viernes, 2 de diciembre de 2016

Albert Camus: Calígula

Idioma original: francés
Título original: Caligula
Año de publicación: 1.944
Valoración: Recomendable


Calígula, ese hombre. El emperador cuyas extravagancias no conocían límite, famoso por hacer correr la sangre de enemigos, hermanos, senadores y amantes con igual delectación (o tal vez desinterés). O por haber nombrado cónsul a su célebre caballo Incitatus (aunque no sé si llegó a hacerlo o fue sólo un amago). Calígula es el personaje histórico elegido por Albert Camus para trasponer algunas de sus ideas sobre el absurdo, ese ángulo del existencialismo cuyo estudio expone ampliamente en ‘El mito de Sísifo’. Dramatizar o novelar el pensamiento filosófico parece una opción interesante para facilitar su comprensión o su divulgación, como ya comprobamos por ejemplo en Unamuno o Sartre.

Cuando llega al poder, Calígula es un chico bastante joven que, según dicen los historiadores, comienza su mandato con buena mano. Pero en poco tiempo parece verse dominado por una especie de demencia y todo se convierte en el carrusel de disparates al que todos asociamos su nombre. Camus sitúa el principio de su obra justo después de la muerte de Drusila, hermana y amante del emperador, y sugiere que es esta desaparición la causa de su locura –aunque más tarde el propio personaje lo desmiente. En realidad, lo que parece haber ocurrido es que, durante unos breves días en que nadie sabe dónde está Calígula, éste ha tenido una especie de revelación. Puede que por efecto del duelo, o simplemente porque sí, ha adquirido conciencia de algunos de los principios que Camus pretende presentar: el sinsentido de buscar un porqué de la existencia, el dolor como mecanismo de liberación, la superación de todo límite (en su caso, el ejercicio del poder absoluto en sentido literal) en busca de la libertad. El emperador ha visto una luz, y se dirige hacia ella en una carrera decidida, aunque aparente ser enloquecida y caótica.

Por su parte, los nobles de Roma vieron seguramente en los primeros tiempos a un muchacho fácil de manipular –esto no lo dice Camus, pero lo leemos entre líneas. Sin embargo, se encuentran de pronto con un tipo que parece enajenado, se ha vuelto tiránico y caprichoso hasta extremos inimaginables y además utiliza razonamientos delirantes, sí, aunque bien trenzados. Así que los patricios ponen pronto en marcha una conspiración para terminar con el chiflado asesino. Tampoco les critiquemos: Calígula les humilla, les arrebata a sus mujeres, no tiene reparo en acabar con unos u otros en el momento más inesperado, y está arruinando a toda Roma.

No creo que sea el momento de entrar en los perfiles del pensamiento que Camus va colocando a lo largo de los sucesivos parlamentos entre los distintos personajes. Centrándonos en el punto de vista teatral, los cuadros escénicos del emperador con los senadores son –como no podía ser de otra manera- ásperos, crudos, siempre bajo la sombra de la guadaña imprevisible del tirano. Los conspiradores están decididos a acabar con él, y Calígula lo sabe, aunque no lo impide como podría. Y, no obstante la intensidad de la situación, esas voces integran de forma sumamente civilizada, racional, intercambios de ideas sólidas sobre la libertad, la búsqueda de lo imposible, la existencia finita del hombre frente a la permanencia del mundo.

Es probable que Calígula no esperase ser comprendido, pero algunos de sus enemigos (Escipión, a cuyo padre mandó matar, o Queneas, su más decidido oponente) demuestran entender sus razonamientos. Entretanto, otros personajes se mueven exclusivamente por interés, por conservar sus privilegios o vengar las afrentas sufridas, con lo que el colectivo se divide claramente en dos tipos bien diferenciados, en función de su grado de consciencia del absurdo, que es a donde el autor quiere realmente llegar.

Finalmente, se hace evidente que el mal no debe triunfar, que es necesario acabar con la degollina y el despropósito, pero quedan también perfectamente definidos los planos político y filosófico. Cada uno de ellos llevará su propio rumbo -claramente divergentes en el caso de Calígula, pero también por ejemplo en el de Queneas-, sin que exista interferencia entre ambos. Así, se deja ver cómo el mismo emperador va diseñando (o mejor, dejando campo libre a) su propio fin, que se precipita poco a poco en las últimas escenas, con un descacharrante concurso de poesía y el asesinato de… bueno, esto lo dejo a la curiosidad del lector.

Seguramente el dislocado proceder de Calígula carecía del impulso filosófico con que lo reviste Camus. Pero esta utilización del personaje genera una trama sólida, en apariencia sencilla, que no obstante ofrece un extenso campo para bucear en el pensamiento que el autor pone sobre la mesa. Y, desde el aspecto puramente literario, el libro resulta sobrio e intenso, y muy eficaz si lo contemplamos como obra teatral.

jueves, 1 de diciembre de 2016

James Carr & Archana Kumar: Hipster Hitler

Idioma: inglés
Título original: Hipster Hitler
Año de publicación: 2012
Valoración: divertido (e inquietante)


Como ya ha escrito alguien antes que yo (soy un cutre, lo sé, pero la idea es demasiado buena para no aprovecharla), Adolf Hitler, Führer del III Reich, fue un hipster avant-la-lettre... ¿Que no? Veamos: de joven, tras una etapa Ni-Ni, quiso ser artista y llevó un estilo de vida bohemio -por no decir clochard- en la capital del aún Imperio Austro-Húngaro, mientras la academia de Bellas Artes le rechazaba una y otra vez (algo muy hipster, también). adema´s, era vegetariano y cuidaba con esmero su vestimenta y corte de pelo, salvo en sus últimos días, que ya no estaba para nada... Y no le hacía ascos -más bien lo contrario- a las drogas de diseño y otros estimulantes. No sçesi le gustaba pasear en bici de piñón fijo, pero sí que he visto, para mi desdicha, alguna foto suya en pantalón corto, con unas bermudas estilo vintage. le gustaba el diseño gráfico y los eslóganes molones, aunque esa tarea se la dejase sobre todo a Goebbels, y se pasaba horas departiendo sobre arquitectura con su amigo Albert Speer... No sé si hacen falta más pruebas...

Algo así debieron de pensar los autores de estas historietas cuando pensaron en convertir al Führer en un hipster de nuestro tiempo (conservando el bigotillo, eso sí; no creo que le hubiese quedado bien la barborra lumberjack); ataviado con gafas de pasta y camisetas con lemas irónicos -Eva 4 Eva; I Love Juice; Back to the Führer...-, nuestro Hitl... uy, perdón por el plural: este particular Hitler bebe ceveza orgánica, juega con videojuegos vintage (es decir, pre-vintage), elige los uniformes para las SS o toma decisiones militares como si jugase al ajedrez chino para ser más multicultural. El Hitler hipster no invade Suiza porque en un país tan montañoso no puede circular en su fixie, propone una estrella de David invertida (sic) como símbolo anti-judío y en Navidad recibe la dickensiana visita de los dictadores del pasado, el presente y el futuro (éste resulta ser el viejo Kim Song Il o Song Il Kim o como sea). ¿Suena todo demasiado extravagante... quiero decir: bizarre? Quizás, pero pensemos que sí existen los llamados nipsters, neonazis tan preocupados de la exclusividad de su estética como de la pureza de la raza aria a la que creen pertenecer. Hay gente pa tó, que diría el clásico...

Hay que reconocer que estas historietas, dibujadas con un austero estilo infográfico, mueven más a la sonrisa irónica que a la carcajada -aunque haya momentos brillantes, como cuando Hitler zanja una discusión con Goering apelando a la Ley de Godwin-. Ello se debe, supongo , a las limitaciones creativas de sus autores, pero también, en gran medida, a la necesidad de dominar varios códigos de humor para entender los chistes: además de los juegos de palabras entre el  inglés y el alemán,se basan sobre todo en la confrontación de elementos de la subcultura hipster y los acontecimientos o circunstancias sucedidos durante el II Reich y la II Guerra Mundial. Incluso es necesario conocer un mínimo de la Historia de esa época para identificar a los personajes secundarios: Rommel, Goebbels, Goering, Eva Braun, Leni Riefenstahl...

Quizá ésta sea la mayor dificultad para disfrutar de las historietas; otra, no menos, pero de otro orden, consiste en saber hasta qué punto tenemos derecho a reírnos de una caricatura amable, después de todo, de un personaje real tan inequívocamente siniestro. Como es lógico, este escrúpulo no se me ha ocurrido sólo a mí: hubo asociaciones judías e incluso algún diputado británico que protestaron cuando salió este cómic, y tampoco es la primera vez que se plantean: recordemos que el propio Chaplin afirmó que no hubiera hecho El gran dictador de haber sabido cuáles serían los horrendos crímenes del III Reich. O, más recientemente, las polémicas acerca de la película La vida es bella o la novela alemana Ha vuelto. Las dudas, en cualquier caso, pueden multiplicaarse hasta la extenuación. ¿somos de alguna forma cómplices del nazismo por reírnos con estas historietas' ¿Seremos cómplices del terrorismo si nos hemos reído también con los sketches sobre ETA de Vaya semanita o con la divertida peli Cuatro leones? ¿Si nos mofamos de Hitler estamos también obligados a hacerlo de otros dictadores no menos sanguinarios, como Stalin, para no ser acusados de tendenciosos? Bien, yo no tengo respuesta a estas preguntas, excepto para la última: en Hipster Hitler también aparece un campechano y borrachín Broseph Stalin, así como hay apariciones estelares de Napoleón, Lenin, Mussolini y hasta Robert Mugabe.

Por otra parte, también se puede reflexionar sobre la actual banalización de estas figuras ominosas de la Historia, incluso sobre su conversión en iconos de la cultura pop dentro de la sociedad de consumo en que vivimos; al fin y al cabo, creo que es de eso de lo que trata este libro. Se llegue a la conclusión a la que se llegue, no está de más una reflexión sobre el tema ahora que parece que los nietos de los seguidores de Hitler vuelven a las andadas en buena parte de Europa. Pero, por desgracia, no de este Hitler hipster, sino del otro, del verdadero cabronazi.






miércoles, 30 de noviembre de 2016

Adelaida García Morales: El Sur, seguido de Bene


Idioma original: español
Año de publicación: 1985
Valoración: recomendable

Puede que se trate de impartir justicia. Tarde, por eso. La foto de Adelaida García Morales en claroscuro blanco y negro que nos presenta la solapa es la misma que ilustra la portada del libro de Elvira Navarro. Sí, ese que ha suscitado tan agria polémica con los límites de la ficción, la libertad creativa y el apoderamiento artístico de las piezas que nos apetece poner para que la cosa, resulte más...dramática (más vendible). Aunque si me permitís, más espeluznantes resultan las notas que acompañan la sinopsis. "Futuro narrativo". "Escritora de fuste". Para tratarse, por aquel entonces, de una escritora que, después, ha muerto relativamente joven, en una situación muy poco holgada, y entre cierta indiferencia, que a lo mejor hay que agradecer a Elvira Navarro que haya contribuido a mitigar.
Puede, también, que sirva para establecer ciertas de esas odiosas comparaciones. Porque tanto El Sur como Bene, de ser publicadas hoy en día por una autora joven provocarían más de un aullido y más de un ascenso al podio de las nuevas voces de la narrativa rural. O es que alguien que haya leído este libro y haya leído Intemperie va a negar que, con un mínimo de voluntad y ganas, puede establecerse una corriente que recorre esas dos décadas largas y que acaba involucrando otros detalles que no son atrezzo: puertas cerradas, habladurías, hogares con sensibles ausencias, misterios, sordidez. El sur como narración debe su fama (merecida) a la película de Víctor Erice, entonces marido de la autora. Pero la novela tiene fuerza por sí sola: un aura de incomodidad recorre cada página y la historia de la niña que, conforme crece, convive con el padre al que todo el resto de la familia parece detestar, es suficiente en su parquedad, en sus enormes espacios oscuros y su uso sencillo pero depurado del lenguaje, y toda su capacidad de sugestión se sostiene en esos intersticios: un padre, cuya muerte se nos ha anunciado en la primera frase, que ha mantenido una extraña relación con entorno lejano y cercano. Sin acabar de ser repudiado, si que está apartado, en una especie de entente cordiale, de todo aquello que pueda suponer un riesgo para sí mismo o para los demás. Los motivos no quedarán esclarecidos del todo, pero mucho parece aflorar, en su actitud hacia la familia, hacia el entorno, hacia la comunidad, iglesia, poder imperante. Una narración breve, pero estimulante.
Bene, más alineada con lo fantástico, como esos cuentos de acampada que involucran tumbas y ectoplasmas, viene a ser un buen complemento para conocer los registros de la autora fallecida en 2014 entre el anonimato y el desconocimiento masivo. Aquí nos adentramos en un enigma más clásico. Bene es la niña con la que no se deja que la protagonista juegue, Bene encarna el misterio en una pequeña comunidad, donde se presenta, ella y sus allegados, como una presencia flotante en el ambiente.
Evidentemente el libro de Elvira Navarro va a generar una corriente (una muestra es esta reseña) de curiosidad hacia la obra de García Morales. No exenta de morbo y de ganas de posicionarse sobre esas polémicas periódicas que al menos deberían revitalizar un poco el panorama literario. No sé, por eso, si hay que exagerar. A otros les corresponde juzgar si se trata de una reivindicación de la obra  de una persona o una coartada para mostrar el incierto futuro que, parece ser, espera a quien se decide a escribir. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Lara Moreno: Piel de lobo

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Cuando hice la reseña de la primera novela de Lara Moreno, Por si se va la luz, dije que me había gustado como propuesta arriesgada y original, tanto en el estilo como en algunos de los temas que trataba. Hablaba de una novela cruda, y de un estilo cuidado y poético. Pero también decía que era una novela sin demasiada acción, y sin demasiada estructura.

Ahora que reseño Piel de lobo voy a tener que repetir algunas de esas ideas, lo que por una parte es inevitable (forma parte del estilo de la autora), pero también hace que la lectura de esta segunda novela me haya sorprendido y enganchado menos.

Como Por si se va la luz, Piel de lobo comienza con una huida: la de Sofía, que escapa de un matrimonio destruido para encerrarse con su hijo en la casa del padre, recientemente fallecido, en un pueblo costero sin nombre. Allí se le une su hermana Rita, y en las tensiones entre las dos (tensiones que se remontan a la infancia) está el verdadero centro de la trama de la novela. La ruptura sentimental de Sofía no es, en ese sentido, más que el desencadenante de un reencuentro que lleva a desempolvar recuerdos, traumas y rencores, y a poner de manifiesto tanto el cariño como la desconfianza que unen a las dos hermanas.

Y sí, el estilo: Lara Moreno es capaz de mezclar un estilo poético, metafórico y cuidadamente adjetivado (aunque unos pocos epítetos me chirríen, pero esa es una cuestión de gusto), con escenas de un realismo crudo y nada idealista, sobre todo cuando se enfrenta a los asuntos del cuerpo (el sexo, la masturbación, la menstruación...). Se agradece que se presente atención a las palabras y no se las reduzca a simples vehículos de la acción, como demasiadas veces pasa, incluso en la considerada "alta literatura".

El mayor problema que le veo a la novela (ya lo avanzaba al principio) es una cierta falta de estructura y de tensión argumental: una vez establecidos los personajes y sus relaciones, en un arranque que consigue atrapar al lector, la segunda mitad de la novela se pierde un tanto en episodios que o bien repiten situaciones anteriores, o bien se pierden sin hacer evolucionar la acción ni a los protagonistas. El episodio de la desaparición del hijo de Sofía en un centro comercial portugués, resuelto con una elipsis, es un ejemplo de este problema, en mi opinión.

Como se ve, en cierto modo Piel de lobo es una variación de Por si se va la luz: personajes escapados, aislados, en un entorno rural / costero en el que las tensiones previas se agudizan; estilo cuidado y realismo crudo; tensión poética por encima de estructura narrativa. Y aunque la novela tiene aciertos innegables (y sus últimas páginas son uno de ellos), queda el deseo de que en futuras obras Lara Moreno consiga encontrar un equilibrio mayor entre estilo y trama. Sea como sea, merece la pena seguir leyéndola, y seguir esperando de ella una obra mayor y definitiva.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Alexander Bogdánov: Estrella roja

Idioma original: Ruso
Título original: Krásnaia Zvezdá
Traducción: James y Marian Womack
Año de publicación: 1908
Valoración: Recomendable

Uno se imagina a Alexander Bogdánov como a uno de aquellos hombres del Renacimiento que eran, al mismo tiempo, pintor, escritor, arquitecto, escultor, músico, filósofo y no sé cuántas cosas más. Porque resulta que Bogdánov fue, entre otras cosas, filósofo marxista (llegó a ser colaborador de Lenin, al que después llegó a enfrentarse), médico y escritor. Un tipo cuya biografía es digna de película.

Fruto de estas tres vertientes de Bogdánov es este "Estrella roja". Escrita en 1908, en lo que los bolcheviques llamarían "período de reacción", tras el aplastamiento de la revolución de 1905 (sí, la del famoso acorazado Potemkin que inmortalizara Eisenstein), se trata de una especie de resumen de la teoría política de Bogdánov, bajo la forma de novela de ciencia-ficción.

Dividida en tres partes, la obra son las notas de Leonid, un revolucionario ruso al que los habitantes de Marte seleccionan para ser su "embajador en la Tierra". Y es que Marte es una utopía socialista sin Estado, un planeta en el que la sociedad se organiza de forma armónica a partir de la ciencia y la tecnología y del cual Leonid deberá aprender lo máximo posible con el fin de llevar dicha organización a la Tierra.

La primera parte del libro es la más ciencia-ficción. Comprende el viaje de la Tierra a Marte en un eteronef (¡una nave espacial impulsada con energía nuclear!) y el descubrimiento y el asombro de Leonid ante las explicaciones, experimentos y experiencias de sus compañeros de viaje. En esta primera parte se dejan ya ver algunos de los valores de la sociedad socialista, como la igualdad entre todos los miembros de la expedición, con independencia de su sexo o grado de responsabilidad

La segunda parte es una descripción más completa de la sociedad "marciana". Junto a avances tecnológicos hoy muy reales, pero impensables en su momento, como el fonógrafo (una especie de tocadiscos unido a una máquina de escribir), una especie de cine en 3D o las videollamadas, Leonid descubre la organización socio-económica de Marte, su "industria" cultural, sus sistemas educativo y sanitario, etc. Un compendio de lo que quizá fuera para Bogdánov la sociedad ideal. Pero también comienzan a aparecer los problemas que se desarrollarán en la última parte del libro. Por un lado, la superpoblación y la escasez de recursos naturales en Marte, y por otro la sensación de extrañeza y duda que comienza a invadir a Leonid, que le llevan a este a buscar, y encontrar, el amor.

Estos problemas copan la última parte del libro, la más política, la más visionaria y también la más novelesca. Porque los recursos son escasos y la población crece exponencialmente surge la eterna pregunta: "¿Qué hacer?". Y aquí hay dos visiones que prefiguran, en cierta forma, parte de las luchas internas que desangrarían a la Unión Soviética en los años 20 y 30. A partir de esta pugna los acontecimientos se precipitarán poniendo fin a la novela.

Es, por tanto, "Estrella roja" una novela política de ciencia-ficción que, pese a haber transcurrido más de cien años desde su publicación, no ha envejecido nada mal. Esto se debe a lo asombrosamente visionario que se muestra Bogdánov en ambos aspectos. Las predicciones que realiza en materia de ciencia y tecnología se asemejan enormemente a lo que sucedió posteriormente (naves espaciales, teléfonos móviles, uso de la energía nuclear, etc) y en materia política, su principal virtud reside en su capacidad, pese al candor con el que muestra sus virtudes, de alertar de los peligros a los que podía estar expuesto el socialismo. Lástima que la parte novelesca sea algo más floja. Pero esto no es impedimento para que se trate de un libro curioso y disfrutable de un autor con una biografía aún más atractiva que su obra.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Julio Cortázar: Todos los fuegos el fuego

Idioma original: español
Año de publicación: 1966
Valoración: imprescindible

Cuando busco en internet para completar la reseña veo que este libro tiene ya 50 años. Y aunque no debería extrañarme, me quedo pasmado con, salvaguardando los debidos avances de la ciencia, lo actual que resulta y los pocos escritores que han alcanzado tal nivel en lengua española.
Todos los fuegos el fuego está compuesto por de ocho relatos entre la decena y la cuarentena de páginas y sus temáticas no pueden ser más variadas. Hasta gladiadores vamos a encontrarnos.
"Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordarnos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la mitad."
 Y los escenarios pueden estar separados por siglos, pero hay cierta condición difícil de describir que emparenta estos ocho relatos. Y es que, aunque puedan parecernos fantásticos, solo están a un paso de ser reales, de ser posibles. A veces un paso absurdo, una mera vuelta de tuerca virtual.
Cortázar empezó con el que, a priori, puede parecer más imposible: La autopista del Sur reúne a cientos de automovilistas parados en el clásico atasco monumental al regreso a una gran ciudad tras el fin de semana. No sabemos acerca de sus protagonistas: los nombran las marcas y modelos de sus coches, en un primer guiño brutal que habla bien claro acerca de la agudeza del autor: la persona definida a través del vehículo que conduce. Después se añadirán más. El agrupamiento en función de la cercanía geográfica, la distribución de tareas y funciones, la difícil integración con el nuevo entorno forzado. Simbolismos a destajo en un relato modélico en su desarrollo.
Le siguen otros siete, y permitidme que no me comporte conforme a los cánones glosando sus sinopsis y sus cualidades, que todos las tienen. Reunión, el que se inicia con el párrafo que he incluido, nos sitúa en una eventual isla en medio de un desembarco armado. La señorita Cora, extraordinario en su sutileza, desarrollo y corrientes subterráneas, nos muestra la relación entre una enfermera y un adolescente hospitalizado. La salud de los enfermos se pliega sobre sí mismo en ese nudo (también presente en sentido inverso) de sobre-protección que justifica engaños viles y mentiras piadosas. Instrucciones para John Howell le daría a Paul Auster para media docena de novelas y La isla al mediodía retrata al hombre moderno, al asalariado que consume su jornada de trabajo ensimismado, mejor que muchas novelas modernas. Pues vaya: si apenas me he dejado dos, quizás más difíciles por su desdoblamiento de personajes, pero en cualquier caso extremadamente bien escritos.
Por todo lo cual, y considerando que, cincuenta años tras su publicación, ya ha habido tiempo para que otros muchos hablen más y mejor de este libro, ya os dejo en paz: lo sencillo que es hacerse con este libro y las maravillas que encontraréis en él no vais a verlos en muchos sitios.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Elizabeth Strout: Me llamo Lucy Barton

Idioma original: inglés
Título original: My Name is Lucy Barton
Año de publicación: 2016
Traducción: Flora Casas
Valoración: poco honesta y prescindible


Ya tenía yo ganas, la verdad... ¿De qué? ¡Pues de reseñar un libro malo de narices, claro! Sí, no me he vuelto loco (aún); me explico: un compañero que ya había reseñado algún que otro libro auténticamente "mierder" (como se dice ahora) aseguraba que la experiencia, lejos de frustrante, era divertida y liberadora, así que yo llevaba un tiempo esperando el título adecuado para hacer lo mismo (y que no fuera de Belén Esteban, ojo, que tampoco me va el BDSM). Al final, sin buscarlo, he leído esta exitosa novela que cumple los requisitos, Me llamo Lucy Barton, sobre todo por la curiosidad que me provocaba: por un lado, varias luminarias de las letras hispanas y la mayoría de los medios la han puesto por las nubes; por otro, leí un par de reseñas que la ponían más o menos a parir (según expresión castiza y cipotuda, como también se dice ahora).
¿Acaso ésta es una mala novela por su argumento? Veamos: la historia, en principio bastante sencilla, se desarrolla mientras la protagonista convalece en un hospital neoyorquino a comienzos de los 80, en plena eclosión del SIDA (circunstancia que parece va a tener cierta relevancia pero luego, no tanto), al que su madre, a la que no ve desde varios años atrás, acude para cuidarla. Nos vamos enterando de varias cosas: que hay mal rollo entre hija y padres y entre yerno y suegros. Que la protagonista se crió en una pobreza casi extrema, en una granja de Illinois, de donde salió para nunca más volver. La madre además, pasa el rato contando anécdotas, bastante insulsas, sobre conocidas a las que les ha ido mal en su matrimonio y la prota, Lucy, va rememorando episodios de su infancia. Poco a poco, de una manera aparentemente indirecta -pero ya se encarga la autora de remarcarlo todo-, nos vamos enterando de que en su historia, además de esa pobreza traumatizante, también se oculta un pasado de malos tratos y quizás incluso algo más turbio...
Bien, es evidente que la trama no es trepidante, que digamos, pero eso tampoco es necesario en una buena novela. ¿El problema está entonces en que estamos ante una historia que habla de sentimientos, de pérdidas, de carencias afectivas? Por supuesto que no, que uno será un machirulo heterosexual y todo eso, pero también tiene su corazoncito... ¡Ah ya, entonces lo que ocurre es que las protagonistas son mujeres y ves la novela como inequívocamente femenina! Hombre, ¿a estas alturas con eso? Por favor... No, la razón fundamental por la que ésta es una mala novela es por estar escrita con el cu... perdón, no quiero ser grosero: está escrita con el pompis. Y da lo mismo si el susodicho pompis pertenece a una escritora norteamericana ganadora del Pulitzer que al más pringado juntaletras español o chino: un libro escrito con dicha parte del cuerpo nunca puede ser bueno.
Para empezar, la estructura de la novela, aparte de irregular, resulta desganada, indolente... de forma más acentuada -y significativa- según avanza la narración: junto a capítulos con un desarrollo bien organizado, encontramos otros de apenas unas cuantas líneas en los que no se cuenta nada. NADA. Ni siquiera el consabido recurso de "historias dentro de la historia", en principio prometedor, tiene demasiado interés; los cotilleos que cuenta la madre sólo sirven para ahondar en su semblanza de una mujer amargada y afectivamente pétrea.
El estilo es aún peor: exceptuando algún aislado momento de mayor brillantez (o quizás brillen en comparación con la ganga que les rodea),el tono general es pedestre, ramplón, ahíto de conjunciones y repeticiones (este truquito, el de repetir varias veces una frase o parte de la misma, es muy útil, como con total acierto señala Olmos en su reseña, para sugerir una profundidad que no existe), buscando una naturalidad impostada, una falsa sencillez.
-Bueno, pero es lógico, si la protagonista-narradora salió de una granja misérrima del Medio Oeste...
-Sí, pero luego fue a la universidad con una beca y sobre todo, ¡se supone que se convierte en escritora! ¿No debería cuidar un poco más su prosa? (esto me pasa, por cierto, por incumplir la norma de no leer novelas protagonizadas por escritores).
-Pero es que en esta novela lo relevante no es lo que aparece escrito, sino justo lo que NO aparece...
-No, si eso ya se nota... Una excusa más para la VACUIDAD. Además, todos conocemos a personas que parecen muy inteligentes por ser silenciosas... hasta que un día abren la boca. Pues aquí ocurre algo parecido...
Con todo, lo peor no es que esta novela sea pésima; incluso tienen algunos momentos salvables -básicamente, los recuerdos de infancia de Lucy- que nos dejan ver lo que podría haber llegado a ser. Lo peor es que es una novela poco honesta. Primero, porque se utiliza con ánimo sensiblero el tema, ya algo recurrente, del maltrato infantil... ¿me tiene que gustar una novela por eso? ¿Me tengo que sentir culpable si no me gusta? Eso se llama CHANTAJE. Después, porque me parece evidente que doña Strout, tal vez acuciada por los plazos de entrega al editor, se ha limitado a pasar a limpio alguna libreta de notas o archivo de Word, lo que sea, con apuntes para una novela, hilvanar los fragmentos con ese "estilo  falsamente natural americano" y chin-pún; a pasar por caja. Que los principales medios de comunicación españoles y algunos renombrados miembros del gremio literario hayan picado el anzuelo, no deja de asombrarme. O bueno, quizá no...
En fin, ya he reseñado una novela que me parece más mala que el sebo. Y la verdad, no me he quedado para nada satisfecho; más bien todo lo contrario: me sigue dando rabia haberla leído.