domingo, 30 de noviembre de 2014

Ian Svenonius: Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock

Idioma original: inglés
Título original: Supernatural Strategies for making a Rock'n'Roll band
Año de publicación: 2012
Traducción: Carles Andreu
Valoración: recomendable/muy recomendable para interesados

A pesar de que suelo dármelas de entendido en música, no recuerdo haber oído ningún disco de las bandas de las que ha formado o forma parte Ian Svenonius. Más: su aspecto entre un Nick Cave con algún año de menos, Rick Ocasek haciendo dos comidas diarias (en vez de una) y algún miembro masculino de Blondie que haya hecho un pacto con el diablo y otro con el Grecian 2000, sería suficientemente disuasorio. Con ese título, puede que nos expongamos a otro de esos encantadores de serpientes que planea engatusarnos su experiencia triunfante al primer pretexto.

Pero no hay que ser tan rudimentariamente prejuicioso: el tipo piensa y el tipo habla (y escribe) con bastante sentido, al menos no es de esos pesados que dicen que su música habla por ellos. Voy a perdonarle esa pinta tan neoyorquina, la del músico con traje negro, corbata estrecha anudada premeditadamente floja y mirada que desvela ciertos excesos. Y se lo voy a perdonar porque con Estrategias... da en la diana. No una, sino varias veces. Cierto es que hay que superar un principio algo dubitativo, esa especie de sesión de espiritismo donde se invoca y se da voz a muchos de los cadáveres ilustres del rock, y uno puede pensar que ese tono algo estereotipado igual no sea aconsejable mantenerlo por más de 200 páginas. Entonces, el libro se detiene, y pasa a ceñirse exactamente a lo descrito en su título, que es hablar de toda la parafernalia que rodea al fenómeno musical que ahora ya es solamente un tinglado comercial.

Sí, vamos a contrariarnos un poco antes de reconocer la evidencia. Lo que debía ser una revolución social de alcance ha sido domesticado de tal forma que ahora es solamente una etiqueta que se pega a las cosas que se quieren vender a un segmento determinado de personas. Y los factores que han intervenido en ese proceso de banalización van apareciendo uno tras uno: productores, sellos, industria, drogas, entorno social, conflictos entre músicos, egos, etc. Conocerlo desde dentro ayuda, claro, pero hace falta cierta gracia para explicarlo, y Svenonius la tiene. Directo, ameno, agudo en un análisis que no deja demasiado resquicio a la esperanza. O ninguno: acabar diciendo que, dentro de la parafernalia de la industria del rock, la música no es lo primordial, es cruel, quizás es exagerado, pero no está tan alejado de la realidad. Véase giras rozando lo circense de los grandes dinosaurios. Tildar el mundo del rock de reducto inexplicable del machismo también hace pupa. Véase número de bandas de gran repercusión de todos los tiempos con presencias femeninas que cubran cuotas de igualdad ¿Cuantas mujeres en los Stones, Beatles, U2, Coldplay, Radiohead, Pink Floyd, Doors? ¿Hace falta que siga? Así que, con el obvio énfasis hacia aquellos muy interesados, la lectura de Estrategias... sirve también para cualquier lector, para comprobar el efecto neutralizador del capitalismo incluso sobre los movimientos que parecen diseñados para socavarlo. Como era el rock. Svenonius solamente lo certifica brillantemente, acompañándolo por algo que puede pasar por sarcasmo o por ironía, pero que acaba tiñéndose de desolación y escepticismo.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Jorge Edwards: El sueño de la historia


Idioma original: español
Año de publicación: 2000
Valoración: Imprescindible


Sorprende que en estos tiempos tan acelerados alguien se tome la molestia de parar para hacerse preguntas, que se permita el lujo de ser esteta, modulando y amasando un lenguaje en el que cada giro, cada ingrediente aparece cuidadosamente medido, desde la alternancia de personas verbales hasta la inclusión de voces chilenas pasando por todo lo demás. Sin olvidar ocasionales aproximaciones al esperpentismo.

Aunque Edwards utilice como materia básica la Historia, esta es una novela pura, un juego de espejos entre épocas diversas. Desde la última de ellas, una voz omnisciente (¿la del novelista?) alude al Narrador (con mayúsculas), personaje situado en los últimos ochenta y primeros noventa del pasado siglo y perteneciente a una larga saga de ignacios, que comienza su periplo mental con el hallazgo de unos papeles recopilados, a su vez, en época indeterminada por un enigmático estudioso que habitó tiempo atrás la misma casa. Cotejando esos legajos, es posible rastrear las andanzas de un tal Joaquín Toesca, quien a finales del siglo XVIII construiría algunos de los monumentos más emblemáticos de Chile. Como vemos, cuatro personalidades distintas empeñadas en rastrear dos siglos completos de la vida de ese país.

Aquí el rigor y la gramática se alían: el escritor utiliza el modo condicional para insinuar o establecer probabilidades sin afirmar nada de forma tajante. Puede así novelar tranquilamente sin arriesgarse a falsear la verdad histórica.

Como consecuencia de tanto artificio, en un primer momento, nos cuesta sentirnos cómodos en el marco propuesto y todavía más empatizar con sus gentes. Pero todos los elementos narrativos: prosa, ritmo de la acción, convincentes escenas trazadas con la sutileza de las pinturas al óleo, meticuloso trazado de personalidades y fidelidad a los hechos históricos, se alían entre sí para acabar seduciendo al lector. A partir de cierto punto, empieza a interesarnos de verdad la suerte de los dos protagonistas, Toesca y el Narrador, entre quienes se establece un paralelismo, relativo pero incuestionable.

Junto al contraste entre los dos planos temporales, encontramos otro, esencial y siempre presente, el que se da entre la vertiente humana y la política. Porque en ambas épocas, y por encima de pormenores particulares, sobrevuela la represión. En tiempos pasados, la ejercida por la alianza entre monarquía española e iglesia, reforzada por la credulidad popular como evidencia el episodio de la estampita voladora de Nuestra Señora del Carmen. En los más recientes, la de la dictadura pinochetista, que acaba poco antes de los últimos sucesos novelísticos, relajando tensiones. Aunque siempre de forma relativa, como suele suceder en estos casos, porque el aliento del poder no deja de soplar en la nuca y porque se incrementa la presión de los que temen perder sus privilegios.

“… se habían, dijo, y puso una cara extraña, de mejillas infladas, para no tener que emplear la palabra “cagado” porque no estaba bien decirla a la hora del almuerzo, en las alfombras y en los muebles de la familia, y habían matado un toro reproductor, finísimo, y se lo habían comido asado al palo, en el salón de la casa, y mientras comían y bebían, se entretenían en atravesar los retratos de sus antepasados con punzones.
 -Lo mismo que hicieron –dije–, con los cuadros de la casa de un gran poeta chileno en los días que siguieron al 11 de septiembre.
La germana criolla y su marido, el de los apellidos antiguos, me miraron con una mezcla de asombro y hostilidad.
-¿Hablas de ese comunista ‘e mierda?”

Por si acaso no nos había quedado clara la posición del novelista, en un momento dado escuchamos sus propias palabras. Admito que no habla directamente, sino camuflado tras un personaje que, para colmo, es anónimo y dieciochesco. Pero a mí no me engaña, pasó como un soplo pero era él; si existiese el cameo literario, este sería un buen ejemplo.

“Somos el país del drama, del conflicto no formulado, del cadáver escondido en el fondo del armario.”

Una obra comparable, no a un tren que traslade a ningún sitio, sino a un hogar que nos acoge envolviéndonos y en el que, a pesar de su crudeza, conseguimos sentirnos a gusto.

viernes, 28 de noviembre de 2014

James Salter: Juego y distracción

Idioma original: inglés
Título original: A Sport and A Pastime
Año de publicación: 1967
Valoración: Muy recomendable

En el Corán hay un pasaje que dice así: Recordad que la vida en este mundo no es más que un juego y una distracción. La traducción es mía, así que puede que no sea exacta, pero nos vale para descubrir que James Salter se ha basado en este texto para dar título a la novela que hoy reseño y que, además, explica en pocas palabras lo que el autor nos cuenta en su libro.

Juego y distracción es una obra narrada en primera persona por un estadounidense que se encuentra en Francia, en la región de Autun, disfrutando de todo lo francés que no es París y que le aporta una sensación de no ser un turista, sino de ser un viajero que intenta conocer la verdadera esencia del país en el que se encuentra. Gracias a su amistad con Billy y Christina Wheatland (algo así como sus anfitriones en el país, quienes lo llevan a bailes, cenas y lo incluyen dentro de su amplio círculo social), el narrador conoce a Phillip Dean, otro estadounidense que también está de paso en Francia y que, gracias al dinero que le da su familia, intenta demostrarse a sí mismo y a los demás que es un bohemio, que no está hecho para tener un trabajo y labrarse un futuro como todo el mundo, y que puede vivir al margen de las convenciones sociales.

Dean conocerá a Anne-Marie Costallot, una joven francesa de provincias, e iniciará con ella una relación amorosa y, sobre todo, sexual, que lo llevará a descubrir un mundo de goce que desconocía y a enfrentarse con quien verdaderamente es: un joven mimado y caprichoso que no es nada sin la ayuda económica de su familia y sin la admiración de los demás. A través del relato del narrador, quien es testigo de cómo el aura de Dean va apagándose al tiempo que se acaba su dinero y empieza a surgir su verdadero yo, conocemos la relación de éste y de Anne-Marie, que básicamente sigue adelante porque, según cuenta Dean y se imagina el narrador, el sexo entre él y la joven es fantástico.

Y sí, en esta novela nos encontramos con muchas –pero muchas– escenas de sexo. Y lo que en otros libros podría haber resultado chabacano o incluso aburrido, en Juego y distracción se convierte en parte imprescindible de la novela (casi como si fuera un personaje más). La prosa perfecta de Salter consigue que, a pesar de lo explícito de estas escenas, ésta no sea una narración erótica o pornográfica, sino sensual, y que incluso las descripciones más directas se conviertan en textos elegantes e interesantes tanto para el lector como para el devenir de la historia.

James Salter nos ofrece en esta obra, en resumen, un hermoso y sensual examen de la psique humana, en el que no todo es siempre lo que parece (aunque a veces, desgraciadamente, sí lo es) y donde la frontera entre lo real y lo onírico (o lo deseado) se vuelve tan fina que, finalmente, termina por desaparecer.


También de James Salter en ULAD: La última noche.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Leonardo Sciascia: El archivo de Egipto

Idioma original: italiano
Título original: Il consiglio d'Egitto
Año de publicación: 1963
Valoración: recomendable

Leonardo Sciascia es conocido sobre todo por sus novelas policiacas, algunas de ellas ya reseñadas en este blog; sin embargo, más que a un género, a Sciascia hay que relacionarlo con un espacio: Sicilia. (Así entre paréntesis, no está mal la nómina de 25.000 km2: Lampedusa, Quasimodo, Pirandello, Camilleri...). Y en este caso, Sciascia se acerca a este espacio a través del molde de la novela histórica, aunque, como era de esperar, con un toque muy personal.

La trama central de El archivo de Egipto (o El consejo de Egipto, en otras ediciones) es la historia de una falsificación: a finales del siglo XVIII el abate Vella, para poder ascender en la jerárquica sociedad siciliana y obtener reconocimiento y prestigio, altera un manuscrito árabe que narra la vida de Mahoma, para transformarlo en una desconocida historia de Sicilia; animado por el éxito de su empresa, pasa luego a inventar un amplio volumen, también supuestamente árabe, El archivo de Egipto, que permitiría demostrar que los nobles sicilianos han llevado a cabo una tarea secular, casi milenaria, de expropiación de los bienes comunes.

Aunque esta trama es la principal, y la peculiar psicología del abate Vella (ambicioso, manipulador, inteligente, escurridizo) es lo más memorable, los demás materiales literarios añadidos a este tronco principal contribuyen a crear una obra coral, en la que se retrata el conjunto de la sociedad de Palermo, con sus tensiones entre la monarquía renovadora y la nobleza feudal conservadora, entre los primeros iluministas y los guardianes inquisitoriales de la ortodoxia. Así, surge, como único héroe posible de esta historia, la figura del abogado Di Blasi, cabecilla de una revolución fallida contra los poderes establecidos.

Se perciben así en esta novela algunos de los temas permanentes en la obra de Sciascia: la crítica al poder absoluto y al fanatismo, la reflexión sobre el origen de los males de Sicilia o la oposición constante entre fuerzas modernizadoras y tradicionalistas. También hay en El archivo de Egipto un cierto barroquismo en el estilo y en la estructura que son muy propios del autor, que nunca cuenta solo lo que parece estar contando a primera vista. Esto hace que la lectura de El archivo de Egipto no sea necesariamente fácil, pero sí muy rica en interpretaciones.

También de Leonardo Sciascia en Un Libro Al Día: Muerte del inquisidorPuertas abiertasActas relativas a la muerte de Raymond Roussel, Una historia sencillaLos apuñaladores

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Sébastien Japrisot: Largo domingo de noviazgo

Idioma original: francés
Título original: Un long dimanche de fiançailles
Año de publicación: 1991
Traductor: Manuel de Lope
Valoración: Muy recomendable

Reconozco que llegué hasta este libro porque he visto en más de una ocasión la película homónima dirigida por Jean-Pierre Jeunet, que me encanta (vale, sí... también me gusta Amélie, lo admito). De otra forma, tal vez nunca me hubiese interesado por esta novela, ya que en las librerías a menudo se la coloca en las estanterías dedicadas a "Literatura Romántica" (entiéndase Danielle Steel o Nora Roberts, no Goethe o Schiller), sección que no suelo frecuentar.

La historia que cuenta Largo domingo de noviazgo, para quien no conozca la película, es la siguiente: en enero de 1917 cinco soldados franceses, condenados en Consejo de Guerra por haberse autolesionado para conseguir licenciarse del ejército, son arrojados, maniatados, a la "tierra de nadie", frente a una trinchera conocida como "Bingo Crepúsculo". En principio, parece que ninguno de ellos sobrevive, pero dos años más tarde, la novia del más joven de ellos, a partir del testimonio del cabo que les había custodiado hasta allí, un tal Esperanza (el apellido no está puesto al azar, desde luego), comienza a investigar lo sucedido y, cuando vislumbra la posibilidad -aun muy remota- de que su amado Manech siga vivo, a buscarlo removiendo cielo y tierra, si es necesario. Durante su pesquisa se irá cruzando con toda una serie de personajes que, a su vez, le irán relatando sus propias -y por lo general malogradas- historias, componiendo toda una estampa de aquella posguerra victoriosa, pero no por ello menos desgraciada. De esta manera, la novela, trenzada con una prosa de gran calidad, hay que decir, transita desde la novela romántica -que ciertamente es-, hacia la detectivesca, pasando, claro está,  por la bélica (crudamente antibelicista, más bien). También, en gran medida, es una novela epistolar, pues así es como se transmiten buena parte de los testimonios.

El puzzle sobre lo que ocurrió aquel domingo de enero de 1917 es esa "no man's land" va completándose,poco a poco y a veces a trompicones, a lo largo de las páginas de la novela, mientras conocemos también las circunstancias de la vida de los personajes... Curiosamente -o no tanto-, varios de ellos también parecen vivir en esa "tierra de nadie" o, al menos, en la línea fronteriza entre la "normalidad" de la mayoría de la gente y la soledad de quien es considerado diferente, por una razón u otra: Manech -Jean Etchévery- ha caído en la inconsciencia de la locura, por culpa de la guerra; su novia Matilde Donnay es hija de una familia burguesa, de posibles, pero un accidente infantil la confina a una silla de ruedas, desde donde debe desenvolverse -y lidiar- en el mundo de la gente que puede andar. Otro de los condenados de Bingo Crepúsculo, el campesino Nôtre-Dame, es hospiciano. Ange Bassignano y su amante Tina son marselleses, hijos de inmigrantes italianos (como el propio Japrisot, cuyo verdadero apellido era Rossi) y su mundo es el de la prostitución y el lumpen carcelario... Igual que bordean esa frontera Bastogne -o "Eskimo"-, ebanista parisino que ha buscado oro en el Gran Norte; su amigo Biscotte, cornudo arrepentido, o incluso Célestin Poux ("el Terror del Ejército"), culo inquieto incapaz de quedarse mucho tiempo en ningún sitio... Con ellos compartiremos ese territorio sin dueño, entre dos trincheras, al que tan a menudo parecen empujarnos los poseedores de las certezas sin fisuras, los guardianes de las verdades absolutas.

En todos los pueblos de Francia, por pequeños que sean, existe un monumento con los nombres grabados de los hijos de la localidad caídos en la Gran Guerra, matanza que inauguró un siglo pródigo en ellas... Y se me ocurre que, en este año de centenarios -no sólo el de esa carnicería- recordar simplemente a esos muertos resulta más honesto que erigir estatuas o hacer homenajes a los vencedores o vencidos de ésta o cualquier otra guerra. Después de todo, si de algo podemos estar seguros es de que, en estos casos, los muertos siempre tienen la razón.



martes, 25 de noviembre de 2014

Risto Mejide: Urbrands

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: autobombo intrascendente

Ay, Risto, paisano. Yo andaba muy a mi aire sin contemplar la posibilidad de que nada pudiera relacionarnos en modo alguno. Qué relación puede tener un mundo como el de ULAD con un acre, pero efectivo comentarista de deprimentes concursos hundidos directamente en las simas de la telebasura? ¿O hasta con su nueva guisa, la del aguerrido entrevistador que acorrala al entrevistado en una hábil reconducción de la cercanía*? Pues ninguna, hasta que doy con una declaración suya donde dice que lo que piensa que se le da mejor es escribir. De hecho, eso mismo viene a decir en uno de los párrafos de este libro. Eso, Risto, paisano, se llama provocación. Sin matices ni atenuantes. Si un señor que, parapetado tras unas sempiternas gafas oscuras, se ha hecho un nombre enviando a un rincón a llorar a montones de émulos de artistillas, incluyendo niños y adolescentes, dice que lo mejor que hace es eso, escribir, pues vamos a verlo. En la calle te espero, Risto.
Primero: eso de la marca personal, subtitulando en esa horrible portada. ¿Qué? ¿Oigo ecos de la palabra autoayuda? Eso de construir una marca personal. Uy, uy, uy. Claro, él ha triunfado en base a eso: cara de escepticismo ligeramente contrariado (perdonad que os diga que los catalanes tenemos una expresión para eso: cara de pomes agres - cara de manzanas agrias), régimen estricto de no más de una sonrisa al mes, siempre como preámbulo de una diatriba ácida y sarcástica. Mucha marca, Risto. Pero una lectura atenta de tu libro tiene que hacer de mí otro ser único, ¿no? Empecemos, pues.
No ayuda que la solapa en que el autor es presentado obvie datos fundamentales: parece que dé por entendido que ya los sabemos. Y las apariencias importan, aquí. Sí que menciona el haber estudiado en la misma cara y elitista escuela de negocios barcelonesa donde lo hizo Iñaki Urdangarín. Enough said.
Pero, más allá de la solapa (que es posible que muchos ni vayan a pararse a leer) el contenido de Urbrands es, más o menos, lo que cabría esperar. Que es una especie de fabulación, a ratos amena pero también confusa, ampulosa, inmodesta, cargante y pretenciosa, sobre cómo edificar una marca personal de forma parecida a un núcleo urbano. Bueno, eso he creído entender, entre conceptos de marketing (esa nauseabunda costumbre de intercalar términos en inglés con el mínimo pretexto), citas a textos de marcado carácter empresarial, ejemplos insertados con calzador, autobombo a cascoporro, disertaciones bastante espesas buscando analogías que hagan comprensible la lectura a todos los segmentos de público proclives a admirar al amigo Risto. Que para nada enfatiza el hecho de que vive, ocho años después, a costa de la complicidad que generaba su ensañamiento con cuatro aspirantes a estrellas del karaoke. Pero hay más, aunque debería decir menos. Porque justo lo que debería salvar a Urbrands de la mera consideración de artefacto fallido de autoayuda (y a la postre artefacto certero de autoinmolación para todo el que fracase aplicando a rajatabla sus postulados) es lo que hace hundir definitivamente su pretensión. Resulta que al hombre le da por intercalar unos pasajes en plan voy a hacer un homenaje al género femenino en los que, lógico si se piensa que lo que se estaba perdiendo el mundo era su aportación literaria, Risto se despoja de su duro caparazón de inmisericorde estrella de la tele 2.0 y nos regala perlas como:

"Por mi cabeza rondaban las preguntas menos adecuadas si uno lo que pretende es cerrar los ojos"
"Con Roma me ha salido todo al revés. Hasta su nombre"
"Porque por mucho que le oliese la boca, jamás pudieron afear la voz que salía de ella, vía directa a su corazón"
"Me gustaría que esto que tanto duele fuese lo que me aplasta el pecho y me araña las vísceras y el corazón"

¡Acabáramos! Resulta que se nos puso tierno, el hombre. La palabra "corazón" en dos frases escogidas al azar. Aquí, mi amigo Azul Sánchez, sin duda alguna el tipo que mejor etiqueta textos de blogs de todo el Universo, se hubiera puesto las botas. De hecho, lo desafío a que comente y nos regale alguno de los apelativos que frases como éstas le merecerían, en el contexto de un tipo malcarado que no ha tenido el mínimo reparo en fundir y finiquitar con dos frases de las suyas (certeras, eso sí) las deprimentes e incipientes carreras de montones de aspirantes a artistas de penúltima categoría.

Porque es muy patente que Risto Mejide no ha leído suficiente narrativa para que se le haya pegado, al menos, el sentido del ridículo. Ensayos sobre marketing y branding y benchmarking y todos los xxxxxing, muchos, pero narrativa, poquita. Apenas la menciona, ni la cita de forma memorable. Y miren, yo soy de la idea que los grandes escritores suelen ser grandes lectores. Una manía como otra, perdonen.

No: escribir no es lo que mejor haces, Risto. Ni siquiera lo haces consiguiendo deshacerte del personaje que has creado, que te da de comer y te fascina. No logras pasar la prueba de nivel que te permite, otro concepto que manejas en este batiburrillo, trascender. No, otra vez: tu libro pasa al estante a acumular polvo, se olvida tan rápido como se lee y se desiste de comprender y de ejercitar sus consejos, que no surgen de tu corazón sino de tu ombligo y de tu desmedida y comprensible ambición. La obsesión por presentarte y desgranar tus éxitos lastra cualquier conato de frescura y espontaneidad, y otorga a Urbrands, finalmente, la condición de producto. Que igual, Risto, paisano, es lo que querías.

* Aclaro que esto lo escribo antes de que entreviste a alguien tan mediocre como Melendi. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Alexis Ravelo (M. A. West): El viento y la sangre

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Recomendable




Contundente, escabrosa, construida según los esquemas del pulp, El viento y la sangre de M. A. West no escatima detalles, aunque solo en escenas clave que, verdaderamente, no abundan.

Al comienzo de la acción contemplamos la huida de un delincuente de poca monta, Daniel Morton, que pretende traspasar la frontera con Canadá acompañado de una antigua novia y respaldado por un botín reciente. Pero Lorna –cuya decepción viene de atrás– solo accede a entrevistarse con él por temor a su mal carácter. Un secuestro y varios asesinatos más tarde se empieza a vislumbrar la verdad de los hechos, el responsable no es un detective al uso sino Rudy Bambridge, un sicario del crimen organizado, excepcionalmente lúcido, que acabará imponiendo su propia ley, en realidad la de su jefe, con la mayor rapidez y eficiencia.

Y estas son, precisamente, las cualidades que encontramos en la prosa. M. A. West nos presenta los hechos de forma escueta, evitando perderse en descripciones, con la precisión de cualquier thriller que se precie. Los personajes, de una sola pieza, construidos sin fisuras, se reconocen a través de sus actos y de la opinión que los demás tienen de ellos. El capo, el matón con sentimientos, el hombre de negocios, la miembros de la banda que da el golpe, la víctima, la mujer rehabilitada, el matrimonio convertido en su protector. Y poco más.

¿M. A. West o Alexis Ravelo?

En el prólogo se explican las circunstancias que condujeron al novelista a publicar con nombre ficticio. Se disculpa, pero no tendría por qué hacerlo. Como él mismo señala, se trata de un juego y de un experimento, y eso cualquier lector de ficción lo entiende. O debería entenderlo, porque la literatura es eso, un engaño convenido, un juego de espejos, la realidad filtrada y convertida en mera verosimilitud. La treta exige, a su vez, más ficción añadida: una biografía del supuesto autor, la trayectoria profesional, el recorrido editorial de su obra y las circunstancias de la actual traducción, como mínimo. Estos datos aparecían en ese primer prólogo que, naturalmente, no se incluye en esta segunda edición y que, lo confieso, me hubiese encantado leer. La pena es que tanta explicación solo un año más tarde y la inclusión del verdadero nombre del autor junto al inventado destruyen el misterio, y el encanto obtenido se diluye ante tanta objetividad.

Cuando estaba en la facultad aprendí que el mismo texto adquiere un sentido radicalmente distinto según el momento y lugar donde fue escrito. Que Hamlet, por ejemplo, publicado hoy, palabra por palabra sin que falte ni sobre una coma, por –pongamos– una escritora californiana que realice la proeza de imitar fielmente el inglés de hace cuatro siglos, no sería el drama clásico que conocemos y que, sin entrar en valoraciones, su posición en la historia de la literatura sería, sencillamente, otra.

En eso consiste, nada menos, la aventura iniciada por el novelista canario que, decidido a no encasillarse, abandonó sus hábitos creativos hasta el punto de que el resultado ni siquiera pareciese salido de su pluma. Supongo que  no ha sido nada fácil ponerse en la piel de un narrador americano de los años cincuenta, adoptar su (posible) mentalidad, pautas de escritura y tics diversos, concebir un lenguaje que hiciese creíble el inexistente trabajo de traducción, idear una trama que pudiese llevar a cabo sin abandonar esos requisitos y, así y todo, conseguir un efecto más que digno y tan atractivo como el que más para el lector de hoy.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Colaboración: El alquimista de Paulo Coelho

Idioma original: portugués
Título original: O Alquimista 
Año de publicación: 1988
Valoración: Intragable

Antes de empezar, como siempre, echo un vistazo a la contraportada e informaciones varias que tiene a bien presentarnos el Sr. editor. Y en este caso, me encuentro con que me iban a contar cosas como que cada uno tiene una Historia Personal (así, en mayúsculas), o algo sobre la forma de integrarse en Todas las Cosas (sic). Lo que sirvió sin más para empezar la lectura en alerta roja.

No fue exageración. Lo que tenía delante era algo que parece una larga, muy larga parábola como las del Nuevo Testamento, en que se van sembrando, cual semillitas de una Nueva Religión Panteopsicológica, los lugares comunes habituales en los manuales de autoayuda, el descubrimiento de Uno Mismo, en Sí y en Armonía con Todas las Cosas, el Lenguaje Universal que comunica a hombres, ovejas y piedras, el Alma del Mundo, y cosas por el estilo.

Vamos, que sobreponiéndome a tal proliferación de nombres propios, y a la invencible tendencia del autor a los personajes-arquetipo de la Vida Pura, la lectura resulta ser (salvo ese final elíptico, que me pareció bien construido) un moderado tostón con muy escaso o nulo interés para el lector que –como el que firma- no guste de este tipo de peroratas.

Personalmente, vislumbro una conexión entre el fundamentalismo islámico y esta plaga de psicopedagogos, sectas y telepredicadores que se extiende por occidente. Pero bueno, la verdad es que la teoría no está muy elaborada, y además le reconozco un cierto tono punki tipo Brian Aldiss, así que igual lo dejo para otro foro menos sensato que éste. Pero bueno, ciñéndonos al libro que ahora toca y a nuestro entorno europeo, lo clavaba hace muy poquito el afilado articulista Pablo Martínez Zarracina: "Hay que tener cuidado con el hombre moderno. Para él muchas veces lo contrario del estrés y del infarto no es la calma, sino Paulo Coelho".

Bueno va, nos hemos ido un poquito del tema. Pero como de literatura hay tan poco que hablar a la vista del librito, al menos da para divagar un poquillo. De todas formas, y volviendo a nuestra joya del día, hay que agradecer al Sr. Coelho que al menos se haya abstenido de pretender adornar sus lecciones de cristianismo pagano con florilegios literarios o figuras retóricas. Esta especie de Principito con ínfulas filosóficas es completamente plano y neutro desde el punto de vista estilístico.

Y encima, es cortito y con muchos espacios en blanco. Su mejor virtud.

También de Paulo Coelho en ULAD: El demonio y la señorita Prym

Firmado: Carlos Andia

sábado, 22 de noviembre de 2014

Fabio Morábito: El idioma materno

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable

Si alguien mira las etiquetas de esta entrada, leerá que he incluido a Fabio Morábito como escritor italiano, mexicano y egipcio al mismo tiempo. Esto es así porque no sé cómo catalogarlo, pues, aunque a menudo se le considera autor mexicano, él nació en Alejandría, se trasladó a Milán cuando tenía tres años (su familia es italiana) y a México cuando tenía quince. Como yo no sé cómo se considera él a sí mismo (que al final es lo que importa), yo decido no pronunciarme al respecto, pero incluyo aquí este dato porque creo que tiene mucho que ver con el libro que reseño hoy, El idioma materno.

La última obra de Morábito es una colección de ochenta y cuatro minirelatos o miniensayos en la que el autor nos habla no sólo de sus orígenes como escritor o de su relación con la literatura y con los libros, sino también del lenguaje, del idioma (del materno y de los idiomas que uno aprende a lo largo de su vida) y, sobre todo, de las relaciones que uno establece con todo lo literario. Sin ser una autobiografía en el sentido estricto de la palabra (aunque sí una obra absolutamente metaliteraria), Morábito realiza un interesante, divertido y realista retrato de lo que supone vivir de y para el lenguaje, de lo que nos limita y nos engrandece hablar un idioma en concreto y de lo que la pasión lectora puede producir en todos nosotros.

Cada uno de los textos tiene una extensión menor de dos páginas y, sin embargo (o gracias a ello), produce en el lector una impresión que pocos libros consiguen en cientos de ellas. Se nota que Morábito es poeta porque utiliza el lenguaje con gran maestría, pero lo que al final logra enamorarnos de sus textos es la ironía, el humor, la fuerza expresiva y la lucidez que todos ellos desprenden. El idioma materno, por tanto, no debería faltar en ninguna biblioteca, especialmente en la de los que se consideran amantes de los libros, conozcan o no de antemano la extensa y excelente obra anterior de este autor cuyo origen soy incapaz de determinar.

También de Fabio Morábito en ULAD: También Berlín se olvida

viernes, 21 de noviembre de 2014

Patrick Modiano: La hierba de las noches

Idioma original: francés
Título original: L'Herbe des nuits

Traducción: Mª Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Confieso que yo soy una de esas personas (y creo que no soy precisamente el único) que cuando le dieron el Premio Nobel a Modiano pensaron: "¿Por qué?". Hasta el día del Nobel solo había leído una novela suya, En el café de la juventud perdida, y coincido totalmente con la reseña que le hizo Montuenga: me pareció una sinsorgada llena de tópicos y con una imagen mitificada de la bohemia parisina que, la verdad, me pareció ya bastante pasada: cafés, mujeres misteriosas, paseos nocturnos... ¿No hemos leído ya esto mil veces antes, desde el siglo XIX hasta ahora?

Pero bueno, como le dieron el Nobel me sentí en la obligación de leer algún otro libro suyo, para poder hablar con conocimiento de causa, así que me compré este, uno de los últimos, La hierba de las noches, y la verdad es que me ha gustado más que En el café de la juventud perdida, que tampoco era difícil. Y ahora, voy a hacer como cierta revista de cine que resume "Lo mejor" y "Lo peor" de las películas, por variar un poco más que nada.

Lo mejor: Empezando por lo que cabía esperarse de un Premio Nobel: Patrick Modiano escribe bien, y no me refiero tanto al estilo sino a la construcción de la novela, autorreflexiva y consciente en todo momento del ritmo narrativo. La novela se desarrolla a través de los recuerdos más o menos fiables, más o menos deshilachados del autor sobre acontecimientos que ocurrieron casi cincuenta años antes; para reconstruirlos se ayuda de una pequeña libretita negra en la que anotaba casi arbitrariamente nombres, direcciones, frases, descripciones, y de un dossier policial que le entrega un funcionario jubilado.

Esa es una de las claves para que me haya gustado esta novela más que En el café...: que hay, aunque sea sutilmente, un cierto aire de misterio casi detectivesco en la novela. Relativamente pronto en la novela descubrimos que casi todos los personajes guardan algún secreto, que casi todos (solo se salvaría prácticamente el narrador) están envueltos en algo turbio, y tendremos que esperar casi hasta el final para descubrir de qué se trata. Es sobre todo el personaje femenino principal, Dannie, quien más evidentemente esconde algo, o mejor dicho, casi todo. (Aunque el desenlace, dicho sea de paso y sin querer hacer spoilers, no termina de responder a tantas expectativas).

Lo peor: Que, como el propio Modiano ha declarado, en realidad siempre escribe la misma novela. Sí, esta me ha gustado más que En el café de la juventud perdida, pero hay tantos elementos comunes que no me extrañaría acabar confundiéndolas, con el tiempo: tenemos París, por supuesto, con sus barrios numerados, sus líneas de metro, sus bulevares y sus cafés noctámbulos; tenemos a una muchacha misteriosa que lleva al narrador de un sitio para otro como un perrito faldero; tenemos un ambiente entre bohemio y patibulario con un conjunto de personajes secundarios bastante sospechosos...

En fin, que si todas las novelas de Modiano van a ser así, con leer una o dos es suficiente. Escribe bien, faltaría más, tiene sensibilidad para crear personajes y ambientes; pero con eso no basta -no debería bastar- para que te den un Nobel. Para eso, que se lo hubieran dado a Murakami, y acabábamos...

También de Modiano en ULAD: En el café de la juventud perdidaTres desconocidasEl lugar de la estrellaRopero de la infancia

jueves, 20 de noviembre de 2014

Rodolfo Walsh: Operación Masacre

Idioma original: español
Año de publicación: 1957
Valoración: Muy recomendable

Quiere la casualidad que hoy 6 de agosto, en que voy a la biblioteca a por este libro, una de las noticias del día sea que Estela de Carlotto, una de las abuelas de la Plaza de Mayo ha podido reencontrarse, gracias a las pruebas de ADN, con su nieto, tras 36 años. También se da la coincidencia de que el día que lo encargué, 2 de agosto, hacía dos años de la publicación de una de mis primeras reseñas en ULAD, la de A sangre fria de Truman Capote, a raíz de la cual un amable lector me comentó que Operación masacre era realmente la obra fundacional del nuevo periodismo. Ni siquiera fue mi primera reseña en ULAD, honor que cedí a Estrella distante, novela relacionada también con golpes de estado en Latinoamérica, y van tres coincidencias, escrita por Roberto Bolaño, fallecido a los 50 años, igual que Rodolfo Walsh (cuatro). Bueno, a Rodolfo Walsh lo desaparecieron a raíz de una fuerte crítica al régimen militar argentino. Pero ya sabemos qué significa desaparecer bajo el mandato de una dictadura asesina.

Todos sabemos lo incómodos que resultan para los totalitarismos conceptos como cultura, libertad de opinión, libertad de expresión, en general cualquier mecanismo del intelecto encaminado a ampliar el alcance del conocimiento, cosa que suele acarrear peligrosas consecuencias para el poder establecido, ya que a la gente le da por ponerlo todo en duda. Por ejemplo, en Operación Masacre, Walsh indaga sobre lo que acontece la noche del 9 al 10 de junio de 1956, noche fría de invierno austral en que doce ciudadanos argentinos coinciden para oír la retransmisión de un combate, son detenidos y, en función de una Ley Marcial aun no en vigor (por horas) condenados a muerte y fusilados en el curso de la madrugada, bajo la sospecha de estar relacionados con un fallido proceso conspiratorio contra el gobierno. Un fusilamiento tan injusto como chapucero: los supervivientes ayudarán a Walsh y a su ayudante en la reconstrucción y denuncia posterior de los sucesos. Muchos de ellos cuando aún son objeto de persecución con objeto de borrar los rastros de tan macabro suceso.
El tono testimonial pasa por encima de cualquier otra premisa. Hasta el incluir la mera transcripción de algunos de los documentos judiciales. Con lo cual Rodolfo Walsh, sin que este comentario sea en menoscabo de un estilo depurado y urgente y de una capacidad de atrapar al lector, opta por ser claro y por no entregarse a más hipótesis (alguna un poco obvia, pues siempre se preguntará el lector qué es lo que pudo unir a hombres tan diferentes bajo el mismo techo en una noche tan señalada). Pero Walsh no se aventura por esos vericuetos, lo cual no acaba de ser una elección algo sesgada. Walsh se centra en el acto injusto del fusilamiento y en su condición de acto vil y chapucero cuya orden final procede del poder. 
Walsh pagó con su vida su coherencia profesional y su compromiso con la verdad: un artículo particularmente crítico con el régimen golpista de Videla provocó que viviera en carne propia circunstancias parecidas a los desgraciados hechos que describió en este libro. Lamentablemente, nadie pudo levantar un testimonio tan valioso como el suyo. Leer su obra es la única manera de mantener vivo el suyo y otros muchos testigos del trabajo periodístico, cuando deja de ser una profesión para ser una opción vital de alto riesgo.

Tenéis un Zoom en UnLibroAlDía hablando de un glorioso artículo de Walsh, Nota al pie
Otros libros de Rodolfo Walsh reseñados en Un Libro Al DíaLos irlandeses

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Richard Brautigan: La pesca de la trucha en América

Idioma original: inglés
Título original: Trout Fishing in America
Año de publicación: 1967
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Valoración: ¿Recomendable? Humm... ¡diablos, sí!

Inclasificable.

Este adjetivo es el que más veces leerá cualquiera que se dedique a buscar reseñas sobre este libro... yo lo he hecho y no voy a dármelas de original. Porque, ciertamente, este libro lo es: inclasificable.

No es una novela, aunque tampoco podemos decir que no lo sea (en cierto modo). No es un libro de relatos, aunque muchos de sus capítulos lo parezcan. No es un libro de viajes, aunque tiene mucho de "novela de carretera" -o "de arroyo", en este caso-, a través de insólitos rincones de Estados Unidos. No es un libro de pensamientos filosóficos o políticos, aunque éstos también estén presentes (o mejor, aún, sumergidos, comos las truchas a las que se hace referencia una y otra vez). No es un libro de poesía, aunque haya pasajes de un lirismo sorprendente (y algo lisérgico, hay que decir...). No es una autobiografía... o lo es de una manera peculiar, a partir de momentos que casi nadie consideraría representativos del transcurrir de su propia vida (quizás de eso se trate, en realidad). No es un libro de humor, y eso que éste abunda en muchas de sus páginas, pero es un humor que, o bien adopta forma de sarcasmo o en general resulta bastante sombrío, poco dado a provocar la carcajada (conociendo ciertos avatares de la vida de Brautigan, que se cuentan en el prólogo, se entiende este humor subterráneo). No es un libro sobre la naturaleza de su país, o lo es sobre la naturaleza que está dejando de serlo, cada vez más degradada por la mano del hombre. No es un libro sobre la pesca de la trucha en América, repleto de anécdotas de pescador... o, un momento, puede que eso sí que lo sea, a su manera... (supongo, además, que al autor pudo resultarle muy gracioso pensar en los pescadores domingueros, tocados con sus gorras de béisbol y armados de sus neveras portátiles, que compraran este libro esperando encontrar los secretos para pescar truchas en América).

En la contraportada de esta edición -muy bien editada, por cierto-, encontramos nombres, referencias como Dylan, Ginsberg, Hemingway, Mark Twain, Emerson, Thoureau... así como autores en los que parece haber influido Brautigan: Raymond Carver, David Foster Wallace (no en lo de las notas a pie de página, gracias a Dios), Murakami (!)... Puede que todo sea cierto, así como se podrían añadir, tanto en la lista de influencias recibidas como ejercidas, a Kerouac, Hunter S. Thompson, Bukowski... Por su época y actitud, Brautigan pertenece, ciertamente, a la generación de escritores beat -y del postmodernismo literario norteamericano-, aunque le llegó el éxito más tarde, en plena época del flower power... En todo caso, cualquier intento clasificatorio es vano: Brautigan se nos aparece como un autor personalísimo, de lo más original en sus imágenes, de un surrealismo escurridizo (cabe suponer que a la hora de redactar más de una de estas páginas, este escritor se había dejado abiertas las puertas de su percepción, para que nos entendamos).

El propio concepto de "la pesca de la trucha en América"  no deja de ser cambiante y huidizo... Por supuesto, es una metáfora que se repite en casi todo el libro -a veces, sin embargo, es literal y de lo que habla es de pescar truchas en América, sin más-, pero lo mismo se refiere a la felicidad que, según la Constitución de Estados Unidos, todo ciudadano americano tiene derecho a buscar (la referencia a Benjamin Franklin que se hace al comienzo es inequívoca); al éxito que, según se dice, aguarda a todo el mundo en la "tierra de las oportunidades", o a la libertad que, según se dice también, constituye la base sobre la que se cimenta tan gran país. De hecho, "la pesca de la trucha en América" también parece hacer alusión, en otras ocasiones, a la propia América (Estados Unidos de, se entiende), pero también a sus "enemigos" en aquellos años 50 y 60, como eran Vietnam o la amenaza del comunismo internacional... O sirve para denominar a una persona concreta, incluyendo el propio autor, o una organización o idea.... o se convierte en el propio marco en el que se desarrolla la metáfora de "la pesca de la trucha en América"... en fin, que más vale relajarse y no tratar de entenderlo racionalmente...

Un libro -novela, ensayo o lo que sea- que quizá no sirva para trazar nuevos caminos para los escritores ni encontrar arroyos en los que practicar la pesca de truchas -literarias, quiero decir- para los lectores, pero que no se debería dejar de leer, aunque sólo sea para conocer una visión diferente, abierta y heterodoxa (y más bien triste, me temo), del mundo y sus circunstancias, incluyendo la literatura. Y la pesca, claro.

Otrostítulos de Richard Brautigan reseñados en Un Libro Al Día: Un detective en Babilonia

martes, 18 de noviembre de 2014

Colaboración: Galveston de Nic Pizzolato

Idioma original: Inglés
Título original: Galveston
Año de publicación: 2010.
Valoración: está bien.

Con el reconocimiento obtenido por ser el guionista de True detective, la serie producida y coprotagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson, Nic Pizzolato aterriza en el mercado editorial de España con su novela Galveston, publicada en 2010, cuatro años antes del estreno de la serie televisiva. Este es el contexto en el que se mueve Galveston y este es el contexto en el que se mueve esta reseña. Es curioso que a veces la lectura de una novela en el idioma original pueda restar información sobre los factores externos al texto. Uno puede imaginarse una serie de relaciones bastante explicitas entre productos, serie y novela, como modo de publicitar esta última.

Dejando de lado especulaciones sobre portadas, contraportadas y estrategias comerciales, hay que decir que si el lector se acerca a Galveston creyendo que encontrará un texto lleno de peroratas existenciales, como ocurre en True Detective, puede llevarse un chasco considerable. Y es que Galveston adolece de simplicidad en la trama, lugares comunes y una carga lírica un tanto irregular.

Uno tiene la impresión de haber visto a Roy, el protagonista, ese matón con tendencia a la reflexión retrospectiva y en plena crisis existencial, en la gama de tipos duros crepusculares que han pasado por el celuloide. Lo mismo ocurre con la trama: perdedor perseguido por malhechores sin corazón protege a una joven prostituta y decide buscar la redención en proveer de otra vida a la chica. Crepúsculo y redención son las coordenadas en las que se mueve la obra y serán también los fundamentos de las reflexiones de tipo lírico que proyecta el narrador-protagonista sobre el paisaje de Texas. Cuando habla de las refinerías de petróleo se trata del pasado del que se arrepiente, cuando habla del mar en Galveston se trata de la posibilidad de un futuro mejor y los campos de algodón son la infancia de un huérfano. Nada que cualquier lector no haya visto una docena de veces pero que en Galveston da cierto resultado.

Porque paradojicamente, son esas reflexiones sobre los paisajes los que aportan un factor diferenciador sobre una trama de género negro que resulta plana, predecible, que tiene poquísima complejidad y que incluso incluye alguna escena más cercana al videojuego que a la realidad. Con todo, Galveston es lo que es y no engaña: una novela sobre criminales embellecida por la estética del paisaje.


Firmado: Paulo Kortazar

lunes, 17 de noviembre de 2014

Harry Mulisch: El atentado

Idioma original: neerlandés
Título original: De Aanslag
Año de publicación: 1986
Valoración: está bien

El atentado narra la vida de Anton Steenwijk, quien, tras perder a toda su familia en un atentado durante la Segunda Guerra Mundial, decide llevar un vida simple y ajustada a las normas y de paso negar todo recuerdo de su infancia. Anton se muda a casa de unos familiares, estudia medicina, encuentra un trabajo, se casa... lleva una vida que aparentemente es de lo más normal, pero no puede disfrutarla plenamente porque, a pesar de sus esfuerzos para evitarlo, el pasado sigue llamando a su puerta.

Ésta es, a grandes rasgos, la historia que nos cuenta Mulisch en El atentado. Y, a pesar de que tiene todas las características necesarias para gustarme mucho (drama familiar e histórico, bildungsroman, estilo narrativo de gran calidad...), me ha dejado un poco fría. Reconozco que el autor desarrolla los personajes (especialmente, el protagonista) de forma lógica y creíble, que los viste de un sinfín de contradicciones y de virtudes y debilidades que los convierten en seres humanos y no arquetipos (algo que él mismo debió de vivir en su propia piel, pues su madre era judía y su padre era pro nazi), y que su prosa es exquisita. También hay que felicitar a Mulisch por la excelente recreación de la(s) época(s) en la(s) que se desarrollan los acontecimientos y por ofrecer al lector, de la mano de Anton, una interesantísima visión de la historia de Holanda desde la Segunda Guerra Mundial hasta la década de 1980, pero...

... Pero el libro me ha dejado una sensación un poco vacía, la verdad. A pesar de todos sus aciertos, me da la sensación de que el personaje (o el autor) se pierde demasiado en elucubraciones estériles que no sirven sino para alargar la novela sin que lleguen a decirnos demasiado. Puede que esto sea problema mío (ya digo que no puedo hablar de fallos garrafales en la narración ni de prosa chapucera), por supuesto, no lo sé. Quizá me habría gustado más si hubiese tenido la mitad de páginas, o quizá debería darle otra oportunidad y volver a leerlo más adelante. Puede ser.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Ramiro Pinilla: Cadáveres en la playa

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Esta entrada sirve no solo para recomendar un libro, sino para recordar a un escritor, el getxotarra Ramiro Pinilla, fallecido recientemente con 91 años. Quienes siguen este blog, y otros blogs en los que colaboro ocasionalmente, ya sabrán que Ramiro Pinilla me parece un escritor admirable, que después de pasar una larga travesía en el desierto de casi treinta años, en los últimos diez años, a partir de la publicación en Tusquets de su trilogía Verdes valles, colinas rojas ha recibido el reconocimiento y la atención que su obra merece.

Y estos últimos diez años de vida han sido, de hecho, los de una segunda juventud creativa para Ramiro Pinilla, con la publicación de varias novelas que completan su particular universo narrativo, y una peculiar serie de novelas detectivescas (Solo un muerto más, Los cementerios vacíos y esta), protagonizadas por el quijotesco Sancho Bordaberri / Samuel Esparta, que "enloquecido" por tanto leer a Dashiel Hammett y Raymond Chandler decide encasquetarse una gabardina y salir a resolver crímenes por el Getxo de la posguerra, ayudado por una ayudante, Koldobike, reconvertida en femme fatale por exigencias del guión.

A esta serie policiaca pertenece, precisamente, Cadáveres en la playa, la última novela publicada por Ramiro Pinilla: en Cadáveres en la playa volvemos a encontrar todos los elementos clásicos de la novela policiaca: un crimen (cometido durante la Guerra Civil, pero nunca investigado), un universo cerrado con un grupo de sospechosos limitado (una cuadrilla de cinco personas, en este caso) y un detective que, como escritor que es, al mismo tiempo que resuelve el caso transforma a todos sus interlocutores en personajes novelescos.

En Cadáveres en la playa volvemos a encontrar una cierta ligereza y humor que se echaba de menos en Los cementerios vacíos: aunque no está ausente la alargada figura de la posguerra y de los falangistas, la fecha en la que se desarrolla la acción (1972) contribuye a que el ambiente en que transcurre la novela sea menos opresivo que en las anteriores. Los diálogos entre Sancho/Samuel y Koldobike, cargados de tensión sexual no resuelta (y que me temo que ya nunca se resolverá) son de lo mejor de la novela, y casi diría que de la serie.

Con esta novela, y con las anteriores de la serie, Ramiro Pinilla no solo homenajea al Quijote con esta creación póstuma, sino que se inscribe en las corrientes más actuales de la novela policiaca europea y americana (en sentido amplio, continental), desde Vázquez Montalbán a Leonardo Padura, pasando por Andrea Camilleri. Me queda la duda, de hecho, de si la reiterada descripción de las comidas que se zampa Sancho Bordaberri en la novela será un homenaje directo a Pepe Carvalho o a Salvo Montalbano.

Está claro que las novelas de Sancho Bordaberri no son lo más destacado de la obra de Ramiro Pinilla, si las comparamos con la monumentalidad de Verdes valles, colinas rojas o con la densidad de Las ciegas hormigas o La higuera. Pero sí son buena literatura policiaca, con un toque irónico y metaliterario que se agradece. La mejor de la serie seguirá siendo probablemente la primera, Solo un muerto más, en parte por su originalidad y la sorpresa que provocaba en el lector; esta, Cadáveres en la playa, se sitúa en segundo lugar para mi gusto, y sigue siendo, sin lugar a dudas, una lectura recomendable, y una buena forma de recordar a ese chaval de 91 años que era Ramiro Pinilla.


La obra casi completa de Ramiro Pinilla en ULADSenoLa higueraVerdes valles, colinas rojas 1,Verdes valles, colinas rojas 2 y 3Aquella edad inolvidableSolo un muerto másHuesosEl cementerio vacíoLas ciegas hormigasLos cuentos

sábado, 15 de noviembre de 2014

Reseña interruptus: Tao Lin: EEEEE, EEE, EEEE

Idioma original: inglés
Título original: Eeeee, eee, eeee (de verdad)
Año de publicación: 2007
Traducción: Gema Facal Lozano
Valoración: a tomar el pelo a otra parte

Esta palabra describe este libro en las notas de la contraportada. "Divertidísimo".

Jua jua jua.

Perdonen: me encuentran por el suelo, desternillándome. Recompongo un poco mi aspecto y les hablo, seré breve, de las 48 o 50 páginas que he aguantado de Eeeee, eee, eeee, novela que toma su onomatopéyico título de los sonidos emitidos por los delfines en que el protagonista, Andrew, sueña. Bueno, hay también unos osos por ahí, y no diría muy bien si sueña o piensa en ellos o alucina con ellos porque la E del libro venga de éxtasis o... madre, este libro me ha hecho caer en los puntos suspensivos. Qué será lo siguiente, qué va a ser de mí. 
Y no es el primer libro de Tao Lin que leo, pues ya me solacé con otro el otro día, sentado en una terraza mientras esperaba a que me repararan un pinchazo. Tao Lin, saben, proclamado en no me acuerdo qué sitio el escritor más influyente de internet. Manos a la cabeza, todos. Bueno, a la cara, si tal es el panorama. Ni me acuerdo, lo que puse sobre el otro libro que leí, pero al menos llegué hasta el final, porque por debajo asomaba algo parecido a un argumento. Que aquí, ópera prima del amigo, ni eso. Tan difícil es montarse una historia mínima y montar algo alrededor de ella. Si esto es para el público de internet, hombre, esa gente que está leyendo con el dedo a milímetros del puntero del ratón para ver la página siguiente. Deprisa, deprisa, frases cortas, ritmo endiablado, nulo desarrollo, nada de relleno, todo intenso. Literatura exprés. Saben. Todo comprimidito, como las píldoras aquellas que comen los astronautas. Así de buenas son que no dejan de abrirse tiendas que las venden. Pues no: sin que se me pueda acusar de aversión a aquello tan manido de los nuevos modelos de acceso a la cultura, lo de Tao Lin es una tomadura de pelo como una pianola, una cosa sin la mínima sustancia ni el más mínimo amago de control de calidad, cosa muy justificable al escribir un blog, pero nada al editar algo con formato de obra o, como pone en la portada, de novela. 23 añitos cuando escribió esto, sí, oh, qué chulo y qué cool y qué guay esa foto en la contraportada (¿comiéndose una muffin?). Si quieren leer algo moderno, lean a Jenn Díaz, o a David Foster Wallace.

También de Tao Lin en ULAD: Otro libro, pero casi igual de malo. Casi que no lo pongo, ¿vale? 
Y a lo mejor soy capaz de leer otro: no puedo creérmelo ni yo.