viernes, 21 de julio de 2017

Ad Absurdum: Historia absurda de España

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

En 2017, tres jóvenes historiadores murcianos que publicaban un blog escribieron un libro sobre la Historia de españa. No tardaron en fugarse de la historiografía aburrida donde se encontraban recluidos. Hoy, todavía buscados por los historiadores muermos, sobreviven como divulgadores con sentido del humor. Si tiene usted ganas de reírse y los encuentra, quizás pueda leer su libro... Aquí debería enlazar con un GIF donde pusiera "THE AD-TEAM" a golpe de metralleta y un audio con la pegadiza musiquilla de cierta serie ochentera, pero dejémonos de tonterías. Aunque tampoco vamos a ponernos serios, pues este libro, si bien de tonto no tiene una línea,rebosa humor y hasta cachondeo ya desde el título... lo que no quita para que, siendo, al fin y al cabo, un libro de Historia comme il faut, el rigor sobre lo que nos cuenta esté asegurado.

Y lo que nos cuenta son 500 años, más o menos, de Historia de España, desde el reinado de los reyes Católicos, supuestos mamá y papá del Estado nación español -en el libro se cuestiona esta arraigada idea-, hasta el año 1992, el de la apoteosis festiva de lo que hoy mola más llamar CT -Cultura de la Transición-; entre medias, cinco siglos en los que viajamos de despropósito en despropósito, de una chapuza a una oportunidad perdida, de gobernantes inútiles a gobernantes sinvergüenzas... ¿Cómo, que estoy exagerando? Pues basta echar un vistazo a las semblanzas de los reyes que ha disfrutado España para darse cuenta de que, en general, forman una colección de freaks, estultes y/o ninfómanos -es el término que aparece en el libro-, de lo más entretenida, eso sí... (¡ánimo Froilán, que el futuro es tuyo!).

Aún así, el libro nos depara alguna que otra sorpresa, si es que tenemos atornillados los conceptos de la historiografía tradicional al respecto: por ejemplo, rehabilita, hasta cierto punto, el reinado del "Hechizado" Carlos II, mientras que matiza bastante los logros del generalmente alabado de su tatarabuelo Carlos I. O la edulcorada versión de la impalntación de la democracia a la muerte de Franco, gracias a los faemino y cansado del momento, el dúo Juancar y Suárez (leed este libro, niños, y no el del tío Arturo...).

De todos modos, la mayor objección que se le puede poner a este libro -y es algo que admiten sus autores en la introducción- es que, al fin y al cabo, lo que plasma en sus páginas es una historia de la élites y de los grandes acontecimientos, más que de las mayorías sociales -y no digamos ya de las minorías, aunque algo hay-; la razón es que lo pretendido por los muchachos de Ad Absurdum  es, precisamente, buscar los elementos "absurdos" de la Historia y cuestionar a partir de ellos la visióncasposa que cierta historiografía ha venido ofreciendo durante muchos años. Aspecto en el que, desde luego, no se puede competir con, por decir algo, los despropósitos y no digamos ya la las apetencias sexuales de nuestros dilectos monarcas (hablo, por supuesto, de tiempos ya muy pretéritos... ejem). El problema es que, a veces, tal vez sobre los temas que los ad-absurders controlan menos esta perspectiva "tradicional" se cuela en el tono general del libro, cachondeos aparte. De esta forma, y por poner un ejemplo, son muy críticos con la visión determinista de la conquista de Granada y de la llamada reconquista en general, pero aceptan sin más la versión centralista o "estatalista de la conquista de Navarra.

Por ir acabando: el tono general del libro es, sin duda, desenfadado e irónico, quizás con excesiva recurrencia a lo soez, pero , bueno, quitemos allá esas paj... estoo, pelillos a la mar. Los autores tampoco se han cortado a la hora de incorporar referencias a la actualidad más rabiosa, lo que, por un lado, es cierto que confiere frescura al texto (que no deja de ser, repito, un tocho de Historia), pero, por otro, puede que en pocos años haya que hacer un esfuerzo de memoria para entenderlos. tambi´n , en ocasiones, sueltan comentarios jocosos que bordean la incorrección política, con chistes sobre tal o cual colectivo o nacionalidad. pero, qué narices, que esto no es twitter... 

En suma, si quieren saber la verdad sobre las locuras de Felipe V o la productora porno de Alfonso XIII; las imaginativas corruptelas del Duque de Lerma o quienes fueron el único rey lepero de Inglaterra o Boris I de Andorra, no duden en leer este libro. Si quieren conocer o recordar las vicisitudes y desventuras que ha pasado el pueblo español durante los últimos cinco siglos de Historia, esa asignatura que la mayoría de ustedes no tocan (supongo) desde los tiempos del insti, léanlo también.

jueves, 20 de julio de 2017

Viet Thanh Nguyen: El simpatizante

Idioma original: inglés
Título original: The Sympatizer
Año de publicación: 2017
Traducción: Javier Calvo
Valoración: muy recomendable

Reluciente pegatina dorada que recuerda el premio Pulitzer obtenido por el libro, y una primera figura, como Javier Calvo, encargado de la traducción. Normal apostar por este libro que, apenas leídas media docena de páginas, ya se hace difícil abandonar. El primer capítulo es impactante: una operación de evacuación realizada en el aeropuerto de Saigón en el justo momento en que la ciudad cae a manos del Viet Cong: los norteamericanos certifican haber perdido la guerra y salen despavoridos acompañados de unos pocos afortunados habitantes locales que quieren librarse de las previsibles represalias del bando ganador. Más que previsibles, seguras, como corresponde a toda Guerra Civil que se precie, y Ho Chi Minh, uncle Ho, no va a ser menos. La escena del embarque del avión, entre sospechas de delación, proyectiles de mortero que destruyen las pistas del aeropuerto, disparos emboscados, no se sabe si de amigos o enemigo, que se cobran víctimas inocentes, acaba tomando otra dimensión, incluso albergando dudas, a la vista del desarrollo de la novela.

Novela que empieza poniendo las cosas claras, en las tres primeras frases. El Capitán es un infiltrado: un Viet Cong, un topo que huye de ese Saigón que cae, junto a los pro-americanos, y se establece en USA. Que se convierte en el primer apoyo del General, en su hombre de confianza mientras se aposentan y empiezan a organizar algo parecido a una resistencia en el exilio. El Capitán puede dudar en su pensamiento, pero sus hechos son coherentes. No duda en asesinar a quien se le sugiere pues él ha de ser parte activa en la búsqueda del topo que se ha infiltrado, y él sabe que está siendo terriblemente injusto, pero cumple con su deber. Y va informando de esos movimientos a su país de origen, aunque sea a costa de delatar o comprometer a gente a la que aprecia. Incluso cuando es reclutado por el Cineasta (trasunto del Coppola de Apocalypse Now) para enmendar el guion de una película sobre la guerra del Vietnam que se rueda en Filipinas y en la que ningún vietnamita es invitado a intervenir. Uno más de los muchos pasajes excelentes que llenan la novela. Nguyen puede haber escrito uno de los libros del año, aportando esa perspectiva del desplazado que va adaptándose a su país de destino, que va relativizando los vínculos con su origen, que va acortando los párrafos de una teórica bitácora del exiliado porque él está exiliado con una misión, sí, pero no deja de adaptarse, evolución manda, al país en que se encuentra.

No son gratuitas las menciones de la contraportada, a Le Carré o Graham Greene. El simpatizante es una novela brillante, adictiva, muy hábil, perfecta en su estructura (una veintena de capítulos sobre la veintena de páginas que ayudan a administrar perfectamente tanto lectura como golpes de efecto) y que cuesta etiquetar en un género concreto. Del thriller de espías con personajes ambiguos (siempre asoma la duda tras los personajes que le frecuentan, si no son otros agentes dobles vigilando sus pasos) y con alguna trama que queda sin resolverse adecuadamente (su relación con la señorita Mori queda abruptamente inconclusa) para los férreos parámetros de la literatura de intriga, esa que no deja cabos sueltos, puede pasar a esa literatura introspectiva, como un Conrad o un Kafka adaptados a los tiempos que corren, a la necesidad de la definición de un escenario visual.  Sea el curso de un río, sea una sala de tortura, sea el mencionado aeropuerto lleno de cráteres producto del bombardeo. Es la única duda que me ha dejado esta entretenidísima novela. Si Nguyen pretendía construir un enigma y resolverlo, pero aquí (las reflexiones personales e ideológicas tienen mucho que decir sobre la condición de refugiado, la esencia de la política americana de la guerra fría, el choque de culturas y mentalidades) la escritura está claramente por encima de los límites de género. O si, por el contrario, deseaba demostrar su experiencia acerca de la versatilidad del ser humano que evoluciona en un entorno nuevo y deja atrás el pasado, y ha optado por dotarlo de un envoltorio atractivo y casi aventurero. En este sentido, me ha desconcertado un poco la presencia de esos dos capítulos finales, cuando hasta la estructura de la narración se altera (pasamos del bloque del monólogo al ritmo del diálogo casi entrecortado por las circunstancias en que éste se produce) y nos damos cuenta, o ése ha sido mi caso, que Nguyen no quería restringirse a la resolución de una situación, sino intentar algo más (no sé expresarlo de otra manera) universal.

miércoles, 19 de julio de 2017

Ana Rossetti: Alevosías

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1.991
Valoración: Decepcionante (por lo menos)

Mal asunto. Literatura erótica, escrita además por una mujer, y servidor empieza por calificarlo de Decepcionante. Demasiados boletos para la rifa de los improperios (reprimido, machista, facha…) Pero qué le vamos a hacer. Eso ocurre por echar mano del primer libro desconocido que aparece por la estantería. A veces el resultado es bueno y por tanto la sorpresa más agradable. Y otras… pues eso. La curiosidad mató al gato.

Pues efectivamente, este ‘Alevosías’ (me ahorro comentarios sobre el título) es una colección de ocho relatos de corte erótico que recibió en su día el premio Sonrisa Vertical –que es, por cierto una marca de prestigio en ese ámbito. Y, oiga, no nos andamos por las ramas: a las primeras de cambio nos encontramos ya a un par de primos preadolescentes metiéndose mano en tareas de exploración recíproca, y en un visto y no visto pasan a no dejar miga en el mantel. Los dos chicos son sustituidos en el siguiente relato por dos hermanas, la pequeña de apenas ocho o nueve años, que se ponen como motos en menesteres parecidos con el pretexto del juego y todo eso. Sí, bueno, después se deja caer algo sobre sus diferentes trayectorias sexuales en la edad adulta, pero esto resulta poco más que un simple adorno. Siguen sueños de alto voltaje en un tren de esos de larga distancia, con compartimentos y tal, un escenario bien propicio para este tipo de aventuras. Y todo así.

Naturalmente, línea tras línea nos encontramos con distintos tipos de fluidos y oleajes, 'cuevas resbaladizas y anhelantes’, cierto ‘succionador cilindro de terciopelo’, ‘bocas húmedas’ y ‘salvajes embestidas’. Y, sobre todo, pezones ‘de frambuesa’ y de texturas, sabores y morfologías semejantes aunque diversos, muchos pezones erectos, desafiantes, acusadores, todo un catálogo. Yo no sé si esto es exactamente literatura erótica, es decir, si el mérito consiste precisamente en describir el acto sexual y sus mil y una variantes, de mil y una formas diferentes, tirando todo el tiempo de metáforas para poner de manifiesto el grado superlativo que alcanzan el deseo y la excitación. De ser así, y si no hay nada más (como pasa en este caso) tengo que confesar que la cosa me aburre profundamente.

Hay que admitir que a la señora Rossetti  -que para eso es poetisa y autora de textos para niños, todo versatilidad- se le ve hábil en el manejo de esa miríada de adjetivos, alegorías, figuras y símbolos que se suceden sin pausa a lo largo de todo el volumen. Pero, claro, una vez que hemos asistido a un polvo, una masturbación o una felación (sin olvidarnos de los pezones), la lectura no da más de sí, es como asistir a un concurso para ver quién lo describe mejor, cuántas piruetas pueden utilizarse para el mismo fin, cuáles son las ocurrencias o imágenes más sorprendentes. Seguro que alguien dirá que no hay que quedarse sólo con el momento voluptuoso y las temperaturas extremas, que hay un mensaje profundo (con perdón), sensibilidad, agudeza psicológica. Pero, sinceramente, no soy capaz de encontrar nada de esto.

Incluso estaría dispuesto a reconocer que –si no hemos tirado la toalla antes- el libro coge algo de vuelo más o menos a la mitad, donde encontramos un par de relatos con un ambiente algo más oscuro, una pizca más de interés, y algún otro donde afloran ramalazos de humor que lo hacen más llevadero. Como uno es cicatero en las valoraciones pero también tiene su momento generoso, estas dos pinceladas me han movido a dejarlo solo en Decepcionante. Pero, no obstante lo dicho, vean ustedes: los últimos dos o tres relatos tienen un hilo común donde se toca de soslayo el tema de la infidelidad, y ahí aparece un personaje llamado Txomin, que tiene la osadía de dejar con el trabajo a medias a la señorita protagonista. Ella, con un rebote colosal, urde una sofisticada y claramente desproporcionada venganza dirigida a cargarse su matrimonio (el de Txomin). Ahí queda eso, para que se entere el vasco, cobarde, mediohombre, capullo, que a una mujer no se le hace eso. Ese es el nivel.

P.S. Aviso a mis colegas que si a alguien se le ocurre montar una semana de literatura erótica, conmigo no contéis, gracias.

También de Ana Rossetti: Señales y muestras

martes, 18 de julio de 2017

Julián Ibáñez: El matón al que engañaban las mujeres




 Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Esta es la quinta entrega que Julián Ibáñez hace de las peripecias protagonizadas por Bellón, un personaje del que el autor apenas nos ha dado como referencia el apellido y su imperiosa necesidad de estar permanentemente buscándose la vida, como chivato, o matón, o gorila, descargando un camión de fruta, o aceptando cualquier chapuza que le reporte cinco, diez, veinte eurillos con los que mantenerse a flote una noche, un día más, en una supervivencia cuyo horizonte es tan corto que parece llevarlo pegado a la nariz.

No es que Bellón esté pasando un bache, una mala racha. Es que Bellón jamás ha salido del agujero. ¿Qué se puede esperar de un tipo cuyos bares de referencia son el Petunia, la Cepa, o el Elefante Blanco y mantiene su sede operativa en el Menta y Canela? Lo de Bellón no son casos, ni episodios o aventuras, es el relato de una vida en el alambre, en el que el inventario de caídas se registra por acumulación.

Julián Ibáñez (Santander, 1940) lleva escritos decenas de libros, la mayoría de género negro aunque también ha tocado el palo juvenil, y ha ido dejando títulos por un reguero de editoriales. Su estilo, áspero y directo, en el que lo puede ser contado con tres palabras no precisa de cuatro, está al servicio de historias desgarradas y lúgubres, sin moralina ni moraleja. Las aceras de los polígonos industriales, los descampados de las periferias urbanas, los puticlubs de carretera, las calles polvorientas de urbanizaciones fantasmas, el espacio que surge desde la periferia meridional de Madrid hacía el sur, son los lugares predilectos por donde pululan personajes sombríos, desesperanzados, duros de pelar, como esas chicas que hacen equilibrios sobre un bordillo.

Con Bellón, Julián Ibáñez ha dado vida a un protagonista capaz de crear un vínculo más estable con el lector. El personaje apareció en El viejo muere, la niña vive (2014) y nos ha deparado Gatas salvajes, Todas las mujeres son peligrosas (ambas en 2015) y Canino (2016) y, efectivamente, no tiene nada de heroico. Bellón no apunta ninguna virtud con la que empatizar; no es leal, ni sincero, ni honrado, ni decente. Pero como cantaba Lou Reed, Bellón nos da un garbeo por el lado salvaje. Un lado que Ibáñez, quien cita a Raymond Chandler como referente, sabe retratar con ironía, sagacidad y despiadado realismo, en primera persona. Con mucha acción y toneladas de incorrección política. Con un protagonista en las antípodas del héroe habitual del género, al que le importa un bledo la verdad, la justicia o la venganza, pues Bellón tiene de sobra con rodar otra vuelta en la ruleta de la vida y dejarse caer en alguna casilla no demasiado hostil. A ello aplica afanosamente su cerebro en El matón al que engañaban las mujeres, siempre en tensión por encontrar una nueva oportunidad, jugada, certeza, capaz de ser transformada en ingreso, ventaja, recurso. Y, por supuesto, con los chispeantes diálogos marca de la casa:
“-Había oído otra cosa.
No logró disimular cierta sorpresa.
-¿Qué otra cosa?
-…Que la rubia hizo la maleta.
Continuó mirándome.
-La rubia –dijo al fin-. Se teñía.”

lunes, 17 de julio de 2017

Rudolph Wurlitzer: Zebulon

Idioma original: Inglés
Título original: Zebulon
Traducción: Irene Oliva Luque
Año de publicación: 2008
Valoración: Recomendable

Hay una canción del donostiarra Diego Vasallo (ex de Duncan Dhu) cuya letra define perfectamente lo que le ocurre a Zebulon, absoluto protagonista del libro, a lo largo de las 320 páginas de la novela. La canción está incluida en un disco del año 2005, titulado "Los abismos cotidianos, y dice algo así como:

"La vida te lleva por caminos raros,
por la esquina más perdida de los mapas,
por canciones que tu nunca has cantado.
La vida te lleva por caminos raros.

La vida te mira con los labios pintados,
te elige y siempre se larga con otros,
y así vamos siempre dando vueltas.
La vida te elige con los labios pintados."


Y es que la novela es un perpetuo vagar por caminos extraños, fruto de una maldición que al comienzo de la misma le lanza una mujer india.

"De ahora en adelante vagarás sin rumbo, como un ciego entre los mundos, sin saber si estás vivo o muerto, o si el mundo que no ves existe, o si todo es un sueño..."

A partir de ahí comienza un viaje que puede ser un intento de liberación del pasado o una oportunidad de romper las cadenas, pero que consiste en un perpetuo seguir adelante, en una persecución de algo o alguien que es más bien una sombra, en una persecución de uno mismo.

El resto (la ubicación geográfica o temporal de la novela) es, hasta cierto punto, indiferente, aunque para trasladar esa sensación de irrealidad Wurlitzer sitúa a Zebulon en el Oeste americano, en los grandes espacios abiertos de las montañas y de la California de los pioneros, en plena fiebre del oro.

En cuanto al estilo de Wurlitzer, diría que se trata de una escritura un tanto fragmentaria o cinematográfica (no en vano es autor de importantes guiones, como el de "Pat Garrett y Billy the Kid", de Sam Peckinpah), en la que se aúnan la crudeza y la poesía. Un estilo que trae rápidamente a la cabeza el "Meridiano de sangre", de McCarthy, aunque sin ese punto "totalizador" que tiene esta última.

En cualquier caso -ya sabemos que las comparaciones son odiosas- vamos a quedarnos con que "Zebulon" es una buena novela (muy buena, por momentos) que podría ser mejor (o que me hubiera gustado más) con algo más de ritmo y con algo menos de escenas lisérgicas. Y también con que habrá una nueva oportunidad para Wurlitzer, seguramente con alguna de sus primeras novelas.

domingo, 16 de julio de 2017

Paul Auster: Brooklyn Follies

Idioma original: inglés
Título original: The Brooklyn Follies
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable

Después de cierto tiempo sin leer a Paul Auster, uno de mis autores favoritos, caí en la cuenta que faltaba por reseñar este libro en ULAD (cosa atípica, hay mucha obra del autor ya reseñada). Con alguna duda acerca de si mis recuerdos sobre sus obras estarían mitificados por el paso del tiempo, este temor se desvanece ya en las primeras líneas. Y es que Auster siempre aporta algo, siempre mantiene unos mínimos y muy a menudo los supera con creces, como en este caso.

La novela empieza con un protagonista principal, Nathan Glass, a la edad de sesenta años. Ya de entrada, el autor nos sitúa en contexto poniendo todas las cartas sobre la mesa: Nathan habla directamente al lector y se dirige a él, cosa que en manos de otros autores podría incomodar e incluso alejarnos ante tal osadía, pero Auster saber hacerlo de forma que, acortando la distancia entre narrador y lector, consigue que el lector empatice directamente con Nathan y le coja cariño desde un inicio. Así, el protagonista nos cuenta en primera persona cómo busca un piso de alquiler en Brooklyn, lugar donde pasó su infancia, con el objetivo de vivir sus últimos días después de haber sufrido un cáncer que teme que acabe con él. En seguida nos pone en antecedentes contándonos que se dedicaba a vender seguros de vida, que estuvo casado durante más de treinta años, que ha tenido una hija y se culpa a sí mismo del divorcio. Para ocupar los días, tiene pensado ocupar su tiempo escribiendo "El libro de la estupidez humana", un libro sobre anécdotas curiosas de la gente que ha ido conociendo a lo largo de su vida. Pero el encuentro con su sobrino Tom, quien trabaja en una librería y por quien sentía una gran admiración, cambia sus planes; el propietario de la librería resulta ser todo un personaje cargado de anécdotas: mercader de arte, ex marine, ex presidiario, ex millonario... La personalidad enigmática de Harry se añade a la historia y toma posesión de ella, creando un aura de misterio que hace crecer la historia, generando un envoltorio que engloba los personajes y amplía su perspectiva, mientras los llena de historias sobre su pasado y les aporta la dosis de distracción que sus tristes y agotadas y perdidas almas necesitan. La historia se ensancha, abre el abanico de las posibilidades narrativas y en medio de ello aparece Lucy, sobrina de Tom, con sus problemas e inquietudes. Esta aparición crea una situación anómala que deberán resolver.

Hay grandes momentos que nos deja la narración. Las disertaciones sobre literatura entre Tom y Nathan nos llevan al mejor Auster, cogiendo ritmo a una velocidad abismal. A medida que avanzamos en la lectura se añaden piezas a la historia hasta conformar un puzle completo, con un alto ritmo narrativo, y con un Auster que se crece y nos proporciona páginas memorables donde la velocidad de lectura no da abasto.

Más allá de las vicisitudes de los protagonistas, Auster nutre esta historia de pequeñas pinceladas de cotidianidad, añade anécdotas de los diferentes personajes que se encuentran, componiendo una amalgama de personajes que completan una historia llena de realidad. La habilidad de Auster se pone claramente de manifiesto en esta espléndida novela, detallando perfectamente los diferentes personajes e involucrándolos en una historia conjunta que, más allá de las ramificaciones que puedan desencadenarse en cada uno de ellos, consigue mantener la cohesión del relato y encajar todas las piezas en una única historia coral. Auster es hábil en la construcción de los caracteres que conforman sus personajes y en establecer una historia de fondo, bien estructurada y narrada, con un ritmo constante y que favorece que, una vez empiezas la lectura, no puedes apartar los ojos de las páginas que te mantienen atrapado.

A través de las pequeñas historias que contiene el libro, Auster nos habla de la familia, de la calidez transmitida y sus problemas, de las relaciones satisfactorias y de las que no fructifican, de los deseos de conseguir un futuro mejor, aun y a pesar de uno mismo. Hablando directamente al lector, dirigiéndose a él, Auster se acerca a nosotros y nos hace copartícipes de las historias de sus personajes hasta el punto que, no sólo llegamos a entenderlos, sino que les cogemos cariño. Auster nos vence en la proximidad que hábilmente manifiesta en esta historia, y consigue que sus personajes pasen a un lugar siempre presente de nuestros recuerdos.

Un gran libro sin ninguna duda, lleno de suficientes matices para enriquecer el universo literario de la obra de Auster y hacer disfrutar mucho de su lectura. Por más libros que uno haya leído del autor, siempre consigue acercarse un poco más a esa íntima parte de uno donde sitúa a los escritores de referencia. Y ya queda poco para la publicación de la que puede ser su obra cumbre: "4 3 2 1". Aunque no falta mucho, la espera se hace larga, aunque siempre nos quedará la presencia de Nathan en nuestros recuerdos.

Encontraréis más reseñas de Paul Auster en ULAD aquí

sábado, 15 de julio de 2017

Douglas Coupland: Microsiervos

Idioma original: inglés
Título original: Microserfs
Año de publicación: 1996
Traducción: Juan Gabriel López y Carmen Franci
Valoración: muy recomendable

He leído algunas novelas, situadas en un momento muy concreto, a las que el paso del tiempo les ha sentado fatal. Una de ellas es Less than zero de Bret Easton Ellis. Es un ejemplo que considero paradigmático y que, al lado de Microsiervos, no muy alejada en la época, resulta más claro. Porque Microsiervos sí ha aguantado ese duro test. Y muy bien. Por mucho que nos choque su maquetación y por mucho que alguna de las marcas que figuran (¡Blockbusters!) suene a la edad de piedra, esta novela que surgió del desarrollo de un par de relatos publicados en esa Biblia del mundo tecnologico que fue Wired ha llegado a maravillarme por momentos. y lo ha hecho sin hacerme olvidar que estaba leyendo una especie de diario de la eclosión de eso llamado era de la información, eso que tanto criticamos y denostamos pero que, por ejemplo, está permitiendo tanto que yo escriba esto como que alguien pueda leerlo.

La vida de Daniel es su trabajo y viceversa. Trabaja en Microsoft y eso consiste en estar inmerso en proyectos compartidos con fechas de entrega implacables. Conlleva convivir con compañeros de trabajo de la empresa, habitar las viviendas que ésta les facilita en sus campus, estar sumergido en un espacio-tiempo de jornadas agotadoras sin estar pendiente de hora o día de la semana, todo ello a cambio de un salario, un paquete accionarial, un todo material que compense o dé la ilusión de que compense el enorme sacrificio. Los personajes de Microsiervos parecen caricaturas pero no lo son. No muestran pulsaciones humanas salvo ese torrente de consciencia que es Daniel observando lo que sucede a su alrededor, en un mundo que parece puesto del revés. Su padre, en la cincuentena, pierde el trabajo y parece que su experiencia laboral se deletee. Parece que sea él el becario y sea él el aprendiz mientras los veinteañeros, impetuosos, ambiciosos, formados, acostumbrados al nuevo hábitat, están pendientes de venerar ese nuevo tótem, Bill Gates, que les ha procurado ese perverso placebo de la falta de preocupaciones que consiste en estar siempre ocupado trabajando.
"A los 21 anyos, uno hace un pacto faustico consigo mismo; la companya para la que trabajas tiene permiso para quitarte de 7 a 10 anyos de tu vida, pero a los 30 tienes que abandonar la companya. Si no lo haces, es que te pasa algo RARO."
 Dan y sus compañeros andan obsesionados con varias cosas. Con su competidor y némesis, la Apple de 1995 (pre iPod, pre iPhone, pre iPad), con las medias de las edades de los empleados de las compañías (31,2 años en Microsoft), con piezas de Lego y su indestructibilidad, con un montón de marcas de compañías de todas clases. La cuestión del desempleo de su padre parece preocuparle relativamente: Dan no piensa que él vaya a necesitar trabajar a esa edad. Parece que piense que todos ellos a los cuarenta ya vayan a vivir de los rendimientos de sus carteras de valores y puedan huir del mundo como Thoreau en Walden o vayan a ser ese curioso tipo que vende productos macrobióticos en esa tienda al lado de tu casa que piensas en cómo narices hace para mantenerse a flote. Sus relaciones son a través de los conductos inocuos de comunicación. Teléfono, correo electrónico. Todo aséptico y a distancia, o todo en compañía de esa nueva familia que son sus compañeros de trabajo.
"He puesto un viejo compacto de Bessie Smith, y hemos seguido sentados mientras el alcohol perturbaba nuestros códigos, nuestros pensamientos, nuestras vidas, al menos durante lo que quedaba de oscuridad, hasta que nos reclamara de nuevo el trabajo."
Luego Dan y los suyos abandonan la compañía para montar Oops!, una start-up. Para intentar una aventura en solitario, para ayudar al padre de Dan, para demostrarse a sí mismos que son más que esos microsiervos esperando órdenes de sus superiores para lanzarse sobre el teclado.

A pesar de lo cual, Microsiervos no parece tanto un alegato contra el capitalismo sino contra todo el modo de vida actual, basado en la terrible competencia, en la carrera tanto por llegar el primero a los sitios como para capitalizar de forma inmediata el mérito de haber sido el primero. Lejos de ser una obra desde la que el lector observa, por el ojo de la cerradura, la existencia de esos geeks y esos nerds (vocablos intraducidos a lo largo de todo el texto, guiño importante), esta novela, dinámica, amena, no tan ensimismada como puede parecernos y desde luego plenamente actualizable a poco que uno renueve sus referencias, incorpore todos los nuevos cacharritos reales y virtuales (redes sociales, smartphones, tablets y demás) y se dé cuenta de que hay demasiadas cosas demasiado arraigadas y que es demasiado tarde para parar.

viernes, 14 de julio de 2017

Cristina Morales: Terroristas modernos

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable


Pedazo de novela el que le ha salido a Cristina Morales; de ésas que (si uno fuera más ingenuo y pensara que los excelentísimos miembros que componen los jurados  de ese tipo de cotarros fuesen a leerla), diría que podría ser perfecta candidata a algún premio rimbombante, tipo de la Crítica o Nacional de Narrativa. No la leerán, supongo, porque tal y como está el patio y teniendo cuenta el título (más aún después de haber recibido el de la Crítica de 2016 la celeberrísima Patria), no se querrán arriesgar a que les apliquen un "alsasuazo". Y, sobre todo, porque sospecho que esos galardones poco tienen que hacer las obras de género. Sospecho también que  a la autora de dicha obra no le importará demasiado estar fuera de toda quiniela.

¿Qué de qué género estoy hablando? Pues de la narrativa histórica, claro... ¿qué se pensaban, que Terroristas modernos iba de un grupo etarra vintage con activistas gafapastosos? ¿De una célula yihadista que camuflaba sus barbas entre la comunidad hipster? Para nada: debemos irnos 200 añitos atrás para encontrar la ambientación de esta novela, cuando Fernando VII "el Deseado" (que también manda narices...) había ocupado el trono de España y restaurado un régimen absolutista casi peor que el anterior a la invasión napoleónica. En ese trance, en 1816 un grupo de liberales perseguidos, ex-militares o ex-guerrilleros descontentos y gentes diversas con ganas de jarana, en general, se unieron en una insólita conspiración para obligar al monarca a jurar la Constitución de 1812 e instaurar un régimen liberal. La organización de la conjura, más o menos inspirada en las sociedades masónicas, hizo que recibiera el nombre de "la conspiración de Triángulo".

Una conjura terrorista que no deja de ser una fiesta, con sus preparativos y prolegómenos, su apogeo, su desmadre etílico y la inevitable resaca. Una conjura de buscavidas y resentidos, de aprovechados y hasta pordioseros, más que de fanáticos convencidos o desprendidos idealistas. Todos embarcados en una aventura que, como ya ocurriera con la primera novela de Morales, Los combatientes -pero incluso más que en ésta-, bien se puede interpretar como un espejo irónico en el que contemplar otras pseudorevoluciones más recientes, igualmente truncadas. Porque "la Conjura del Triángulo", y supongo que no le estropeo el final a nadie, acabó en un fiasco.

Aunque lo del título tiene su coña, por otra parte... No sólo porque puede llamar a engaño, si alguien piensa que se va a encontrar un libro sobre ciberterrorismo, o algo parecido, sino porque los "terroristas" de esta novela lo que pretendían era instaurar el mismo régimen liberal en el que, con sus variaciones, vivimos ahora en España y proclamar la Constitución de Cáuno que hoy es reivindicada y homenajeada por los capitostes del statu quo político actual. Régimen que, después de todo, tiene su origen en el establecido en su momento por la Revolución francesa y contra el que se acuñó por primera vez el adjetivo "terrorista", precisamente...

Novela de hálito coral, compuesta con variopintos personajes, pues, siguiendo los cánones revolucionarios, ha de ser el pueblo en su conjunto el protagonista de ese proceso y de su relato... por más que la susodicha revolución se quede en agua de borrajas. Pero novela, sobre todo, que hace gala de unas formas, de un estilo apabullante, deslumbrante; Morales es una virtuosa y no se arredra en demostrarlo, en hacer avanzar la narración con variss líneas en paralelo, en dar saltos temporales con seguridad envidiable, en jugar con los cambios de escenario y de actores, en combinar con desparpajo y maestría el lenguaje más coloquial con el más lírico, la acción con la introspección, el erotismo con el humor... Todo un derroche, en suma.

A medio camino entre la tradición picaresca y los Episodios Nacionales de Galdós, entre La colmena y el mejor Eduardo Mendoza, entre ls poesía romántica y Siniestro Total, esta novela es una gozada, un verdadero regalo para el lector. Y qué gusto da cuando se encuentra uno.


jueves, 13 de julio de 2017

Marta Sanz: Clavícula

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

No tengo ninguna duda de que algún día los manuales de nuestros nietos hablarán de la "literatura del yo" como una de las tendencias dominantes de este comienzo del siglo XX. Ahí se incluirán las memorias, los diarios, las autobiografías, y también la mal llamada "autoficción", que incluye desde la Trilogía de Nueva York de Auster hasta los Soldados de Salamina de Javier Cercas o toda la obra reciente de Vila-Matas. Confieso que mi tendencia sobre este tipo de narrativa ha ido cambiando: cuando leí los primeros experimentos de este tipo me encantaron; llegó luego un momento de cierta saturación, en que me pareció que el modelo estaba ya agotándose; últimamente, no la soporto, como dejé claro en una famosa (o infame) no-reseña de los libros de Knausgard.

De ahí que tenga que preguntarme por qué este libro, a diferencia de los de KOK, sí que me ha gustado, y me ha gustado bastante, de hecho. Clavícula es una novela (¿autobiografía, diario, memorias, obra híbrida?) tan egocéntrica como Mi lucha: cuenta la obsesión de una escritora, la propia Marta Sanz, con un misterioso dolor que le nace en la escotadura supraesternal, el espacio entre el esternón y la garganta donde acaba la clavícula derecha; un dolor para el que los médicos no tiene solución, y que contamina cada momento de vida y consciencia de la escritora. Un monumento al solipsismo y la autocontemplación que podía haberme provocado el mismo rechazo que los de KOK, pero no. Así pues, ¿qué lo hace diferente y mucho más llevadero, más allá de que sean solo 200 páginas y no 7 volúmenes de 600 cada uno?

Después de mucho pensarlo, creo que la diferencia está en dos elementos: el humor y el formato fragmentario.

Marta Sanz habla en esta obra de dolores reales e imaginarios; de la menstruación, los calmantes, las pruebas médicas, la autocompasión o la relación con su marido. De las enfermedades y molestias físicas propias y ajenas, más o menos graves, más o menos humillantes. Y de todas ellas habla con una cierta distancia irónica, que le permite verse a sí misma como una digna sufridora y como una burguesa llorica, al mismo tiempo. Habla sin pudor de las dolencias del cuerpo y del alma, pero también habla, al mismo tiempo, de esa falta de pudor y de las consecuencias que tiene. Es muy consciente de lo que está haciendo, y lo que está haciendo le parece al mismo tiempo noble y ridículo.

La otra clave para que me haya gustado esta obra es que Marta Sanz, a diferencia de KOK, no decide contarlo todo, sino que selecciona aquello que se refiere (más o menos vagamente) al tema principal del libro, que es el dolor, y lo dispone en fragmentos de entre un párrafo y cinco o seis páginas, dando lugar a una indagación (tal como el propio texto dice) que renuncia a lo extenso para profundizar en lo intenso. El carácter híbrido del texto (las reflexiones de la autora, que dominan la obra, se mezclan con emails, relatos y poemas) es también mucho más "posmoderno" (si es que esta palabra todavía significa algo) que las larguísimas divagaciones de un hombre blanco heterosexual de clase media.

Porque Clavícula es, también, una obra muy marcada por el género de su autora: es una obra que habla de un cuerpo, y el cuerpo del que habla es el de una mujer, con su endometrio, su menopausia, sus hormonas y sus estrías. Habla de sus problemas y de los de sus amigas y conocidas (cánceres, catarros, fisuras anales, infartos). En un momento del texto, Marta Sanz se compara con Elvira Navarro, que habla de cosas parecidas en La trabajadora:
"Recogemos una inquietud de época y escribimos estas cosas porque algo nos duele, porque somos mujeres, porque tenemos o no tenemos pareja, escribimos, tenemos y no tenemos trabajo, somos españolas y blancas, posiblemente feministas, posiblemente de izquierdas. Pero nuestros libros no están escritos con las mismas palabras y, en consecuencia, no, no son iguales. 'C'est dans l'air du temps'".
Quizás lo que menos me haya gustado de Clavícula sea su final: después de doscientas páginas de dar vueltas en torno a unos cuantos temas comunes (el dolor, sobre todo, pero también el miedo, la enfermedad, la incomprensión), de pronto se introduce un punto de fuga, un crucero con sus padres, y la obra termina, sin que dé la impresión de haberse cerrado de ninguna forma. Quizás esto mismo sea un elemento posmoderno: la obra abierta y todas esas cosas. Pero incluso en el siglo XXI tanta abertura parece excesiva y deja alguna insatisfacción en el lector.

miércoles, 12 de julio de 2017

Juan José Millás: Laura y Julio

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

A estas alturas, creo que Juan José Millás no necesita mucha presentación, es un tipo conocido por sus excelentes artículos en prensa y creo que también interviene en algún programa de radio. En este sentido podría decirse que es un escritor ‘moderno’, a quien no disgusta cierta presencia mediática, aunque en su caso entiendo que mantenida siempre en un nivel más digno que algunos de sus colegas. En cuanto a su producción literaria, bastante extensa y diversificada, parece que no concita unanimidad: hay a quien le encanta su estilo, y hay también lectores a los que deja indiferentes, o poco menos. Veremos de qué lado inclinamos la balanza.

La pequeña historia que se relata en ‘Laura y Julio’ se sitúa en un escenario urbano y actual, con una pareja joven y más o menos convencional, con lo que tanto el entorno como los personajes resultan bastante habituales en la narrativa española más reciente. Laura y Julio establecen una estrecha relación con un vecino y, cuando éste sufre un grave accidente, parece surgir de pronto un vacío que antes nadie parecía capaz de ver. Algo extraño, ajeno, había estado distorsionando las vidas de los protagonistas y, al ser retirado del primer plano, deja una imagen insólita, inesperada, sin que sepamos cuál de las dos perspectivas  –con vecino o sin él- es la real.

Millás disfruta explorando el equívoco, el engaño, la imagen especular. Esa inquietante simetría entre las dos viviendas gemelas, la de la pareja y la del vecino, enfrentadas y aparentemente iguales, domina el relato hasta convertirse en una obsesión y socavar la propia personalidad de Julio. Ya no sabe en cuál de los dos lados se encuentra, si es él mismo o es su antiguo amigo, si lo fue antes o lo quiere ser ahora. Mirando desde fuera, podemos pensar en si esa sombra de la portada es la de Julio o es la del vecino. A su vez, Laura cree haberse descubierto en un momento del pasado, pero también más tarde se conoce nuevos perfiles e igualmente navega entre dos realidades. Lo realmente interesante es que nuestros personajes no se atormentan ni parecen a punto de naufragar, sino que asumen sin preguntas las situaciones que se les presentan y, aunque no sepan bien dónde están, aceptan lo que les llega con la naturalidad del superviviente. Podría ser una hermosa metáfora.

El tono frío, algo misterioso, se mantiene durante la mayor parte del relato, aunque hay un momento, unas pocas páginas, en que todo parece echarse a perder. A cuenta de la lectura de unos correos electrónicos, el discurso se altera y el propio devenir de la narración –ritmo pausado y acción tenue- se quiebra. Todo cobra una intensidad que no tenía y nos tememos lo peor. No lo veo claro, puede que se trate de un recurso para poner de manifiesto la ruptura emocional que supone la situación, pero en todo caso no tardamos en recuperar la atmósfera anterior.

Tampoco esperemos muchas más sorpresas, ni buenas ni malas. La novela se desliza suavemente hacia un final más o menos bien construido, no muy llamativo aunque tampoco decepcionante, es decir, que sintetiza bien las sensaciones que el libro transmite prácticamente en su totalidad: parece una narración inteligente, de alguien que escribe con soltura y nivel, y que ha encontrado materia con la que jugar y manera de hacerlo con solvencia. Pero queda también la percepción de que falta brío, un poco de audacia para haber seguido explorando esos interesantes caminos de las dobles realidades, ambición para dar mucho más juego a personajes que se nos quedan en amagos. Echamos de menos la chispa que hubiera hecho algo grande de esta historia.

Otras obras de Juan José Millás en ULAD: Dos mujeres en PragaLa mujer locaHay algo que no es como me dicenArticuentos completos

martes, 11 de julio de 2017

Wallace Thurman: La fruta más negra

Idioma original: Inglés
Título original: The blacker the berry
Año de publicación: 1927
Traducción: Susana Prieto Mori
Valoración: Recomendable

Antes de Martin Luther King, de Malcom X o de los Panteras Negras ya habían existido tentativas por parte de la comunidad negra de salir del ostracismo social y cultural al que se encontraba sometida. Uno de esos intentos, fundamentalmente en el ámbito cultural, fue el llamado "Renacimiento de Harlem", que podría resumirse en "el renacer del arte negro en la comunidad de afroamericanos residentes en Harlem (NY) durante los años veinte" (Wikipedia dixit), incluyendo la expresión "arte negro" disciplinas como la música (Duke Ellington o Louis Armstong), la pintura o la literatura (Langston Hughes, Zora Hurston o el propio Wallace Thurman).

No me extiendo más. Ya hemos situado la novela en su contexto histórico. Ahora bien, pese a ubicarse dentro de un contexto muy concreto, nos encontramos ante una novela sorprendente en cuanto a la problemática que pone encima de la mesa. Y es que en una situación de total ausencia de derechos civiles y sociales para la población negra, Thurman suelta una novela que trata, principalmente, de los prejuicios raciales entre los propios afroamericanos. ¡Toma ya!

Es, por tanto, "La fruta más negra" una novela de denuncia en un triple aspecto; el más claro, el del racismo dentro de la propia comunidad afroamericana hacia los negros, digamos, de piel más oscura, pero también del desprecio de los blancos hacia los negros y del machismo imperante en la sociedad de la época.

Pero no solo eso. "La fruta más negra" es también una novela de formación y de búsqueda de un "sentido de pertenencia".

La novela comprende el paso de la adolescencia a la madurez de su protagonista casi absoluta: Emma Lou Morgan. Es Emma Lou una adolescente de Boise (Idaho), marginada por el tono de su piel por la propia comunidad negra de su ciudad. Buscando huir de esa marginación y de la opresión y aislamiento que supone, decide partir en busca de "su lugar el mundo". Este periplo la llevará a Califormia, en un primer momento, y a Harlem (Nueva York), con posterioridad. En California y en Harlem comprobará que las cosas no serán, en ningún caso, fáciles para una chica como ella.

Es, en definitiva, un libro interesante y ameno; interesante por poner sobre la mesa de forma valiente cuestiones de actualidad, tanto en 1927 como 90 años después, y ameno por estar narrado de forma sumamente ágil, con una prosa sencilla que va directa al grano, sin rodeos. Como punto flojo diría que la mayor parte de los secundarios, de los personajes que pasan por la vida de Emma Lou, carecen de la complejidad que sí tiene el personaje principal.

De todas formas, mejor nos quedamos con lo positivo y, sobre todo, con este acercamiento a un mundo y a una época, para mi, absolutamente desconocidos.

lunes, 10 de julio de 2017

Reseña + Entrevista. Ander Izagirre: Potosí


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Pues, por si no os habéis dado cuenta, voy a ponerme muy insistente en lo de declarar la crónica como uno de los géneros que veo con más futuro en la literatura. Los argumentos son variados y habrá quien los considere endebles, pero los veo de peso: la crónica no tiene un requisito de estilo tan elevado, pues depende mucho de lo interesante del contenido. Tampoco es tan exigida en la cuestión creativa, cuando la realidad empieza a ser tan crudamente superior a lo concebido por la mente humana. Y encima dispone de una coartada acorde a los tiempos que corren, con la falta de tiempo que nos acucia a muchos. Uno lee crónica y compatibiliza información, disfrute y hasta formación. Saber de otras partes del planeta o de otras partes de la sociedad en que vivimos. No es casualidad ese aluvión de programas televisivos en forma de reportajes donde asomarnos a la vida en otros entornos: compatriotas que se buscan la vida lejos de sus lugares de origen, experiencias profesionales de oficios arriesgados.
Por suerte, las opciones van aumentando, y las crónicas ya van superando el estereotipo de la bitácora de viaje o el reportaje periodístico y adoptando distintos cauces, y lógicamente el abanico de autores se enriquece, aunque haya que lamentar que algunos hayan desaparecido. Chatwin, Kapuscinski o Politkovskaia. Pero nos queda Alexiévich, Krakauer, Anderson, Aldekoa, Villoro, Carrión, muchos que olvido y algunos que espero descubrir en el futuro, como he descubierto a Izagirre presentado por la inquieta gente de Libros del KO, que ya me trajo a Fariña,  y he disfrutado de lo lindo. Con un texto bien estructurado y asequible, dinámico y elusivo de lo blandengue. Que arraiga en el pasado lo justo para enlazarse con el Galeano reivindicativo de Las venas abiertas de América latina, pero que se proyecta de forma contundente en el presente, para contarnos la historia de Alicia, otra de esas víctimas anónimas de todo el lodo que arrastra el proceso de colonización y descolonización. 
Todos conocemos la expresión vale un potosí. Pues Potosí es la ciudad de Bolivia organizada alrededor del enorme potencial minero de la zona. Explotación que ya empezó con el expolio de los metales preciosos (algún imbécil ha dicho que ese expolio fue compensado ampliamente con la aportación de los conquistadores: nuestra fe, nuestro idioma y nuestro sentido de la civilización) en los siglos XVI y posteriores, y que continúa hoy en día, cuando los metales que la zona minera alberga (estaño, por ejemplo) son explotados a destajo por trabajadores en condiciones precarias a las órdenes de compañías de intereses multinacionales sujetas a los vaivenes de los precios de las materias (vaivenes muchas veces predefinidos por turbios intereses especulativos, por necesidades de las cadenas productivas o por puras manipulaciones en los ciclos de demanda de éstas). Y toda esa economía local alrededor de esas explotaciones acompaña esa montaña rusa de contrataciones y despidos masivos, y qué mejor ejemplo que una mina donde generaciones trabajan y desgastan sus organismos en condiciones deplorables que son prácticamente garantía de severas afecciones físicas. Izagirre usa a esa niña obligada por las condiciones al trabajo para dibujar todo el panorama, un panorama demasiado complejo y rico en matices para destriparlo en una reseña. La clase de libros que fortalecen las convicciones de quien lo lea, a poco sentido común de que uno disponga, y la clase de libros (esto lo he dicho ya alguna vez, pero aquí es particularmente cierto) cuya lectura, sea por cabreo, indignación, confirmación de sospechas, etcétera, mejora a quien lo lee.

Y con un autor dispuesto a perder un ratito respondiendo alguna cuestión.


¿Esta clase de historias se buscan o le encuentran a uno?

Las historias no te caen del cielo mientras estás sentado en el sofá. El trabajo del periodista es salir a buscarlas. Luego es cierto que en esas historias, cuando les dedicas tiempo, aparecen asuntos inesperados, llamativos, interesantes, urgentes, que te hacen plantearte otros modos de trabajar: por ejemplo, pasar de un primer reportaje sobre una niña minera en el año 2010, a desarrollar todo un libro en 2017, porque esa niña es un personaje muy poderoso que rompe todos los moldes y que sirve para contar un mundo, el de las minas de Bolivia.
  
¿Qué piensa de ese establecimiento de vínculos emocionales ante tanto abuso y tanta injusticia? 

Que es inevitable, es humano y es el inicio del camino. La empatía te lleva a querer conocer las historias de los demás. Otra cosa es escribir: creo que Richard Ford decía que para escribir hay que tener una aguja de hielo en el corazón. No puede ser que las emociones te aplasten o te distorsionen demasiado la capacidad de observación.
  
¿Siente que condiciona el proceso creativo?

Por supuesto, pero es algo que hay que manejar, hay que acertar con las dosis: se necesita una implicación personal para interesarse por alguien, se necesita una distancia para escribir.

¿Se ayuda más con el teclado o con las manos?

Seguramente con las manos, pero hay que escribir como si sirviera. No se me ocurre otro modo de hacer lo poco que yo sé hacer.

¿Obtendrá alguna vez la crónica el lugar que se merece?

No sé cuál es ese lugar. No tengo ninguna queja especial con el lugar de la crónica.

Y si no lo obtiene en el peculiar mundo literario, ¿se reconocerá esa valiosa inducción a la reflexión?

Es que no entiendo muy bien cuál es el supuesto de esta pregunta –una falta de reconocimiento-, ni qué quiere decir lo del peculiar mundo literario. Solo sé que la crónica es una herramienta valiosa para contar la realidad, que por supuesto debe servir para menear un poco los pensamientos y las ideas. Si no hablamos de los mecanismos que producen las injusticias, de sus beneficiarios, si solo contamos escenas emotivas del sufrimiento, estamos haciendo un exhibicionismo de las víctimas que suele tener recompensa pero no sé si sirve para algo.


¿Alguna influencia no reconocible que quiera destacar?

No, no creo que deba ser yo quien lo haga.

En general, o aplicado a este libro, cuando se escribe sobre estas situaciones, ¿uno empieza a mirar más quien viene a su espalda? 

No sé si te refieres a que me ataque alguien que queda mal en el libro o algo así. Bueno, yo planteo unas críticas y unos argumentos. El debate es libre y me expongo a críticas y contraargumentos.

El periodista/escritor/cronista haciendo preguntas incómodas tras una mesa o abordando en la calle, ¿es el nuevo detective global? ¿Es el descubridor que empieza a sembrar las semillas de lo conspiranoico o simplemente va entregando piezas del puzzle?

No entiendo bien la pregunta. El trabajo del cronista es antiquísimo: cuenta realidades poco conocidas para sus lectores, intenta explicarlas de la manera más completa y atractiva posible, y si es bueno, consigue abrir algunas buenas preguntas y cuestionar algunas de las formas en las que se organiza el mundo.

¿Otros proyectos?


Sí, pero muy verdes aún 😊

domingo, 9 de julio de 2017

Tina Vallès: La memoria del árbol

Idioma original: catalán
Título original: La memòria de l'arbre
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Con una gran delicadeza, y la habilidad adquirida en el uso de las palabras tras ejercer de traductora y correctora, Tina Vallès nos cuenta la historia de cómo las consecuencias del paso del tiempo afectan el día a día de una familia, y como la situación es percibida bajo la mirada atenta del pequeño Jan.

La vida rutinaria propia de los niños, donde lo que sucede día a día acostumbra a seguir un patrón establecido, se ve alterada cuando Jan se encuentra con que sus abuelos pasarán a vivir con él y sus padres. Este cambio de la cotidianidad supone una alteración en su vida, no únicamente en cuanto a las tareas propias de cada uno sino también en la necesidad de asimilar estos cambios, que Jan percibe sin saber exactamente a qué son debidos e intenta adaptarse a ellos mientras la curiosidad propia de su infancia intenta conocer el motivo. Esa pequeña alteración de las rutinas del día a día, probablemente insignificante a ojos de los mayores, suponen trastocar el mundo de un niño; lo que él podría percibir como una alegría, pues sus abuelos a quienes quiere con locura vienen a vivir con ellos, lo percibe como si no fuera tal, por el extraño comportamiento de sus padres ante este hecho. La reacción de Jan es compleja y titubeante ya que quiere averiguar lo que sucede, pero hasta cierto punto; a menudo sus preguntas son respondidas por los silencios, que albergan más respuestas que las que esperaba tener. Y a veces no quiere hacer más preguntas porque intuye unas respuestas que, aunque no sean formuladas, algo en su interior sabe que es mejor así. Hay cierto temor en las respuestas de las preguntas que no se atreve a verbalizar; la intuición del niño va por delante de su comprensión, y son sus percepciones quienes le llevan hasta dónde su asimilación puede alcanzar.

Estructurado en pequeños capítulos, cada uno de ellos pertenece a una escena cotidiana que conforma el día a día y elaboran un mosaico de pinceladas de realidad infantil en la que uno se siente reflejado, pues la autora nos retorna a la época donde fuimos niños, donde nuestro pequeño entorno era todo nuestro mundo, donde el cariño de los familiares era todo lo que necesitábamos para aportar la tranquilidad que esas tempranas edades demandan. Los grandes espacios en blanco que separan los capítulos son llenados por el propio lector con las reflexiones que la lectura le ha dejado en su interior; esos espacios vacíos, de forma análoga a los que sufre el propio protagonista, son parte también de la historia contada.

La sencillez en las palabras de Jan simplifican la complejidad existente para quien las lee con ojos de adulto, y la distancia que separa ambas formas de verlo deja el espacio justo para ser rellenados por los recuerdos que albergamos cada uno con el paso del tiempo. La historia que narra Tina Vallès en este libro es de una gran sencillez aparente, pero que oculta mucho más de lo que la narración cuenta. La autora consigue evitar la tentación de nutrir la historia de infantilismo, algo que siempre puede existir cuando el protagonista es un niño. Y eso no implica que no pueda leerse en clave infantil o juvenil; es más, puede hacerse y también es recomendable extenderlo a ese público, pues lo que sucede es algo habitual en muchas familias, pero bajo la mirada de un adulto se ve la historia desde otra perspectiva y nos hace ser conscientes de lo vulnerables que pueden ser los niños, y de cómo aquello que podría pasar desapercibido ante nuestros ojos se convierte en algo clave para ellos.

Con momentos repletos de cálidas escenas cotidianas, destacando especialmente las memorables conversaciones entre Jan y su abuelo, Tina Vallès nos ofrece un retrato emotivo sobre la familia, la infancia, el paso del tiempo y sus consecuencias. Con una prosa cuidada donde cada palabra encaja a la perfección, la lectura de este libro nos transmite como asimilar los cambios, como suavizar los acontecimientos cuando afectan a los pequeños y como asumir el paso del tiempo y que cada uno los digiera a su debido tiempo. La belleza, la ternura, el amor y la emotividad son los mimbres que tejen esta novela y consiguen tocar la fibra sensible de quién recuerda su infancia, mientras a la vez es testigo del paso inexorable del tiempo en las vidas de sus allegados.



sábado, 8 de julio de 2017

Ryu Murakami: Piercing

Idioma original: japonés
Título original: ピアッシング (Piasshingu)
Año de publicación: 1994
Traducción:  Albert Nolla (al catalán, como Pírcing) - Ana Lima (al castellano)
Valoración: recomendable /no recomendable

Difícil lo tengo para reseñar esta novelita -relato largo, más bien- sin destripar su argumento: en ella está todo tan medido, las cantidades son tan exactas como en una fórmula química o en una receta de repostería, de forma que es complicado no desvelar alguna de sus claves, lo que supondría sacar una cereza del cesto, con lo que, inevitablemente, saldrían otras enredadas con sus rabitos. Por contar algo, diré que la historia comienza con un joven padre levantado por la noche para contemplar y acariciar a su niña recién nacida, que duerme en la cuna.... Que no se enternezca nadie: el protagonista, Masayuki, acaricia la mejilla del bebé, sí, pero con un punzón de picar hielo , mientras hace un esfuerzo ímprobo por no clavárselo. ¿Qué solución se le ocurre? Pues clavárselo a alguna otra persona...

No voy a revelar más, pues ya digo que no quiero estropearle la lectura a nadie; más aún en el caso de novelas como ésta,  donde todo, desde el background de los personajes , hasta los giros argumentales, está calculado y dosificado con suma precisión. Podría añadir, eso sí, que si hay alguien aficionado al BDSM, la automutilación o la violencia cuasi gore, así en general, esta sería, sin duda, un libro de su agrado.... Podría añadirlo, pero estaría mintiendo o tergiversando la verdad. Porque si es cierto que esos elementos tan coloristas aparecen en la novela, también lo es que no suponen sino la apariencia, la superficie de la misma. Que no es una historia sobre gente clavándose punzones unos a otros o practicando sexo extremo -bueno, un poco sí, que no deja de haberla escrito de Ryu M.-, sino sobre la fragilidad del ser humano, sobre la vulnerabilidad de las víctimas y el reconocimiento entre ellas, sobre la soledad, que a veces no sabe expresarse más que a golpes.

Y también, ¿por qué no?, es una novela de suspense y hasta de cierto humor negro, escrita -ya sé que me repito- con la precisión de un relojero. Una novela corta quizá no recomendable para espíritus impresionables , aunque, desde luego, sí para cualquiera con cierta sensibilidad y compasión hacia su prójimo. No digamos ya para quien guste sumergirse en una narración sin poder despegar los ojos del libro.





Más títulos de Ryu Murakami reseñados en Un Libro Al Día: Azul casi transparenteLos chicos de las taquillas

viernes, 7 de julio de 2017

Alexandra Marinina: Muerte y un poco de amor

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Idioma original: ruso
Título original: Smert i nemnogo liubví (Kaménskaya 06) Смерть и немного любви (Каменская, # 6) 
Año de publicación: 1995 (En España: 2010)
Valoración: Prescindible


De vez en cuando apetece embarcarse en una lectura ligera, sobre todo si, como es el caso, te encuentras inmerso en dos sesudos y extensos ensayos sobre esto y aquello, muy interesantes, sí, pero abrumadores cuando no tienes a mano algo más entretenido que te ayude a desconectar de tanta erudición. En estos casos, nunca viene mal un poco de intriga, en forma de asesinatos en cadena, personalidades distorsionadas o cualquier otra barbaridad que, al pillarnos tan lejos de lo cotidiano, se puede acercar a lo intrascendente. Todo depende de cómo nos tomemos lo que estamos leyendo y, sobre todo, de la habilidad del autor para sumergirnos más o menos en el universo que tiene a bien mostrarnos. Claro que, para mí, el género negro no significa solo evadirse, exijo  además que me ilustre, siquiera mínimamente, sobre las circunstancias sociopolíticas de momento y lugar en que se haya situado la acción. Por eso, cuanto más alejado se encuentre el thriller de la realidad que vivo a diario más interesante me resulta a priori; por eso también, disfruté lo mío leyendo, hace ya unos cuantos años, Out, novela negra escrita por la denominada dama japonesa del crimen. Algo así es lo que buscaba al elegir a Alexandra Marinina y su entorno ruso para que me acompañasen en estos días de canícula.
Muerte y un poco de amor es una de esas novelas de personaje que tanto suelen interesarme en un principio. Pero la cosa cambia si ese personaje central alrededor del cual gira la historia es un detective particularmente perspicaz, capaz de cargar con el peso de la investigación mientras el resto de profesionales se devanan los sesos intentando desentrañar el misterio y no son capaces de encontrar ni el cabo inicial del hilo que les conducirá a la solución. Y si, como es el caso, la susodicha protagoniza una saga entera ya pueden imaginar que el deja vu no deja lugar a excesivas sorpresas.
La saga de Anastasiya Kamenskaya –comandante de policía moscovita– ha dado lugar, al menos, a treinta títulos (en los que se basa una serie televisiva de veinticinco capítulos) ocho de los cuales se han traducido al castellano. En concreto esta novela se publicó el mismo año que otras cinco de la serie, háganse idea de lo prolífico que puede resultar el recurso de la personalidad carismática.
En cualquier obra de este tipo, lo insólito parece ser el requisito fundamental para llamar la atención de los potenciales lectores. Siendo así, ¿cómo resistirse a presentar dos novias, nada menos, asesinadas poco antes de dar el “sí quiero” en el mismísimo juzgado dónde va a tener lugar el enlace? La escenita –que forma parte del planteamiento del relato y por tanto no estoy desvelando gran cosa– pretende suscitar nuestro interés, ya desde las primeras líneas, para engancharnos y evitar que abandonemos, pero se trata de un recurso tan manido que a mí, particularmente, me produce el efecto contrario.
En esta ocasión, Kamensakaya se ha decidido, por fin, a contraer matrimonio tras quince años de relación cómplice en la que cada uno mantiene su espacio propio y, mira por dónde, ese día los hados han decidido colocarla en la escena del crimen. Si el enlace consigue llevarse a cabo o no es algo que me reservo, lo que sí ocurre –como cualquiera podrá deducir– es que la detective se arremanga de inmediato y toma las riendas del asunto.
Nada que no hayamos leído o visto mil veces. Pero reconozco que la trama, a pesar de ciertas inconsistencias y momentos no muy verosímiles, está manejada con oficio y contiene algunos elementos destacables. En primer lugar, no podían faltar las alusiones a esas circunstancias sociopolíticas, que considero clave en este tipo de novelas y que aquí no se presentan integradas en la acción –como, confieso, me hubiese gustado– sino en forma de comentarios que los personajes dejan caer ocasionalmente, y que constatan su percepción de las grandes transformaciones sociales que habían tenido lugar poco antes y de cuya rapidez, novedad e inconvenientes, como una corrupción galopante, dejan constancia a menudo.
“… yo no tengo la culpa, porque, cuando era joven, recibir una formación jurídica con vistas a trabajar después en la policía se consideraba algo prestigioso y honorable, mientras que estudiar derecho civil, administrativo o financiero equivalía a condenarse a una vida miserable de aburrimiento y monotonía como jurista de una empresa? ¿Y que hace veinte años, cuando elegí facultad, nadie podía imaginar que todo iba a dar un giro de ciento ochenta grados? ¿Qué todos los expertos financieros, economistas, empleados del departamento de planificación, contables, civilistas, que en esa época, por decirlo suavemente, no eran nadie, hoy son los amos del cotarro y se han hecho millonarios, mientras que a nosotros, la flor y nata, la élite, nos han dejado de lado, y cualquiera se considera con derecho a vejarnos y denigrarnos?”
También digna de mención es la habilidad de la autora para sembrar de pistas falsas la novela internándonos en callejones sin salida, y aún así interesantes por las personalidades y situaciones que refleja, y para imprimir giros bruscos a la acción derribando cualquier expectativa previa.
Por último, y lo que verdaderamente me ha parecido un hallazgo, es ese naipe que mantiene oculto bajo la manga hasta el final y del que solo diré que me ha recordado, salvando todas las distancias, a aquella estratagema urdida por Isaac Asimov en uno de sus numerosos títulos. No digo más, quien lea esta y haya leído la otra quizá pueda descubrir de qué se trata.