domingo, 31 de julio de 2016

Semana del best-seller #7: La chica del tren de Paula Hawkins

Idioma original: inglés
Título original: The Girl on the Train
Año de publicación: 2015
Traducción: Aleix Montoto
Valoración: inexplicable (en todas sus acepciones)

A ver. Barcelona a finales de julio. Calor pegajoso y húmedo y ni una pizca de viento. Da pereza. Hasta escribir da pereza, pero esta gente del blog insiste e insiste en que despachemos al menos tres o cuatro párrafos para que algo pueda considerarse una reseña. Cuando yo esto lo hubiera zanjado ya en una frase.

El asesino es el mayordomo.

Mirad qué bonita y apañada hubiera quedado. Cinco palabras y listos, de cabeza a la playa o a la piscina o a Collserola a buscar sombra en algún pino. Pero no es posible. No se la cuelo. Is very difficult todo esto, como diría cualquier tonto ávido de ser investido. Pero vamos a probar. Uy, la reseña sale el 31 de julio. Tendré el honor de cerrar un mes de récord y de actuar de broche oficioso de la temporada. Pero, ay, no habrá tiempo para que toda la gente que ha salido de vacaciones se acerque a la tienda (no necesariamente una librería; este tipo de libros se apila en cualquier tipo de comercios) y se haga con un ejemplar que encajar en un rinconcito de la maleta.
Probemos alguna otra frase lapidaria, a ver si me ahorro alargarme demasiado.

Se puede prescindir perfectamente de leer esta novela. 
(Iba a decir "novelita", pero pasa de las 400 páginas, que el verano es muy largo).

¿Tampoco? Pero vamos, ya empiezo a notar humedad en las sienes, ni a la sombra se puede estar. OK. sigamos. El ejemplar que leo, prestado por una amable compañera de trabajo a sabiendas de que yo no tramaba nada bueno, lleva la fecha de puesta en estante de la tienda: Julio de 2015. Un año después, las listas de libros más vendidos en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia aún lo muestra en primeros lugares. No es el libro del verano sino el libro de dos veranos. Con lo cual estamos ante eso que tanto gusta a los contables de las editoriales (imagino que a los de Planeta también) llamado fenómeno editorial. Sí, Paula, eres un fenómeno.
Pues lo de enfocar la narración desde la perspectiva de diferentes personajes (tres mujeres, dos en primer plano y una tercera) está ya algo visto. Lo de complicarla dejando huevos de Pascua, también. Fechas atrás, fechas adelante, este número de la calle, este otro. Lo de exigir al lector atención, no sea que pierda algún detalle capital, ídem de ídem. Lo del testigo ocasional, muy cinematográfico. Todo está hecho ya y desde luego La chica del tren no va a ser el libro que aporte nada nuevo.

La historia es difícil de explicar sin espoilear. Otro de los ganchos comerciales, supongo. "No te puedo contar nada, ya tú lo lees y me explicas". Pero es que aquí lo de las sinopsis lo tenemos bastante autoimpuesto. Hay una chica y hay un tren, que toma cada día de ida y de vuelta. Wow. Hay un cierto guiño al voyeurismo, a imaginar la vida de los demás en función de lo visto desde la ventanilla de un vagón. Pero es que la chica tiene una vida hecha un desastre. Parece que bebe bastante. Que está sin trabajo, que se ha divorciado. Pero no me preguntéis su nombre ni el de su marido. Porque ese es uno de los trucos (jugarretas) del libro. Que la narración va de un lado a otro, de un nombre al otro y de un momento del presente a un momento del pasado reciente. Que hay infidelidad, un asesinato, pasados oscuros y turbios, episodios distorsionados por la alteración de los sentidos por el alcohol. Casi 500 páginas que se hacen largas, pues parecen un redoble eterno, que pronto aporta pistas de por dónde va a ir la resolución. Yo me he puesto muy nervioso. Porque no entiendo qué tiene de disfrute para el lector esa prolongación artificiosa del suspense salvo el alcanzar el número de páginas suficiente para dar cierta "entidad". Mirad, a mí estos libros que obligan a quien los lee (so pena de sentirse tonto) a poco menos que llevar un cuadrito con lo que pasa, pues qué queréis que os diga. Cosa inúsita en mí; perdido en la página 100 vuelvo a empezar desde el principio, de lo confuso que ando. Si fuera Faulkner, sabéis, pero esta Paula Hawkins no va a ser la nueva Faulkner, casi me apuesto un par de cervezas. Ya me gustaría que su prosa se se acercara a la de Lemaitre, por ejemplo. Que aportara algo más que escritura plana, fría y funcional, rozando lo mojigato. Tanto emparejamiento, tanta infidelidad y qué poca pasión. Los tres personajes que toman la narración no son distinguibles entre sí. Puede ser un recurso, pero permitid que lo dude. Porque, descanso un poco de la sinopsis, el futuro de esta escritora es escribir La chica del tren 2 o cualquier libro que su editorial pueda vender acompañado de frases como Paula Hawkins vuelve a poner a prueba la atención de los lectores en un nuevo thriller escalofriante. En fin. 
Santi, ¿hay que seguir?. (Santi: "SIGUE"). 
En menos de cien páginas ya estamos viendo que tanto cambio de escenario, tanta obsesión con un pasado mejor y tantas adicciones con lapsos de memoria van a cuadrar en algo. Nos quedan casi 400 de puros nervios (la editorial dirá fascinante intriga) para constatarlo y pensar que cerca de 500 paginas para qué. Pues para salir de dudas y comprobar cómo se resuelve la maraña. No hay más estímulo que ese. Un asesinato, cinco candidatos, y las trampas de este tipo de libros: los detalles escondidos que son la clave. Como el Cluedo.

Así que ya está: el libro vende montones (la de julio 2015, proclama orgulloso el fajín, es la octava edición), se lee vorazmente (en mi caso, sin placer, sólo impaciente por abordar lecturas siguientes mucho más estimulantes) y se olvida en un plis-plas, limitándose su disfrute a "saber qué pasó " y dejar el libro en la estantería "ad eterno". Todo un best-seller.

Y acerca del motivo por el que éste, y no otro de los montones de libros parecidos que se escriben cada año, es el que vende centenares de miles, ya hablamos otro día.
Que hoy estoy un pelín mareado.

sábado, 30 de julio de 2016

Semana del best-seller #6: Las aventuras de Sherlock Holmes, de ArthurConan Doyle

Resultado de imagen de las aventuras de sherlock holmesIdioma original: inglés
Título original: The Adventures of Sherlock Holmes
Año de publicación: 1891-92
Valoración: Muy recomendable

Sir Arthur es uno de esos profesionales de la pluma al que te imaginas inclinado sobre la mesa absorto en su labor, debía ser un tipo meticuloso que disfrutaba lo suyo escribiendo. Siempre que leo algo de Holmes –y ya hacía años que no le hincaba el diente– se me aparece la imagen de su creador con una media sonrisa intentando plasmar de la mejor forma posible su última ocurrencia. Supongo que se consideraba atrevido y seguro que en su época lo era. Ahora nos hacen gracia sus remilgos y lo consideramos autor para todos los públicos. Y cuando digo "todos" no me estoy refiriendo solo a los más jóvenes, el gran mérito de Conan Doyle es haber creado un ser asequible y disfrutable, en todas las edades y épocas, para cualquier estrato cultural, social, ideológico y geográfico. De alguien como Holmes, personaje leído y comentado hasta la saciedad –para decirlo todo, más comentado que leído pues la iconografía, la televisión y el cine lo han convertido en el mito que es hoy– está todo dicho y explicado, me limitaré, pues, a recordarlo aquí, como el best-seller indiscutible que sigue siendo después de más de doce décadas y a anotar algo de lo que iba pensando mientras leía Las aventuras. Uno más de la serie y van...
Después de tanto tiempo siguiendo al personaje, empiezo a mezclar los argumentos, a no tener muy claro los libros que he leído ya y los que me faltan. Pero su personalidad, perfectamente definida sin dejar de sorprender de vez en cuando, está impresa en la memoria de todos; no tanto en la de los lectores de entonces, para los que el autor realiza una breve semblanza en la primera página de Escándalo en Bohemia, el relato que abre el volumen:
“Su inteligencia fría, llena de precisión, pero admirablemente equilibrada, era en extremo opuesta a cualquier clase de emociones. Yo le considero como la máquina de razonar y de observar más perfecta que ha conocido el mundo…”
Aún así resulta entrañable. Nos encanta esa actitud displicente que manifiesta ante el mismísimo rey de Bohemia asegurando, mientras bosteza, que tres días son demasiados para resolver su encargo y tendrá que dedicarlos a asuntos “de verdadera importancia”. Esa vanidad no exenta de valentía junto a otros rasgos peculiares que el autor va sembrando relato tras relato consiguen convertirlo en persona.
Pero, aún siendo tan humano, también tiene algo de robot. Los archivos privados y misteriosos que consulta en muchas de estas piezas para averiguar las circunstancias personales de sospechosos y clientes son, en cierto modo, los precursores de internet. Holmes es a la vez el símbolo caricaturizado de nuestra propia curiosidad y el mecanismo que la satisface.
Esa confianza absoluta en la ciencia como remedio de todos los males representa la mentalidad de la época. En Las cinco semillas de naranja –uno de los pocos donde se alude, si bien de pasada, a cuestiones sociales– Watson enumera las especialidades de su amigo:
“En filosofía, astronomía y política le puse a usted cero, lo recuerdo. En botánica, irregular, en geología, profundo (…) en química, excéntrico, en anatomía, asistemático, en literatura, sensacionalista, y en historia de crímenes, único, y además, violinista, boxeador, esgrimista, abogado…”
En definitiva, una sabiduría muy práctica. Hasta a la amistad, alabada a menudo, se la valora por motivos utilitarios, Watson es su amigo porque le ayuda en sus investigaciones. Esa es la razón de que resulte tan verosímil: apenas se idealiza, hasta la proverbial infalibilidad de Holmes puede fallar a veces. En las dos historias mencionadas, en Un caso de identidad y en El dedo pulgar del ingeniero se desvela el misterio pero no es él quien resuelve el caso sino otra persona o las circunstancias.
Tampoco podía faltar lo metaliterario. En algunos relatos se mencionan personajes o hechos de otros y el libro entero es una muñeca rusa repleta de ficciones que se contienen a sí mismas. Incluso, en El misterio de Cooper Beeches, el propio Holmes se convierte en crítico literario de los supuestas crónicas de Watson.
Sherlock Holmes constituye una mínima parte de la extensísima obra de Doyle. No me cabe duda de que tanto éxito se debe, en parte, a la gran sinceridad que transmite: aun no siendo lo más valorado por su autor, esta serie manifiesta su auténtica visión del mundo. Y eso los lectores lo notan.

El famoso investigador interpretado por otros autores: Los años perdidos de Sherlock Holmes

viernes, 29 de julio de 2016

Semana del best-seller #5: El niño 44 de Tom Rod Smith

El idioma original pues inglés debe de ser, sí, debe de ser, porque el título original es Child 44, sí, ese es el título que tuvo en su año de publicación, o sea, en 2008, aunque en España no se publicó hasta 2015 en traducción de Mónica Rubio, y bueno, pues es un libro que está bien, vamos, se deja leer.

El caso es que hace unas semanas alguien dijo en el blog, ¿y por qué no aprovechamos que es verano y escribimos una serie sobre best-sellers, y los demás dijimos, MOLA, nos pareció buena idea, vamos, solo que luego nos dimos cuenta de que entendíamos cosas diferentes por best-seller, algunas personas pensaban que cualquier libro que venda es un best-seller, y eso puede incluir la Biblia o el Quijote o a Philip Roth, y otros pensaban que no, que un best-seller es un libro que tiene unas características concretas, que se lee rápido, fácil, que tiene acción, aventura, personajes planos, cosas así, y por eso unos se decidieron por unos libros y otros por otros, pero yo no me decidía por ninguno.

Así que me fui a una librería en Bilbao y empecé a mirar las listas de libros más vendidos, pero tampoco me inspiraba ninguno, algunos ya estaban reseñados en ULAD, otros no eran exactamente best sellers, otros simplemente no me apetecía leerlos, y entonces en un montón de libros encuentro El niño 44, que en el fajín decía "el bestseller interncaional llevado al cine más de 2.000.000 de ejemplares vendidos", y ya, me decidí, ya tenía mi best-seller para la serie, si hasta han hecho película en Hollywood y todo, y me lo compré y me lo llevé a casa y empecé a leerlo.

Y empecé a leerlo y bien, curioso, empieza como muchos best-sellers con una escena que pasa veinte años antes que el resto de la acción, pero que seguro al final acaba teniendo importancia (y sí, claro), y luego pasamos a la acción principal, con el agente de seguridad de la Unión Soviética, estamos en 1953, y le encargan dos casos diferentes, investigar la muerte de un niño en las vías del tren, explicación-oficial-accidente, y perseguir a un supuesto traidor a la patria, un veterinario llamado Brodski, y el primer caso lo despacha rápidamente y se dedica al segundo (aunque en realidad el caso central del libro es el segundo, solo que hay que esperar un buen rato para que Leo se dedique en serio a él.

Así que la primera mitad del libro está casi toda dedicada a las intrigas políticas y policiales del Stalinismo, que por si alguien no lo sabe todavía era un régimen muy malo y muy autoritario, donde se torturaba y se mataba y se llevaba a la gente al gulag, y el pobre Leo, que es muy bueno a pesar de haber dedicado su vida a defender a este Estado totalitario, le acusan injustamente de traición, a él y a su mujer, Raisa, y sufren todo tipo de humillaciones y peligros pero como son los protagonistas, en fin, no creo que nadie se sorprenda si digo que consiguen salir de todo triunfantes, o por lo menos vivos.

Luego ya en la segunda parte sí que Leo se dedica a investigar el asesinato de niños, porque el de Moscú no fue el único, de hecho fue el niño 44, ROLL CREDITS, y aunque nadie quiere investigar nada, porque en la Rusia comunista no había crímenes y mucho menos asesinos en serie, que era una cosa típicamente occidental, Leo, que a su tierna edad de repente comprende que el sistema para el que ha trabajado toda su vida es una pocilga, decide que sí, que va a investigarlo hasta el final, porque no se cree las explicaciones oficiales, él que se había dedicado a crear, promover y defender las explicaciones oficiales toda la vida, espero que comprendáis la paradoja y la evolución del personaje.

Y en fin, se va leyendo y no se va leyendo mal, van pasando las páginas de forma más o menos entretenida, con varias aventuras intermedias, y con escenas melodramáticas de esas que intentan que se te caiga una lagrimilla, pero como yo soy de acero, nada de nada, y ya a tres cuartos de novela se nos dice quién es el asesino, y no es que sea demasiada sorpresa para cualquiera que sepa cómo funciona esto de los best-sellers policiacos, aunque eso sí, ahora que no nos oye nadie, es una resolución bastante forzada y artificial, por mucho que se intente justificar y que todo tiene sentido y que en realidad es un final muy original y tal, pero vamos, no mucho.

Lo bueno es que termino mi misión, y he reseñado un best-seller con todas las características del best-seller, empezando por vender mucho, y siguiendo por tener acción, personajes bastante previsibles, un lenguaje transparente, y también, no vamos a mentir, el conseguir enganchar al lector con la intriga, por mucho que sepamos quién es el asesino desde tres cuartos de novela y por mucho que el desenlace sea un poco demasiado, en fin, hollywoodiense, pero vamos, me lo he pasado bien durante unas cuantas horas y eso es lo que se le puede pedir a un best-seller policiaco en días de verano, ¿no?

jueves, 28 de julio de 2016

Semana del best-seller #4: Mi país inventado, de Isabel Allende

Idioma original: Español
Año de publicación: 2003
Valoración: se deja leer (por sus fans)


Hola, amigos! Soy Isabel Allende. Mujer (bajita), madre (bajita), abuela (bajita), escritora (bajita) y autora de best-sellers. Probablemente me recordareis de best-sellers como "La casa de los espíritus" y tantos más que ya hasta he perdido la cuenta.

Antes de nada y por si acaso, os aclaro que Best Sellers no tiene nada que ver con Peter Sellers, el actor. Un Best-Seller es un libro de esos que se venden a cascoporro y que te encuentras en un kiosko, en el supermercado antes de las cajas o en la libreria más cool del barrio más chupiguay de tu ciudad. Vamos, que hago que tó Dios viva de puta madre a cuenta de mis libros.

Muchos os preguntaréis qué hago aquí. Yo no. Sabía que estos intelectualoides de ULAD iban a hacer una semana del best-seller y pensé: "¿Qué mujer ha escrito más best-sellers que tú, Isabel? - Nadie, nadie". Y entonces, solamente de pensar que me iban a reseñar y que iban a despellejar alguna de mis obras maestras me puse... Es que mira que les gusta triturar a autores de éxito (como yo) a los muy envidiosos. Total que, ¿qué mejor que reseñarme "mi maiself" (muamem o yo misma)?

En fin. Como decía, soy taaaan escritora de best-sellers que hasta en la cubierta de mis libros pone "best-seller" ya de fábrica. ¡Aunque luego no se vendan un carajo, cosa harto imposible e impensable (guiño-guiño). Santi, pájaro, pensabas en mi al poner el título a tu "libro" y ni me mencionas ni nada, eh!!!

Venga, va. Os voy a contar este "Mi país inventado". El caso es que estaba aquí en mi casoplón de San Francisco así aburridilla y tal (el Willie estaba de resaca) y pensé: "Ay, cómo añoro Chile y todo eso" y... Tomad, otro best-seller. Y lo he hecho en 20-25 minutos. Vaya, el tiempo que vosotros, que pretendeis ser escritores, tardais en escribir un mail de 20 lineas.

Empecé a acordarme de cosillas que me contaron y que me pasaron de cría y de jovenzuela. Me acordé, sobre todo, de mi familia (materna, porque el golfo de mi padre se largó cuando yo era una cría), de mi abuelo, muy importante para mi, y de las cosas que me contaban y que luego encontrareis en mis otros best-sellers como saleros que se mueven solos, abuelas clarividentes, fantasmas por la casa y demás. Metí todo esto en la Thermomix y ¡zas!, retrato "meid in Isabel Allende" de Chile, donde entra de todo: paisajes, gentes, costumbres, historias del abuelo Cebolleta, Allende, Pinochet. Buah, un "totum revolutum" del copón de la baraja.

Además, como soy superchachi os cuento un poco mi "proceso creativo" (no pensaréis que tengo ideas geniales así porque sí!), para que mis trillones de fans podáis entender un poquito mejor mis otros best-sellers. ¡Que os lo tengo que explicar todo!

Y poco más. Antes de que algún pseudoescritorzuelo de estos de ULAD digan que el libro es autocomplaciente, buenista, que le falta mala baba, que parece lleno de lugares comunes (en lo que respecta a Chile) y de que aporta poco para mis no-fans (si es que alguno queda por ahí), ya os lo digo yo: El libro es un poco flojete. ¿Y qué? Soy Isabel Allende, autora de best-sellers, y da igual lo que diga, da igual lo que haga porque se va a vender como los roscones el día de Reyes.

Y ya está. Ya me he cansado. No voy a estar regalando aquí mi prosa a estos "gafapastas" de ULAD. Aquí os quedais. Os dejo, que me voy a tomar un Gin-Tonic aquí en mi terraza con vistas al Golden Gate.

1. ULAD no se hace responsable de las opiniones vertidas por la autora del libro
2. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia






miércoles, 27 de julio de 2016

Semana del best-seller #3: Yo fui a EGB, de Javier Ikaz y Jorge Díaz

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Decepcionante

(Para nuestros lectores de allende los mares aclararé que EGB -Educación General Básica- es la denominación que durante la última etapa del franquismo se dio en España a lo que en casi todos los países se llama Educación Primaria, o cosas parecidas).

No sé si existen estudios sobre la interacción (o circulación) entre internet y el libro convencional, pero hay algunos ejemplos significativos de procesos que llevan esa dirección, de la red a la editorial. Uno bastante extendido son las publicaciones alrededor del fenómeno youtuber, y este ‘Yo fui a EGB’ es otro parecido. Porque me acabo de enterar de que la cosa comenzó a adquirir notoriedad desde las redes sociales, hasta terminar en una página web también llamada 'Yo fui a EGB', y de ahí pasar al papel impreso. Resultado: 190.000 ejemplares vendidos en muy poco tiempo, y no sé si uno o dos tomos adicionales, ya publicados.

Tampoco estoy seguro de si el recurso a la nostalgia merece una reflexión seria, o es sólo un pasatiempo que de paso les sirve a algunos para atraer a cierto público. Y con gran éxito por lo visto, como bien puede atestiguar RTVE, que en sus enormes archivos audiovisuales de sus tiempos del monopolio ha encontrado un filón para llenar horas y horas de programación para puretas, ochenteros, cuarentones o cosas parecidas.

Con estos mimbres, dos creativos bilbaínos (creativos en sentido profesional, no adjetivo) han ido creando una especie de burbuja temporal donde almacenan recuerdos, objetos, canciones o costumbres de una época difusa, que abarcaría más o menos desde principios de los 70 hasta finales de la década siguiente, hasta conformar una especie de inmenso atrezzo, algo que sin duda conecta muy bien con una famosa serie de la cadena pública. Y en eso es precisamente en lo que consiste el libro que nos ocupa: ‘Yo fui a EGB’ no es más que un catálogo que reúne un montón de esos elementos, aderezado con fotos, algo de infografía y pequeños comentarios digamos amables (en euskera diríamos 'txotxolos', algo así como tontorrones) sobre cada uno de ellos.

Para hacernos una idea, el texto empieza describiendo catorce clases de helados supuestamente populares en esa época indeterminada, doce tipos de chicles o dieciséis formatos de chuches varias. A este intenso apartado le siguen otros sobre moda, juegos infantiles, películas, música, etc. De forma que, aunque uno comience la lectura con buena disposición y algo de curiosidad, enseguida el asunto se torna aburrido y reiterativo. Porque, no nos engañemos, el puntito nostálgico quizá nos alcance a todos en algún momento, no sé, para llenar un rato de conversación con un colega de la época; pero superada una cierta dosis, la cosa pasa a ser tediosa y hasta algo molesta. Es más, no tengo nada contra los autores del libro, pero hasta resulta un poco demencial pensar en esta pareja de muchachos día tras día sumergidos en ese mundo momificado, en busca de cromos, modelos de relojes o soniquetes de anuncios, recibiendo mails de ciudadanos que aportan más recuerdos, o inventando nuevas secciones que rellenar de voces o imágenes antiguas.

Otra cuestión a analizar es el abanico temporal que abarca el trabajo de los egeberos: está claro que si se quiere atraer a una masa crítica de lectores o internautas, hay que ensanchar el periodo; pero a cambio, el lector (o usuario) inevitablemente se verá obligado a tragarse muchas cosas que le son ajenas, con lo que el hipotético interés de la colección decae sin remedio. Es decir, a más material, menos interés –salvo para algún que otro fanático, que también los habrá.

Pero igual me he ido un poco del libro en sí, que es lo que aquí nos interesa. Al margen de que el juego de la nostalgia por la nostalgia nos apetezca más o menos (a mí en particular, casi nada), el trabajo se podría haber materializado de una forma algo más inteligente. Quizá hubiera alcanzado un nivel algo menos rudimentario indagando más, aportando datos interesantes o curiosos, no sé, sacando partido a la perspectiva de las dos o tres décadas transcurridas. Tal vez algo más serio, o por el contrario, más ácido, más texto currado y menos dibujitos, y desde luego sin ese tono de colegueo buenista que ni siquiera arranca una sonrisa; y, por decirlo todo, anclado además en una invariable primera persona del plural del pretérito imperfecto, que intenta involucrar al lector, y sólo consigue irritarlo.

Con todo esto, sólo le ponemos la etiqueta 'oficial' de decepcionante -aunque con gusto le hemos añadido la de 'empachoso'. No llega a ser intragable, pero casi, y le salva que es un producto completamente inofensivo. Igual para leer un poquillo en la playa, y rellenar vacíos de conversación con los vecinos de veraneo con quienes a veces –muchas- no sabemos de qué hablar.

martes, 26 de julio de 2016

Semana del best-seller #2: Cinco esquinas de Mario Vargas Llosa


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Hoy toca rasgarse las vestiduras.
Primero porque servidor de ustedes confiese que, con los cientos de libros que me he metido entre pecho y espalda, este sea mi primer Vargas Llosa.

"Me da mucha pereza este hombre"
Esto lo puso Santi en un tweet sobre justo este libro. A ver si voy a tener que desdecirle yo al capo de todo esto.
Segundo, porque reconozco que el motivo era más bien personal. No puedo con los escritores que se meten activamente en política y más cuando sus ideas son tan diferentes de las mías. Y su reciente irrupción en las cloacas de la prensa rosa lo empeora todo: el rey del prejuicio escribiendo sobre un autor al que tiene manía. La apoteosis de la credibilidad. 

La cuestión es que la entrada de Cinco esquinas no puede ser más decidida. La primera media docena de páginas de Cinco esquinas es una escena lésbica algo subida de tono entre dos respetables señoras de la clase dominante limeña, y en pocas páginas más tenemos al marido de una de ellas temblando por ser extorsionado por la prensa por unas fotos comprometedoras. Un panorama halagüeño que hace que las primeras cien páginas se lean volando y permitan reconocer el oficio del escritor y una innegable capacidad de atrapar al lector: prosa bien estructurada, ritmo y suspense. Hablamos del Perú de hace unas décadas, esa época justamente en que Vargas Llosa metió las narices en política. Sendero Luminoso y la inestabilidad están a punto de provocar que el empresariado peruano se desplace en masa a Miami o cualquier otro lugar donde se sienta más seguro. La trama es pertrechada bien pronto: tenemos a Rolando Garro, periodista de pocos escrúpulos, a Juan Peineta, artista venido a la miseria por las contundentes críticas de aquel, Luciano y Quique, abogado de éxito y empresario de éxito, y a sus esposas Marisa y Chabela, enfrascadas en una relación lúdica y lúbrica. Y el fondo del régimen de Fujimori y su siniestro secuaz Vladimir Montesinos, manipulando a sus antojos los hilos, alterando las cosas para que los opositores se hundan (bueno, cierto ministro español en funciones de la actualidad tiene en quien verse reflejado) y usando el medio que sea para ello.

Todo bien. Salvo que tengo cierta impresión de que Vargas Llosa ha escrito esta novela a medio gas. Consciente de que es capaz de hacerlo mejor pero para qué. La sensación se agudiza en los tres últimos capítulos: el antepenúltimo es un batiburrillo que combina diálogos (alguno digno de un culebrón vespertino) de dos escenas diferentes que van a representar el colofón de los dos argumentos principales de la novela. Penúltimo y ultimo, remates de ambas historias con una reprobable tendencia al final feliz. No me queda ninguna duda de que, por mucho que esta novela haya vencido mis prejuicios, Vargas Llosa es capaz de mucho más que el nivel mostrado en Cinco esquinas. De hecho, le hubiera bastado con mantener el nivel de las cien páginas iniciales (misteriosas, vivaces, estimulantes), pero, imposible saber los motivos, eligió la comodidad y la complacencia (y la poca valentía en meter el dedo en la llaga política) para rematar esta novela.

Otras obras de Mario Vargas Llosa en ULAD AQUÍ

lunes, 25 de julio de 2016

Semana del best-seller #1: La ladrona de libros, de Markus Zusak

Idioma original: inglés
Título original: The Book Thief
Años de publicación: 2005
Traducción: Laura Martín de Dios
Valoración: entre recomendable y está bien

No sé si este libro es el más adecuado para reseñar en una "Semana de best-seller"; al menos, no sé si se corresponde a la idea previa que yo tenía de este tipo de libros: novelas "tochas" pero fáciles de leer, que tratan temas atractivos y/o espectaculares, por medio de tramas intrigantes y personajes impactantes, de lo más adecuados para pasar las horas en la playa o al lado de la piscina (con la adecuada protección solar, por favor). Una cosa ligerita, vamos... pero, para empezar, esta novela comienza con la muerte de un niño, así en crudo. Para continuar, está narrada, además, por la mismísima Muerte, lo que no deja de conferirle cierto interés, aunque sea a título informativo. Y la historia que nos cuenta se desarrolla en la Alemania del III Reich, uno de los momentos más dados a situaciones trágicas, brutales y luctuosas, así que no sé yo si leerlo en la tumbona de la piscina... Pero, por otro lado, resulta que la la novela de Zusak sí que cumple algunos de los requisitos que se suelen señalar en un best-seller: capítulos cortos -luego, fáciles de leer-, párrafos cortos y de sintaxis no muy complicada -luego, fáciles de leer-; léxico nada rebuscado -luego... bueno, ya saben-... Y sobre todo, en las librerías ocupa un lugar junto a los best-sellers e incluso algunas ediciones tienen esas palabras mágicas en su cubierta... nada más que añadir al respecto, pues.

Bueno, al turrón de una vez: la "ladrona de libros" del título no es otra que una niña alemana llamada Liesel, hija de un comunista represaliado y una madre desesperada, que en 1939 es acogida por un matrimonio de clase humilde de una localidad cercana a Munich: los Hubermann; Rosa, de buen fondo pero mano muy suelta y lengua más suelta todavía y Hans, un pintor de brocha gorda y acordeonista, de buen fondo, forma y comportamiento, aunque algo tendente a la dispersión. La peculiar familia se completa -aunque los Hubermann ya han criado a sus propios hijos- con un añadido posterior algo peliagudo: Max, un judío luchador que lee -precisamente- el Mein Kampf  y que es ocultado por los Hubermann para intentar sustraerle de las consecuencias del dichoso libro. El panorama se completa con un golfillo amigo de Liesel, Rudy Steiner, y otros peculiares personajes de la Himmelstrasse de Molching, donde viven todos.

Vale: niños, guerra, judíos, nazis... cualquier lector avispado ya se puede suponer por qué cauces va a discurrir esta novela. Con alguna particularidad, eso sí: una es, como ya he comentado, que está narrada por la propia Muerte (como personaje de ficción,  algo sobrevalorada, pienso yo). En segundo lugar, que la narración no es exactamente lineal -léase "convencional"-, sino rota por algún que otro flash forward que le da cierta vidilla, amén de frecuentes paradas, a modo de "mojones miliarios", para insertar comentarios o anotaciones de la narradora-Muerte (tampoco nos volvamos locos: olvídense quien espere encontrar aquí un remedo de DFW; estas "paradas" se deben sobre todo a que el libro parece estar destinado, en un principio, al público juvenil, al que a menudo se le dan respiros de este tipo para que las narraciones largas como ésta no se les hagan bola). Por último está el elemento más importante (al menos para nosotros, los libroadictos) y que da título a la novela, como ya he explicado: la pequeña Liesel es una auténtica bibliófila y, dada su humilde condición social, no duda en hacerse con algún que otro libro de forma poco ortodoxa -además de los regalados, que alguno también hay-... Pero no pensemos que los roba en El Corte Inglés o la FNAC, como cualquier hijo de vecino (ni mucho menos se los descarga por la patilla, claro); no, las circunstancias con las que se hace con los ejemplares que conforman su pequeña biblioteca son mucho más complicadas y, en más de una ocasión, incluso trágicas. Lo interesante, además, es que esta pasión clepto-bibliófila es la que estructura, en cierto modo, toda la historia.

En suma, una novela más o menos entretenida -quizás la narración se vuelve un poco morosa en algún momento-, con un ambientación parece que bien documentada sobre la vida cotidiana en Alemania durante la II Guerra Mundial y con menos almíbar del que cabría esperar a priori. Ahora bien, quizás su estilo no acabe de satisfacer al lector acostumbrado a formas narrativas más complejas (sin pretender caer en esnobismos, que conste), aunque sí me parece adecuada como una manera de introducirse en la literatura más "adulta" para el público al que ya digo que, en principio, iba destinado el libro, los adolescentes (o young adults, como ahora prefiere denominarles la industria editorial): ¡de aquí al Tito Marcel, nenes y nenas!

(Por tal causa, esa valoración, por si a alguien le parece ambigua).


domingo, 24 de julio de 2016

John Dos Passos: Manhattan Transfer

Idioma original: inglés
Título original: Manhattan Transfer
Traductor: José Robles Piquer
Año de publicación: 1925
Valoración: Recomendable / Muy recomendable 

1.- Cuando estudiábamos La colmena de Cela en el colegio, recuerdo que se nos decía que seguía el modelo de novela coral de Manhattan Transfer de John Dos Passos. Es una referencia que se me quedó grabada, y hace ya muchos años, me compré esta novela con intención de leerla inmediatamente. Como suele pasar, se metieron otras lecturas de por medio, y solo ahora me he decidido a leerla.

2.- Manhattan Transfer se publicó en 1925. Ese mismo año se publicaron El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, Mrs Dalloway de Virginia Woolf o La prisionera, quinto volumen de En busca del tiempo perdido. En 1922 se había publicado el Ulises de Joyce. No lo digo con intención de comparar o de decir que unas obras sean mejores de otras; simplemente me llama la atención la distancia estética que separa a obras y escritores coetáneos.

3.- Tal y como nos decían cuando estudiábamos a Cela, Manhattan Transfer es una novela coral: sigue a un grupo de personajes, más o menos interligados, que viven en el Nueva York de los años 10 y 20, inmediatamente antes y después de la Primera Guerra Mundial. Es una novela coral, sí, pero poco a poco se van destacando algunos personajes centrales: Ellen (o Elaine, o Helena), modelo de mujer irresistible y voluble que vuelve locos a los hombres y los hace infelices; Jimmy Herf, descendiente de buena familia que dilapida su fortuna y su felicidad; George Baldwin, un ambicioso abogado que aspira a ascender sin abandonar sus ideales (y a casarse con Ellen); Joe Harland, un exitoso broker de Wall Street arruinado y alcoholizado...

4.- La imagen que la novela transmite de Nueva York es ambigua: el innegable atractivo de sus edificios, sus atardeceres y su actividad incesante contrasta con la crueldad con que devora a sus hijos. Todos los personajes, incluso los que consiguen ascender, viven vidas difíciles, insatisfactorias, vacías. Muchos de ellos beben como cosacos, tienen affaires, malviven con unos pocos dólares, o incluso centavos, en los bolsillos. (Más o menos por estos años, García Lorca visitó la ciudad y escribió su famoso Poeta en Nueva York; su visión es todavía más oscura que la de Dos Passsos). Dos Passos, un autor con una aguda conciencia social y política, se preocupa particularmente por mostrar el destino de los que no forman parte del sueño americano; de los que no encuentran su oportunidad en la tierra de las oportunidades.

5.- La mayor originalidad de Manhattan Transfer, lo que lo diferencia de novelas realistas al estilo decimonónico, es precisamente su estructura fragmentaria y descentrada, una técnica que Dos Passos desarrolló después en su trilogía USA. No se encuentra aquí una gran experimentación estilística (desde luego, nada comparable a Joyce o Woolf), aunque sí se emplea el estilo indirecto libre y el stream of consciousness, con especial acierto cuando se retrata el pensamiento de personajes ansiosos o borrachos. También hay un esfuerzo por retratar el habla de los personajes de distintos orígenes y niveles sociales y educativos, esfuerzo que ha realizado igualmente el traductor, José Robles Piquer, con resultados más que dignos dada la dificultad de la tarea.

6.- Manhattan Transfer es un clásico, lo que es al mismo tiempo una bendición y un castigo. Es un libro que "hay que leer", lo que puede llevar a que dé pereza leerlo. Tiene indudables virtudes, una complejidad impropia de un autor que no tenía ni treinta años cuando la escribió. Las descripciones de la ciudad, quizás el aspecto más preciosista del texto, resultan algo anticuadas y hasta kitsch; en cambio, el retrato de la vida laboral, cultural y social del Nueva York de la época sigue resultando atractivo, aunque terrible (o porque es terrible, y terriblemente actual). Es una novela de cocción lenta, en la que puede costar entrar, precisamente por la pluralidad de historias, pero también una novela que deja poso, imágenes y personajes en la memoria. Un clásico, como decía, en el buen sentido del término.

sábado, 23 de julio de 2016

Sidonie-Gabrielle Colette: Dúo

Idioma original: Francés
Título original: Duo
Traducción: E. Piñas
Año de publicación: 1934
Valoración: Muy recomendable

Estamos ante una novela breve, de apenas 150 páginas, a la que no le sobra ni le falta nada. Es más, diría incluso que es una novela minimalista, si se me permite la expresión.

Dos personajes principales (Michel y Alice), un personaje secundario (Marie, su sirvienta) y un lapso de tiempo de dos días es todo lo que necesita Colette para contarnos lo que podría ser "otra historia más sobre la infidelidad femenina".

Y es que estamos ante otro matrimonio, en apariencia, normal (Michel y Alice, clase media, pequeño empresario él, artista ella, unos 10 años casados y unos 40 años de edad). Pero esa normalidad comenzará a desmoronarse cuando, casi por casualidad, Michel descubra que Alice ha mantenido una breve relación con su socio. Ante este descubrimiento, cada uno de los cónyuges tendrá una reacción completamente distinta (dramático él, mucho más comedida ella) y, aunque traten de ocultarlos delante de terceros, se pondrán de manifiesto problemas que quizá hasta ese momento habían permanecido ocultos o tapados por la rutina del día a día.

No se analizan en esta novela los motivos que llevan a Alice a mantener una relación extramatrimonial ni nada por el estilo. No es el libro la crónica de un adulterio, sino más bien un análisis de las relaciones de pareja y de uno de sus principales problemas, la falta de comunicación. Para mostrar esta incomunicación, la autora no necesita explicarnos nada. Recurre a los gestos y a los silencios de los protagomistas,  mucho más que a sus palabras.

La obra, como indicamos al comienzo de la reseña, fue escrita en 1934. Es de suponer, por tanto, la polémica que causaría, debido, sobre todo, al personaje de Alice y a su actitud ante la vida (en general) y ante lo ocurrido (en particular).

Pese al tiempo ya transcurrido, el libro apenas ha "envejecido". Es más, creo que "ajourd'hui" sigue plenamente vigente. Lo cual algo bueno querrá decir, ¿no?

Por cierto, que en la imagen pongo la portada original que me parece preciosa, aunque la portada de la edición de Anagrama, que es la que leído, también tiene su punto.

viernes, 22 de julio de 2016

Michael Chabon: El sindicato de policía yiddish

Idioma: inglés (y yiddish, claro)
Título original: The Yiddish Policemen's Union
Año de publicación: 2007
Traducción: Javier Calvo Perales
Valoración: Muy recomendable

Marchando una de ucronía, a cargo esta vez del otrora "joven prodigioso" Michael Chabon  (sé que la ocurrencia es mala de narices, pero no he podido evitarlo... pido disculpas). Situación preliminar: en 1948 al incipiente Estado de Israel le han dado para el pelo sus vecinos, y los Estados Unidos se ven impelidos a acoger a los sionistas fugitivos, así como a los supervivientes del exterminio ocasionado por los nazis en Europa; un montón de gente sin recursos, en todo caso. La solución es crear para ellos, de forma provisional, un distrito bajo jurisdicción federal en la remota Alaska, en concreto alrededor de la localidad de Sitka (en la realidad un pintoresco puerto pesquero, como puede verse en algunas películas de Hollywood), ciudad que, sesenta años más tarde, cuenta con varios millones de habitantes, mayoritariamente judíos.  Es el momento, además, en el que se va a cumplir la llamada revocación del especial estatuto de Sitka, que volverá a pertenecer al Estado de Alaska y muchos -o casi todos, no se sabe con certeza...- de sus habitantes volverán de nuevo a la diáspora sin fin que padece el autoproclamado Pueblo Elegido (elegido para congelarse, según los judíos norteamericanos).

A todo esto, en un hotel de medio pelo de la ciudad, el Zamenhof, aparece asesinado uno de los clientes, un tal Lasker, hombre de apariencia tranquila, posible heroinómano y aficionado al ajedrez. Como resulta que otro de los residentes en el hotel es el detective de homicidios Meyer Landsman -un poli en horas bajísimas, cómo no-, éste se siente obligado a hacerse cargo de la investigación, pese a que tal vez no le queden más de dos meses como policía, hasta la inexorable Revocación. A partir de aquí se desarrolla la correspondiente trama policíaca, con sus previsibles elementos que ya hemos visto y leído en cientos de novelas, películas y series de televisión: ese poli brillante pero autodestructivo (no hace falta mucho para imaginar a Landsman con la jeta de Bruce Willis, por ejemplo); su relación casi matrimonial o en todo caso familiar con su compañero Berko; su relación aún más matrimonial -o todo  lo contrario- con su superior jerárquico, pues resulta ser su ex-mujer Bina; el habitual submundo de informantes más o menos pintorescos, colegas de profesión no menos pecualiares y poderosos gángsters que tal vez no sean sino los factótums de fuerzas aún más poderosas... En fin, ya digo que es una novela que sigue un camino bien  trillado, a pesar de haber sido bien condimentada con exóticos aderezos (al menos, exóticos para mí, que ni soy judío ni de Alaska): problemas de ajedrez y geoestratégicos, relaciones con los indios tlinglit, sectas hasídicas como los verbovers, cuya supuesta superioridad moral les legitima para delinquir sin reparos en el mundo exterior a ellos (vamos, como si fuera algún partido político español...); presuntos mesías y vacas sagradas... El carácter ucrónico de la historia parece servirle a Chabon, sobre todo, para recordarnos que las cosas son de una manera, pero que muy bien podrían haber sido de otra... o viceversa.

En conclusión, una novela policíaca más, ¿no? Pues sí... pero no. O no, pero sí, como se prefiera... Porque, desde luego, se pueden escribir y de hecho se escriben constantemente una infinidad de novelas policíacas, negras, noirs o como se quiera llamarlas. De mil, diez mil o cien mil maneras dispares; con mil situaciones diferentes, diez mil víctimas o cien mil detectives distintos. En ambientes ucrónicos, históricos, realistas, fantásticos, disparatados, simbólicos o premonitorios. Con todas las variaciones posibles de modus operandi, de método investigador y de los motivos del crimen. Lo que se quiera... pero lo que no puede hacerse, de ninguna manera, es escribir una novela de este tipo mejor de lo que lo ha hecho Michael Chabon. Igual de bien, sí, más fascinante quizás; pero no con una mayor calidad literaria, con un mejor dominio de la narración y de los personajes, con mayor profundidad psicológica o una trama más cautivadora. Nu, le ha salido perfecta, a este yid.  

Sólo puedo añadir: ¡Mr. Chabon, chapeau (porkpie hat, por supuesto) y Mazel Tov!

jueves, 21 de julio de 2016

Rubén Martín Giráldez: Magistral

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: raro de cojones

Hablemos de sentimientos.
Me siento algo culpable de no prestar atención a los nuevos narradores con la debida frecuencia. Problema es el trastazo que me he dado con alguno de ellos, trastazo cuya debida e injusta secuela es meter a muchos dentro de un mismo saco y pensar: "ya os aclararéis" o "ya decidiréis si el futuro es la clonación en serie de ídolos locales y foráneos o justificar vuestra existencia probando algo nuevo y, por favor, que no solamente sea para epatar".
Me siento, también, en términos léxicos y en términos intelectuales, impotente o incapaz de llegar a algunas de las cotas alcanzadas por algunas de las reseñas que ya se han escrito sobre esta, dicen, novela, diría yo, texto o hasta pretexto para, fina, socavadamente, zurrarle la badana a muchos colectivos de esos que lo son sin ser conscientes de serlo. Cómo vas a llamar "colectivo" anulando a un montón de fascinantes personalidades únicas e individuales.
Me siento avergonzado. ¿Veis? Es así. Uno lee cierto tipo de texto (me pasa con David Foster Wallace) y cala de tal manera que no puede evitar incorporar ciertos aspectos cuando escribe. Lo cual no puede ser una mala señal. O sea, es una buena señal.

Magistral me fue cálida y convencidamente recomendado por Isabel Sucunza, librera al frente de La Calders, punto de encuentro ineludible en Barcelona, librería especializada en libros como les gusta decir, albergada en una nave que aún parece conservar olor a café o a harina o a rollos de tela de lino o quizás a sacos de yeso. Un magnífico escenario repleto de mesas y estanterías de las que da tanta pena separarse como ilusión ver qué hay en la siguiente. Magistral me fue definido como un juego y creo que hasta en la breve conversación que sostuvimos (las  terribles prisas urbanas) salió alguna expresión equiparable a "ida de olla".

Pero yo he de decir algo mundano sobre este libro. Se supone. Magistral sí es un juego, un juego (¿meta?)literario que bien pronto Giráldez pringa de palabras extrañas, diría que unas cuantas, si no muchas, inventadas, o diseñadas o adaptadas. Pero no soy de esos que lee un texto con un diccionario a mano. Otra vez las terribles prisas urbanas. Magistral no admite prisas, para empezar. No vayamos, aclaro, con eso de la literatura gourmet. Para este libro eso es un insulto. Empieza como una reflexión sobre el idioma pero los cargadores vacíos empiezan a volar y a amontonarse. Hay tiros para la crítica, a la que se tilda de uniforme y adocenada, bilis hacia el establishment y todo lo que representa en términos de oligopolio, de inmovilismo, de encarcaramiento. Diatribas contra el dominio de la literatura USA, y mucha incorrección a todos los niveles, forma y fondo reciben y Giráldez no parece nada preocupado por las consecuencias, ni que sea porque nombrar muy claramente no nombra a nadie. Quién es la Obediencia, quiénes los bardólatras, qué es la Gran Boca Americana. Eso está más que claro, aunque dé por pensar si una segunda lectura desvelaría capas adicionales y guiños, aportando algo de orden en un caos que es voluntario y orgulloso de serlo. Pues ahí pueden confirmarse algunas influencias (el cabreo de Céline, el atropello calculadamente desgarbado a lo Gaddis, el jugueteo con la repetición de Bernhard, hasta la sorna dispersa y geométrica de Pynchon), y también capturarse matices que luego se recuperan en cualquier otro punto aleatorio. Magistral se alude a sí mismo e incluye (apuesta estética algo desconcertante) portada y extractos de un libro de Ben Marcus, guisa o alter-ego, y aquí los guiños ya son muchos, combinando texto en diferentes idiomas, recuadros centrales, recortes brutales (y habría que interpretar si la condición de traductor de Giráldez no trasluce ahí) tras los que atisbo una intención gamberra, bromista, como si Giráldez asumiera que para el reducido público potencial que puede interesarse por sus obras (NO vais a ver Magistral en el bolso de playa de ninguna sufrida señora de vacaciones) nadie va a tomarse demasiado a mal este ácido ejercicio de esteticismo dilettante. A pesar de que más de uno creerá haber sido objeto de una tomadura de pelo (añadid los 12,60 de su precio por 100 páginas: la urgencia de las pequeñas editoriales independientes por cuadrar números en cada publicación), la sensación de tener que volver a leer, de inmediato, una vez se acaba, no sea que me haya perdido algo, este (sabías, Rubén, que estábamos todos abocados a decirlo) ejercicio inclasificable no es algo que suela suceder a menudo. Dejémoslo ahí.

miércoles, 20 de julio de 2016

Leoncio Robles: Bajo el cielo amazónico

Idioma original: Español
Año de publicación: 2014
Valoración: Bastante recomendable

Hay una frase en la página 41 de este libro que explica perfectamente todo lo que podremos leer en él. Dice así:

“Es la codicia humana que cuando se desboca ni tiene límites ni escrúpulos”.

Esta frase viene como anillo al dedo para explicar muchas noticias que copan portadas y titulares de los medios de comunicación en los últimos tiempos: corruptelas ibéricas varias, dramas humanos con emigrantes o refugiados, conflictos bélicos que sacuden Oriente Medio, etc.

Pero también explica a la perfección otros desastres olvidados. Y uno de ellos es el que nos viene a contar este “Bajo el cielo amazónico”. Concretamente, el de la destrucción del ecosistema y de las formas de vida tradicionales de la Amazonia peruana, a través de la sobreexplotación de sus recursos naturales (madera, hidrocarburos, minerales) y de la salvaje explotación a la que se ven sometidos sus habitantes.

Para hablar de esta situación, Leoncio Robles utiliza una prosa sobria, en forma de crónica periodística. Con ella nos muestra los efectos que la codicia humana tienes en dos colectivos, los nativos amazónicos y los colonos, y en sus formas de vida. Estos efectos podrían resumirse en selvas y bosques arrasados, ríos contaminados que provocan enfermedad y muerte, animales y plantas al borde de la extinción, culturas e idiomas a punto de desaparecer, ausencia de derechos para los indígenas, etc

En la primera parte del libro se centra en los nativos amazónicos. Se entrevista con líderes locales que le hablan del abandono institucional al que se ven sometidos, de su falta de derechos civiles, de los destrozos y abusos por parte de gobierno y corporaciones madereras y petrolíferas en sus territorios, de la corrupción que asola al sistema y de las luchas que llevan a cabo las organizaciones indígenas para tratar de paliar el desastre, pese a la total indefensión en la que se encuentran. En este caso, la codicia pasa por encima de la gente, aprovechándose de la falta de formación, de la ignorancia y de la buena fe de los nativos.

En la segunda parte, el punto de vista que se ofrece es el de los colonos. Normalmente se trata de campesinos pobres llegados a tierras amazónicas de otros puntos del Perú. Pese a que, en teoría poseen derechos, en la práctica son víctimas de abusos muy similares a los que sufren los nativos.

La verdad es que estamos ante un libro bien escrito, duro, de los que revuelve tripas y conciencias, igual que el documental realizado por el propio Leoncio Robles sobre el mismo tema y con el mismo título. Podéis verlo AQUÍ , aunque la calidad de imagen sea deficiente.

Por desgracia se trata de un conflicto prácticamente olvidado, al menos en España, y el libro, ¡cómo no!, también ha pasado prácticamente inadvertido. Una verdadera pena, de verdad.

P.S.: Muchas gracias a Leoncio Robles por la autorización para la divulgación del documental

martes, 19 de julio de 2016

Reseña interruptus: El diluvio de J. M. G. Le Clezio (o también: oda a los correctores)

Idioma original: francés
Título original: Le déluge
Traducción: Jaume Pomar
Año de publicación: 1966
Valoración: decepcionante (el libro) e irritante (la edición)

Andaba yo con pereza de leer a Le Clezio, uno de los Premio Nobel más incomprensibles (me parece) de los años recientes. Algunas personas que lo habían leído en el original francés me animaban a hacerlo; por eso, hace algún tiempo me compré El diluvio, y desde entonces estaba ahí, en mi estantería, esperando el momento adecuado.

Bueno, pues podría haberlo dejado en la estantería, porque estoy en la página 35, y estoy considerando seriamente abandonarlo. Es posible que al final me anime a seguir, por lo menos hasta el segundo capítulo, en que parece que cambia la voz y el tono del texto, pero por ahora lo que me apetece es no solo volver a dejarlo en la estantería, sino tirarlo por la ventana sin preocuparme de si le abre la crisma a alguien que pase por debajo.

Hay dos motivos para que esté no solo decepcionado, sino cabreado con este libro. Del primer motivo tiene la culpa Le Clezio, que emplea un lenguaje frío, abstracto, cubista, casi matemático, para describir un "diluvio" de cemento, cristal y metal desde la perspectiva de un personaje solitario y enajenado. No hay duda de que es una apuesta arriesgada y hasta interesante, pero personalmente después de treinta páginas me provoca más bostezos que sorpresas.

Pero hay otro motivo, del que no tiene la culpa Le Clezio y sí la editorial, Seix Barral en este caso: en el texto hay erratas irritantes, de las que te sacan de la lectura y te hacen comprobar que efectivamente estás leyendo un libro de un Premio Nobel publicado por una editorial importante. Algunas son simples erratas inocentes ("mimo" por "mismo", por ejemplo), pero otras son imperdonables. La peor que he encontrado: "la primera y la doceaba ventana" (p. 12). No es solo que "doceava" aparezca escrito con "b" (que ya es grave), sino que además es usado como ordinal, cuando realmente indica una fracción (1/12).

Y no es algo ocasional: en esta otra reseña de la misma obra también anotan estas y otras atrocidades, como "El lenguaje ha vuelto ha empezar su ballet demente" (p. 297), o un uso continuado de "andó" por "anduvo" (solo con ojear un poco ya he encontrado un caso, en la página 187) y "habían" por "había". Por no hablar del uso constante de "devenir" con el sentido de "transformarse en", que sí, existe en español, pero cuando aparece cuatro veces en dos páginas está claro que es una traducción perezosa del francés.

¿Cómo es posible que esto suceda, repito, con una obra de todo un Premio Nobel, publicada por una gran editorial como Seix Barral? En este caso, y viendo que la traducción publicada es de 1969, tengo una teoría: cuando a Le Clezio le concedieron el Premio Nobel en 2008, Seix Barral corrió a reeditar una traducción antigua, sin ni siquiera pasársela a un revisor, para aprovechar el tirón del momento. Desde un punto de vista comercial pudo ser un gran acierto (incautos como yo compramos esta edición, y dimos de ganar a la editorial) pero desde un punto de vista literario y editorial, es un error y un horror.

Lo que me lleva a un tema más general: la importancia de los correctores, esos héroes desconocidos del mundo editorial y literario a los que Pedro ya dedicó una entrada en su momento. Si los traductores se quejan de su invisibilidad (con razón, muchas veces), qué podrán decir los correctores: cuando se los menciona es para criticarlos por haberse dejado pasar erratas, o para atacarlos por haber querido modificar el texto de un escritor (crimen de lesa genialidad). Y sin embargo, cuando no interviene un corrector en la revisión de un texto, pasan cosas como "la doceaba ventana".

Me consta que hay editoriales que cuidan mucho el texto en todos sus pasos (traducción, corrección, maquetación, etc.), pero también hay otras, grandes y pequeñas, que parecen pensar que pueden ahorrarse el dinero de un corrector porque total, el texto ya lo lee el autor, y el editor, y el publicista, y el maquetador. Y no. Un corrector es un profesional de la corrección, y no solo tiene conocimientos ortotipográficos que escapan al resto de los mortales, sino que también tiene el ojo entrenado para encontrar las erratas que un lector "normal" puede no ver. Aun así, puede colarse alguna errata, es algo casi inevitable para quien trabaja con textos, pero será siempre mucho menos probable si en el proceso interviene un profesional.

Ahorrar a costa de la calidad del producto no es ahorrar, es tacañear. Me recuerda a este vídeo de los cómicos brasileños Porta dos Fundos, en este caso sobre el mundo de la televisión, pero que podría aplicarse también al mundo editorial. Si se intenta ahorrar explotando a los traductores, renunciando a los correctores, descuidando el proceso de edición, al final vamos a terminar leyendo una mierda de libros.