encargo, todo el  que considere conveniente. No sé si les sonará de algo esto, pero se trata de una chica muy joven, que no conoce nada del mundo y está a punto de entrar en un convento. La opresión de las convenciones religiosas –que unos padecen y otros se saltan a la torera–, la del ambiente de palacio, la de las reglas no escritas y la de los testigos que rodean a los personajes principales –que apenas conocemos pero cuya mirada fija en lo que ocurre el lector tiene muy presente gracias a la habilidad de Valle Inclán– va creando un caldo de cultivo cada vez más angustioso que acabará convirtiéndose en tragedia.

También de Valle-Inclán: Tirano Banderas, Luces de Bohemia