domingo, 28 de agosto de 2016

Tom Sharpe: Lo peor de cada casa

Idioma original: inglés
Título original: The Midden
Año de publicación: 1995
Traducción: Javier Calzada
Valoración: recomendable


De vez en cuando hay que leer a Tom Sharpe. Leerlo y disfrutar de su envidiable capacidad de subversión, de dinamitar los convencionalismos sociales y diseccionar las debilidades y vicios del personal (eso, aunque usted, querido lector, sea una persona de orden y celosa de serlo... pues quizá sea más recomendable leerlo en ese caso). En esta novela suya, sin ir más lejos, despliega ante nosotros un desolador panorama de ambición, codicia e inoperancia, todo un festival de mezquindad y estupidez a partes iguales, un no parar de miseria moral, de estulticia e indignidad. Encontramos familias adineradas gracias a las tropelías semimafiosas cometidas durante generaciones, expertos financieros incompetentes y responsables de la ruina de mucha gente, altos cargos policiales hinchados por la prepotencia y el fanatismo religioso, una sociedad refugiada en la nostalgia de un pasado edulcorado en lugar de afrontar los problemas del presente ni del futuro... ¿Hablamos, pues, de la España de la crisis post-burbuja Inmobiliaria? Pues casi, pero no, sino de la Gran Bretaña de veinte años atrás, que se despertaba con resaca tras la borrachera de codicia de los años del thatcherismo... una época y una corriente política por las que Sharpe -parece evidente- no sentía demasiada simpatía... como no deja de recordar    con una pulla tras otra.

Como suele ocurrir en las novelas de este autor, se parte de unas premisas ya con bastante   carga de acidez, pero más o menos sencillas y comprensibles, pero que las circunstancias incontrolables del azar van enredando cada vez más hasta conducirnos a una apoteosis -en este caso hecatombe- final. Por el camino, se van produciendo toda una serie de situaciones equívocas y embarazosas -muy embarazosas- que provocan las inevitables carcajadas del lector. Carcajadas a las que también contribuye, en buena medida, el característico estilo de Sharpe: un lenguaje cuidado, formal y hasta afectadamente british, que de golpr se ve obligado a expresar las animaladas más procaces que imaginarse pueda... (de ahí el efecto humorístico, aunque supongo que el contraste resulta aún más cómico en el inglés original).

Algo parecido ocurre respecto a los personajes, que o bien conservan una fría lógica en medio de la mayor locura, o se dejan arrastrar por ésta hacia el desenfreno más absoluto. En esta novela el protagonista es Timothy Bright, un yuppie de buena familia -pero nada brillante, sin embargo- que se mete por sí solo en un buen lío económico, y a partir de ahí, es metido por otros personajes en líos aún peores, hasta acabar en medio de una trama de polis corruptos, supuestos delincuentes sexuales y una familia de carcamales tronados, los Midden del título -consúltese la traducción al castellano, para captar el sentido de tal apellido-; aunque por una vez el título que le han puesto a la edición española, Lo peor de cada casa, resulta de lo más apropiado, porque es eso mismo lo que encontramos aquí: de entre todos los personajes que aparecen en la novela, incluyendo -o en primer lugar- a nobles, jueces y policías, apenas podemos salvar la ética de un par de ellos, y aún con reservas. Queda claro que, en su vejez, a Tom Sharpe no le sobraba la fe en el género humano, y menos todavía si se trataba de sus compatriotas; de hecho, toda la historia se puede leer como una alegoría salvaje, una sátira despiadada, tanto de la vieja como la nueva sociedad británica.

Eso sí, quien quiera reírse a mandíbula batiente, aunque sea a costa de perder también la fe en la Humanidad -e incluso jugarse la salvación de la propia alma, después de leer según qué cosas- que no dude en atreverse con este libro. Ya digo que, de vez en cuando, conviene volver a Sharpe...


Más libros de Tom Sharpe reseñados en Un Libro al Día: aquí

sábado, 27 de agosto de 2016

VV. AA.: Nuestras guerras. Relatos sobre los conflictos vascos

Idioma original: inglés (aunque los textos antologados fueron escritos originalmente en euskera)
Título original: Our Wars
Año de publicación: 2011
Valoración: interesante

En 2011, después de recoger un premio en la Feria del Libro de Guadalajara (de México), Fernando Aramburu hizo unas polémicas declaraciones en las que afirmaba que "los autores vascos no escriben sobre ETA". Ese mismo año, como para llevarle la contraria, Mikel Ayerbe publicaba en inglés, en Nevada, la antología Our Wars. Short Fiction on Basque Conflict, adaptada al español en 2014 y publicada por Lengua de Trapo.

Como indica su título, esta es una antología de relatos sobre los conflictos vascos, en plural. Y estos conflictos son la Guerra Civil, y el más habitualmente llamado "conflicto vasco", o sea, el terrorismo de ETA. Esta elección de estos dos conflictos, que personalmente me parece bastante cuestionable, no es casual, sino que responde a una determinada narración de la historia vasca que establece una continuidad entre la Guerra Civil y la represión de la posguerra, y la aparición de ETA a finales de los 50. (Hay incluso quien va todavía más atrás y relaciona estos conflictos con las guerras carlistas, un despropósito histórico del que parece burlarse Iban Zaldua, siempre tan ácido, en su relato "Guerras civiles").

Personalmente, unir en un mismo volumen relatos sobre la Guerra Civil y sobre el "conflicto vasco" me parece un error, no solo porque no comparto esa narración que establece una relación casi-causal entre la Guerra Civil y ETA, sino sobre todo porque se trata de conflictos distintos, y con los que los autores tienen relaciones diferentes: ninguno de los escritores antologados estaban vivos en 1936-9, y en cabio todos han tenido una experiencia de primera mano de la violencia de ETA, lo que sin duda condiciona su forma de escribir sobre los dos "conflictos".

De ahí que haya leído con algo menos de interés los primeros cuentos del volumen, en particular aquellos que pertenecen a autores más reconocidos, como Bernardo Atxaga o Ramon Saizarbitoria. No es que sus cuentos sean malos, ni mucho menos, pero no aportan gran cosa novedosa, y su extensión mayor que el resto (ocupan casi la mitad del libro) les concede un lugar preemiente que condiciona la lectura del volumen. "Dos piedras", de Inazio Mujika Iraola, es un relato interesante, pero que apunta en una dirección que siguen muchos otros autores: la despolitización del conflicto, su transformación en algo personal, individal (un triángulo amoroso, en este caso).

Tras el relato de Iban Zaldua ya mencionado, que funciona como bisagra de la antología, los siguientes relatos tratan ya, estos sí, del conflicto vasco, el terrorismo de ETA, el terrorismo de Estado, etc. Naturalmente, hay algunos relatos más conseguidos que otros (me han gustado "Actualidad política", de Eider Rodríguez, por su ambiente claustrofóbico, o los de Harkaitz Cano o Ur Apalategi, por su tono irónico y su visión metaliteraria del conflicto); también hay relatos que tratan más directamente el tema de la violencia, mientras que en otros es casi una nota tangencial, y cabe preguntarse si se justifica su inclusión en el volumen (caso de "Heredera" de Xabier Montoia, "Recuerdos" de Karmele Jaio o "El tipo", de Ainguer Epalza).

Siempre es muy fácil criticar a un antólogo, por supuesto: es mucho más fácil criticar una antología que organizarla. Mi conocimiento de la literatura vasca en euskera tampoco me permite enmendarle la plana a Mikel Ayerbe: no sé si hay relatos mejores sobre el conflicto vasco o no. La sensación que sí tengo, después de terminar el volumen, es que se trata de un libro sorprendentemente exento de sangre, y de política. La violencia, cuando ocurre, casi siempre ocurre fuera de plano; las motivaciones de los personajes, cuando se explicitan, son vagas o personales, y no ideológicas. Quizás sea esta la forma en la que se está escribiendo sobre el conflicto vasco (aunque no es así en obras como Martutene, por ejemplo), pero en ese caso creo que a la narración de estos años de plomo todavía le quedan muchos capítulos por llenar.

viernes, 26 de agosto de 2016

Colaboración: Pim Pam Pum de Alejandro Rebolledo

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: Muy recomendable

A raíz de la temprana (y todavía inexplicable) muerte del escritor venezolano Alejandro Rebolledo hace unos días, me enteré que había publicado una novela de culto en 1998 llamada Pim Pam Pum. Vivo Venezuela como una maldición de la que es mejor mantenerse a salvo, así es que no tenía ni idea de quién era Rebolledo ni qué pito jugaba en la escena literaria del país. Hubiera podido pasar de largo ante la mención de la novela, si no fuera porque alguien contaba que había sido un hito para la generación a la que pertenezco; es decir, la generación bisagra entre el desmadre del bipartidismo y el apocalipsis del chavismo. Rápidamente me picó la curiosidad y me la compré en versión electrónica por tres euros en Amazon. Apenas la maquinita me mostró el primer párrafo, me vi succionada por el texto. Sin pretensiones intelectuales allí estaba una Caracas a la que yo no quería volver y, sin embargo, era adictiva. Su violencia; las drogas, el consumismo, los suicidas y los punks estaban allí para decir otra cosa. No sé qué sea esa otra cosa pero se me ocurre que tiene algo que ver con un país que se comió a sus hijos. Es difícil saber qué es eso que duele en un relato que podría ser cómico, picaresco o una suerte de road movie urbana.

A través de diferentes voces, se relatan las peripecias de varios jóvenes que se van entrecruzando a lo largo de la ciudad. Un falso secuestro, una fiesta en el Country Club, un operativo policial, la ejecución de una perra, el robo del escudo de una embajada, la compra de un revólver, la venta de una motocicleta, la migración  de una reportera ambiciosa, la programación de un locutor de radio, son algunos de los elementos caóticos del paisaje urbano. Pero la novela de Rebolledo no es simplemente la historia de una generación, es también una propuesta narrativa. De poco valen las descripciones ya que los protagonistas se construyen en el propio lenguaje; un lenguaje en ebullición, reservado a los iniciados de las tribus urbanas.

El ritmo de la historia es el de la turbulencia de las drogas, ralentizado con la marihuana, explosivo con los ácidos y acelerado, casi atropellado, con el perico. Si tuviera que describir la novela en tres palabras diría que lo suyo es la vorágine del vacío. Es la narración de un ruido brutal: el del hastío de un fin de siglo desesperanzador.

Creo que cualquier caraqueño que esté entre los 30 y picote y casi 50 podría reconocerse en algunos de los personajes de la novela; en lo que fuimos y en los que se perdieron en el camino. A diferencia de otros relatos urbanos que he leído más o menos contemporáneos, Pim Pam Pum consigue una mirada transversal a todas las clases sociales, a pesar de que su foco esté en el de la clase media alta.  En un país que durante décadas ha sido leído en términos de clase, me resultó un hallazgo el retrato de una vaciedad existencial común. 

He escuchado que Pim Pam Pum ha sido mal recibida por el establisment literario local. Es un hecho que confirmo con la crítica negativa que le hace Rodrigo Blanco Calderón. Como toda narración adolescente es irreverente y rompedora de las formas “correctas” del lenguaje y de lo que es “importante” narrar en Venezuela. Pero creo que la polémica de fondo que ha vuelto a revivir tras la muerte del autor, es que la novela demuele dos mitos que han servido para resguardarnos de la debacle: el del pasado maravilloso que tuvimos antes del chavismo, y el de la ruptura emancipadora que este significó respecto a la ruina de los noventas. En la continuidad de una misma debacle, esta novela sigue siendo tremendamente contemporánea y desoladora.

Firmado: Magdalena López

jueves, 25 de agosto de 2016

Richard Price: Los impunes


Idioma: inglés
Título original: The whites
Año de publicación: 2016
Traducción: Óscar Palmer
Valoración: muy recomendable

Al lector ocasional de este blog puede que le parezca poco menos que una herejía que yo proclame que el género policial me suscita escepticismo. O que le escandalice que cosas como Agatha Christie (válidas como inicio a la lectura y blablabla) me parezcan apenas medio (va, uno) escalón por encima de la novela romántica o la del Oeste. Por repeticiones de esquemas y por escasa perdurabilidad. Puede leerse y devolverse al tipo de la tienda a ver qué recuperamos o por cuál nos la cambia que no hayamos leído ya. Pero su lugar en la estantería nunca va a ser el preferencial. Y si digo esto, y si aprovecho para sacar algunos conceptos que se quedaron fuera cuando escribí sobre ese bluff  que me pareció La chica del tren es porque Los impunes es justo el negativo de esa literatura basada en el misterio y el susto y el ayayay, esa literatura del menosmalqueloheacabao en la que, lapidadme que me lo merezco, se ha convertido casi todo el género desde la invasión del thriller escandinavo, y solamente redimido por las incursiones en el terror psicológico o la prosa elegante de autores como Pierre Lemaitre y pocos más.
Así que me encanta que Los impunes no quede relegado al arrinconamiento de las series negras y se le considere como lo que es, literatura, con escenarios y personajes coincidentes con cierto género, pero literatura. 
Las manos se elevan con las piedras cuando digo frases como esta última. Lo sé.
Y eso que con The wanderers me llevé una relativa decepción. Pero Price la escribió con 24 años. De eso ha pasado ya tiempo, y Price, aparte (qué pesados con mencionarla siempre) de ser guionista de The Wire y de alguna película, ha evolucionado, ha enriquecido su estilo y ha conocido en profundidad el mundo que describe. Los impunes recuerda (cuando se conoce su progresivo desarrollo) a cierta novela (no insistáis porque no diré cual) de Patricia Highsmith. Pero está adaptada a los tiempos que corren y carece de la ingenuidad que la ha castigado con el tiempo (a la de Highsmith). Es hora ya de reivindicar que el género se ha retroalimentado de mucho del contenido visual de series y películas, y que las figuras cinematográficas (inspectores de vidas grises y apáticas arrastrados por las desgracias que su trabajo les obliga a ver un día y otro) nos son familiares. Billy Graves es un personaje más entre ellos, pero dejad que os diga que es memorable, porque Price sabe hasta saltarse el estereotipo del héroe casual y lo define con todos sus claroscuros y sus contradicciones. Es un policía que vive con su mujer, Carmen, enfermera, sus dos hijos, y su padre, antiguo policía devastado por la demencia senil. Los impunes del título son criminales que Billy y otros compañeros del cuerpo consiguieron detener, pero que se zafaron de pagar sus culpas. Asesinos, en su mayoría, que se pasean tranquilamente gracias a un juicio favorable o a algún error de instrucción. Y al grupo de policías esa injusticia le corroe. A Billy, además, le están pasando cosas extrañas. Alguien está acosando a su familia y no sabe quién ni por qué.
Los impunes, lectura ágil, adictiva, pero comprometida con la coherencia y con fragmentos muy notables (puntualmente destella la minuciosidad descriptiva basada en los detalles de un Franzen) no merece ser confinada por su temática o su desarrollo. Price se ha preocupado de que el lector quede sumergido en ese submundo que es el cuerpo de policía de Nueva York y lo ha hecho evitando los recursos fáciles del susto, la sorpresa o el giro argumental. Una novela muy disfrutable.

Otras obras de Price en ULAD: The WanderersLa vida fácil

miércoles, 24 de agosto de 2016

Arturo Maccanti: Amor o nada (Antología poética)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Bastante recomendable

Volvemos a la carga con más poesía. Y es que parece que, como las bicicletas, la poesía es para el verano. Tiempo para leer quizá con más calma tumbado en la playa, en un jardín, en un parque. Para leer un poema, pensar en el, no pasar página, volver a leerlo. No sé. A mi en verano como que me apetece leer poesía. ¿Se nota?

En este caso, toca un poeta canario, Arturo Maccanti, fallecido en 2014. Un poeta con una extensa obra, desde sus primeras publicaciones allá por 1959 hasta el año 2005.

Y reseñamos una antología editada en 2015 con varios de los poemas del autor. No sé si una antología es la mejor forma de conocer la obra de un poeta, pero sí lo es a la hora de, al menos, acercarse a ella.

En este caso la antología se estructura en torno a los grandes temas de Maccanti (y de la mayoría de los poetas): la infancia, la memoria, el recuerdo y la propia poesía (quizá habría que dedicar alguna entrada a la "metapoesía"). Además de estos temas , la insularidad (de la tierra y del ser humano) está muy presente en la obra de Maccanti.

Se observa en la antología que su obra más temprana, escrita fundamentalmente en forma de soneto, bebe de la primera época de Ángel González o de Blas de Otero, de esa poesía existencial o existencialista. Con el paso de los años, la forma y el contenido de los poemas se abre a nuevos temas, como los citados con anterioridad, y a nuevas formas como la prosa poética.

Para terminar solo decir que Maccanti es otro de esos poetas "olvidados" por el mundo en general, aunque tremendamente respetado y querido, y con razón, en su Canarias natal.

martes, 23 de agosto de 2016

Edgar Wallace: El hombre que no era nadie

Idioma original: inglés
Título original: The Man Who Was Nobody
Año de publicación: 1927
Traducción: E. A. (para más datos, preguntar en la editorial Santillana)
Valoración: está bien

Reseñamos por fin aquí un libro de Edgar Wallace, escritor miembro de una célebre estirpe, al ser descendiente directo del héroe escocés William Wallace y tío-abuelo del no menos eximio -o incluso más afamado aún... en según qué ámbitos- David Foster Wal... Vale, no, de acuerdo: todo este rollo es más falso que un euro de madera. Para empezar, ni estirpe célebre,  tío-abuelo, ni chufas fritas... Para continuar, el bueno de Edgar Wallace ni siquiera se llamaba así, al menos de nacimiento, pues era el hijo ilegítimo de dos actores de la época victoriana. Y por último, no le hace falta ninguna pertenecer a una familia de renombre para tener su lugar en la historia de la literatura: hablamos de un señor que escribió 170 novelas, nada menos y 18 obras de teatro, amén de infinidad de relatos breves (más de 900) y artículos periodísticos, al que se le considera inventor del thriller literario y que fue guionista de la película King Kong... ¡ahí es nada; sólo con eso cualquiera dejaría esta vida feliz!  Cierto es que hoy en día no es demasiado recordado, ni siquiera en su Inglaterra natal, aunque, sin duda, injustamente. ¡Pero una vez, aquí esta ULAD para desfacer el entuerto, en la medida de lo posible.

De acuerdo, también es verdad que, al menos la novela de la que hablamos hoy, no es que sea para tirar cohetes. Siguiendo la estructura al parecer típica de estos thrillers, se plantean, al principio de la novela, unas circunstancias misteriosas, vinculadas a un posible crimen, y luego el lector va asistiendo al desarrollo y posterior resolución de esos misterios, sin que ni él ni los personajes desde cuyo punto de vista se presenta la narración -en este cado, Marjorie Stedman, la joven y hermosa secretaria de un abogado- tengan del conjunto  sino datos fragmentados y una visión del conjunto forzosamente parcial. No es, pues, una novela-problema o una narración de misterio al estilo clásico, por más que en ella aparezcan los mismos elementos que en las de Agatha Christie, sin ir más lejos: un pequeñopueblo de la campiña inglesa, nobles desaparecidos, fortunas forjadas en minas de oro del Kalahari, petimetres locales, damas que juegan al bridge y actrices de la escena teatral londinense. Además, claro, del "hombre que no era nadie", que responde al improbable nombre de Pretoria Smith (igual que, para el caso, podía haber sido Johannesburg Jones...).

Huelga decir que la novela no satisfará, pienso yo, ni a los amantes del policíaco más duro ni a los de los rompecabezas criminales, pero como baza cuenta con el encanto de los años veinte... y además, con apenas 170 páginas, capítulos cortos y abundante diálogo (precursor Wallace, por tanto, de las técnicas del best-seller), así que se lee en una tarde y aún sobra tiempo para merendar y salir a dar una vuelta. Veranito perfecto...

lunes, 22 de agosto de 2016

Andrés Neuman: La vida en las ventanas

Idioma original: español
Año de publicación: 2002 (revisada en 2016)
Valoración: está bien

La vida en las ventanas es una novela epistolar para el siglo XXI: en vez de cartas, emails. Y dado que fue publicada originariamente en 2002 (yo tuve mi primera cuenta de email solo un año antes), debió de ser una de las primeras obras en usar ese recurso. Claro que eso no la convierte necesariamente en una gran novela, y el hecho de reeditarla ahora, aunque "adaptada", hace que se note todavía más lo rápido que se mueve el tiempo en el siglo XXI...

El protagonista de La vida en las ventanas es Net (sí, Net), un universitario veinteañero irónico y algo inmaduro, miembro de una familia que se quiere presentar como disfuncional (pero que en realidad no es demasiado diferente de muchas familias de clase media españolas) y que escribe obsesivamente emails sin respuesta a su ex-novia, Marina, mientras empieza una relación con otra chica, Cintia, contándole su vida y la de su hermana Paula, la de sus padres o la de su amigo Xavi, barman-literato (o literato-barman) en trayectoria descendente.

Y en realidad, eso es todo lo que hay: Net (sí, Net) hablando de sí mismo, de su familia y de sus amigos; paseando, saliendo de copas, emborrachándose, ligando, masturbándose, consiguiendo trabajos precarios, abandonando trabajos precarios, follando, aburriéndose, comiendo, viendo la tele. Como la vida misma. Personalmente esperaba que la novela fuese creciendo, hasta llegar a algún tipo de clímax, pero más allá de alguna revelación sobre la familia del protagonista, la novela se mantiene en un mismo tono hasta el final.

Así que casi podía hacer como ciertas revistas de cine cuando critican películas, y ponen un cuadradito con "lo mejor" y "lo peor" para lectores vagos que no tienen ganas de leerse la reseña entera:

Lo mejor: el sentido del humor y la ligereza con la que se cuenta la historia. Algunos hallazgos ingeniosos de estilo (antítesis, metáforas, repeticiones). Los personajes secundarios, como la hermana o el amigo.

Lo peor: Cuando el personaje (¿el autor?) quiere ponerse profundo sobre la vida, sobre la soledad o sobre la muerte, y no consigue elevarse más allá del tópico. La intrascendencia del conjunto.

No cabe duda de que Andrés Neuman tiene una pluma ágil y un sentido del humor afilado. Pero eso no es suficiente para escribir una gran novela, si no hay además una buena historia por detrás; y en este caso, la verdad, no la hay. Queda la anécdota de que sea (probablemente) una de las primeras novelas epistolares compuestas por emails, y las ganas de leer a Andrés Neuman escribiendo sobre algo con más "chicha". Pero eso tendrá que ser en otra novela...

También de Andrés Neuman: Hacerse el muerto