lunes, 29 de mayo de 2017

Javier Valdez Cárdenas: Malayerba (La vida bajo el narco)

Año de publicación: 2009
Valoración: Muy necesario


Javier Valdez Cárdenas fue brutalmente asesinado el pasado 15 de mayo en Culiacán (Sinaloa, México), ciudad que le vio nacer allá por 1967. ¿El “motivo”? Pues, sencillamente, su labor como periodista, profesión tantas veces menospreciada y tantas veces maltratada, desde la cual denunció los estragos originados por el narcotráfico y el crimen organizado.

Una idea de la magnitud de la tragedia causada en Sinaloa por el crimen organizado la dan las siguientes cifras:

Sinaloa sumó cerca de mil doscientos homicidios en el 2008. Unas ochenta personas que no tenían qué ver con el narcotráfico cayeron abatidas por las balas. Cerca de 112 agentes de las policías Federal, Estatal y Municipal, y también efectivos militares, fueron asesinados en circunstancias similares.

Más allá de las fríos datos, hay dos componentes en la tragedia que quisiera destacar; por un lado, el ambiente de psicosis, terror y paranoia colectiva; por otro, la normalización de la violencia en la vida cotidiana, su aleatoriedad y su institucionalización. Es fundamentalmente contra este segundo componente contra el que van dirigidos los escritos de Valdez Cárdenas: contra la impunidad, contra el machismo, contra la corrupción política y policial, contra la complicidad del gobierno y la policía con narco, etc.

La forma elegida en esta ocasión es la del relato breve, de apenas 3 o 4 páginas. Unos 75 relatos de un nivel medio muy alto. Desgraciadamente, y más desde ese fatídico 15 de mayo, la principal virtud del libro no es su calidad literaria sino su capacidad para remover estómagos y despertar conciencias. Esto lo consigue poniendo en primer plano la omnipresencia de la violencia en sus diferentes formas, una violencia que atraviesa la vida de los seres que pueblan los relatos. 

Esos seres pueden ser niños que juegan a los balazos, a las camionetas y a los rifles de alto poder, niños que llevan en su inocencia el lenguaje de la muerte, jóvenes vírgenes entregadas al capo local de turno con el fin de intentar salir de la miseria, adolescentes con prisa por vivir y por tener dinero, hombres y mujeres adultos en busca de dinero fácil para una vida mejor, policías que se juegan la vida por cuatro pesos y se pasan al otro bando, etc. 

Estos son solo algunos ejemplos. Otros pueden ser aún más casuales, como un camarero que escucha una conversación que no tendría que haber oído, alguien que colisiona con la furgoneta de una panda de matones, alguien que saluda a quien no debe en el momento más inoportuno., etc.

En los relatos de “Malayerba”, en Culiacán, en Sinaloa, la violencia es aleatoria. La vida vale una mierda. O menos que una mierda. Vale lo que quiera el narco, el policía o el alcalde corrupto de turno. Pese a saberlo perfectamente, Valdez Cárdenas se atrevió a denunciarlo y le costó la vida, como les ocurre a algunos de los protagonistas de sus relatos.

A nosotros, como lectores, nos queda la obligación de acercarnos a sus escritos, de no ignorar la jodida realidad y de tratar de que su asesinato, como el de tantos otros, no quede impune.

domingo, 28 de mayo de 2017

Conrad Schirokauer: Breve historia de la civilización china

Idioma original: inglés
Título original: A Brief History of Chinese Civilization
Traducción: Yolanda Fontal y Carlos Sandiña
Año de publicación: 1.990 (edición de 2.006)
Valoración: Está bien (Recomendable como mínimo para muy interesados)


Decía aquella famosa frase atribuida a Napoleón: ‘Cuando China despierte, el mundo temblará’, o algo así. Bueno, pues ya ha despertado, quizá no como imaginó Napoleón, sino en una desconcertante metamorfosis desde el comunismo hermético del ‘Libro rojo’ hasta el actual capitalismo rampante bajo Partido único. Mutación que las cancillerías occidentales seguramente acogieron con regocijo, que siempre es mejor que te compren a que te bombardeen (o no?) Así que, antes de que el chino se imponga como lengua obligatoria en próximas leyes de educación, haremos bien en ir informándonos un poco por encima sobre el origen de ese inmenso país, que ya nos provee de buena parte de los bienes que consumimos –y ya no sólo de los más baratos.

Cuando manejamos un libro de Historia que abarca una cronología muy extensa, el problema es casi siempre el mismo: de no ser que estemos muy interesados o dominemos un poco determinados periodos, las fases más remotas normalmente nos resultan ajenas y, en definitiva, el texto acaba por aburrirnos un poco. No les digo nada si además hablamos de una cultura de la que, como lectores occidentales, desconocemos prácticamente todo, empezando por el idioma. No nos engañemos, no es fácil lidiar con decenas, tal vez cientos, de Song, Han, Tang, Wang, Li, Chang, y así sucesivamente; sin las referencias visuales que, por mínimas o estereotipadas que sean, tenemos de personajes más próximos, sean europeos, egipcios o indios americanos; y con la consecuente imposibilidad de distinguir, ni por nombre ni por imagen, a emperadores, políticos o artistas, y menos aún al pueblo llano, a lo largo de muchos siglos. 

En tales situaciones el lector queda desarmado, perdido como un náufrago en mitad del océano. Nunca voy a defender que un historiador deba utilizar trucos para entretener a sus lectores, pero las materias pueden presentarse de diferentes formas, y el autor puede tener o no la habilidad de utilizar la más adecuada al target teórico del libro (ese lector occidental y poco informado sobre el tema, o sea, nosotros). En este caso, lo cierto es que ni el profesor Schirokauer ni –aún menos- su colaboradora Miranda Brown (que firma los tres primeros capítulos) brillan precisamente en esa faceta, de forma que aproximadamente la primera mitad del libro se hace un tanto árida.

Tampoco contribuye a aligerar el peso la notable atención que se presta el pensamiento y las artes. Desde muy pronto tenemos una presentación de las tres corrientes religiosas básicas en la sociedad china (confucianismo, taoísmo y budismo), cuya evolución se irá revisando a lo largo de los diferentes periodos históricos. E igualmente vamos teniendo noticia de las tendencias artísticas, en concreto literatura y pintura/caligrafía. En principio es de agradecer la atención que se presta a estas cuestiones, muchas veces relegadas en los libros de Historia, pero hay que admitir que tampoco aquí las cosas son fáciles porque la distancia entre las culturas orientales y el lector occidental resulta una vez más abrumadora. Y, a mi modo de ver, el libro no facilita el camino, acumulando demasiados datos, excesiva información que no permite una visión clara del conjunto.

Como era de esperar, según avanzan los siglos y las dinastías la lectura empieza a resultar más digerible. Empezamos a entender que China no es en absoluto un país uniforme, sino un gran mosaico étnico en el que ni siquiera sus emperadores tuvieron siempre el mismo origen nacional. Y, como tampoco podía ser de otra manera, las cosas cambian de forma decisiva en cuanto asistimos al momento en que el gigante asiático comienza a recibir visitantes europeos, es decir, del otro confín del mundo. Llegan por supuesto los ingleses, pero también holandeses, rusos, portugueses y franceses, mientras se incrementa la tensión con vecinos más cercanos, sobre todo Japón. Esta etapa que se podría llamar de ‘apertura forzosa’ me parece especialmente significativa. China es un país (imperio, región, como se quiera) casi siempre dividido, sumido en conflictos internos o fronterizos (Mongolia, Manchuria, Tibet), pero es también un territorio inmenso, con instituciones reconocibles y dinastías imperiales desde el Neolítico. Y sin embargo, en cuanto se encuentra al extranjero (occidental), con sus inventos, su vestimenta y sus armas, el gigante parece desmoronarse, como un ser enorme y primitivo, incapaz siquiera de defenderse. De forma que, desde la Guerra del opio  hasta la Segunda Guerra mundial (en la que apenas tuvo una intervención relevante), China perdió prácticamente todas las guerras que mantuvo –contra Inglaterra, Francia, Rusia y Japón- y en ese proceso fue también cediendo en todo lo que le exigieron: territorios, prerrogativas comerciales, pagos en metálico.

Este panorama deprimido desemboca en distintos episodios de enfrentamientos internos, que sucesivamente provocan la caída de la última dinastía (Qing), el ascenso del nacionalismo y finalmente la revolución comunista. Bueno, hasta que ésta, medio siglo después, ha alumbrado el peculiarísimo régimen actual al que me refería al principio. Claramente, este última parte del libro resulta mucho más asequible, en tanto en cuanto empezamos a reconocer a los actores y los acontecimientos nos resultan más cercanos. 

Una vez más, creo que me he extendido más de la cuenta. Así que termino sintetizando al máximo: libro denso, estructurado de forma cronológica y con algunos útiles esquemas que presentan las distintas épocas de forma visual, materia interesante aunque ardua en su mayor parte, y autores que no consiguen del todo mantener la atención del lector corriente. Resultado: Está bien (o tal vez un poquito más).

sábado, 27 de mayo de 2017

Colaboración. Gabriel Celaya: El silencio vasco


 Resultado de imagen de celaya silencio vasco


Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable. Imprescindible si se tienen sentimientos vascos.
 
Esta antología recoge los poemas de tres libros de Celaya: Rapsodia Euskarra (1961), Baladas y decires Vascos (1965) e Iberia sumergida (1978). El motivo de su unión es su nexo común: La idea de España en relación a lo vasco. 
A lo largo de los tres libros se produce una evolución en los pensamientos del poeta de Hernani. En Rapsodia, España aparece como un enemigo que impone su lengua y sus costumbres a un pueblo prerromano y libre. En este momento se encierra en lo vasco, en sus montañas y en su mar. Un reducto de libertad a todo aquello que les es impuesto. Hay que recordar el momento en que Celaya escribe estas líneas, en mitad del Franquismo cuando todo sentimiento regionalista se une a las ideologías que persigue el régimen, se prohíbe la lengua y las costumbres. Celaya reivindica. 
Más adelante, en Baladas y en Iberia, se retrotrae al momento anterior a España y a la situación actual: Iberia. Un lugar en el que todos tienen sitio: vascos, murcianos, castellanos y extremeños. Anterior al Imperio Romano al que no tolera, que impone, conquistador sobre los pueblos libres anteriores a su dominio. Es en la imagen pasada donde encontramos la patria común de una España desunida, rota y conquistada de nuevo.  

Su vocación unificadora y federalista no le impide atacar Madrid y su chabacanería, su falta de aire limpio, su civilización bárbara. Lo mismo que la Castilla dominadora, iletrada y seca. Celaya es un regionalista del mar, de los bosques, de las flores y del shirimiri. Canta por las regiones oprimidas. Pero no es un canto de odio y venganza, canta desde la resignación del que está sometido, pero aún con esperanzas de ser libre. 

Envuelve su lírica de leyendas y magia norteña. A través de cantos, invocaciones y cuentos. Las sorguiñas, Ferrón, el señor del bosque y la leyenda de Zugarramurdi, el caso de brujería más famoso de España.


Lunes. Martes. Miércoles. Tres.
Jueves. Viernes. Sábado. Seis.

El gato azul de la noche
ha enarcado su joroba.
La tijera cayó abierta
y la escoba barre sola.




También hay lugar para canciones, historias y paseos por Donosti. La poesía del euskaldún está repleta de todo ello: magia, historia y rimas. En este Silencio la poesía de Celaya es poco intimista, apenas hay amor, inquietudes o religión, a diferencia de Blas de Otero que también es un representante de la poesía social vasca. El carácter social es lo que parece impedir la egolatría. En este momento de represión el poeta canta por las minorías calladas, por las tierras calladas. Se hace pregonero del silencio vasco.

El vasco se puso al margen
de la civilización.
No tuvo historia; no tiene
más verdad que el cromlech-sol

Pero a veces sale un loco,
y por eso escribo yo,
que al predicar el silencio,
doy el sí, diciendo no.



Firmado: Guzmán García


viernes, 26 de mayo de 2017

Haruki Murakami: De qué hablo cuando hablo de escribir

Idioma original: japonés
Título original: Shokugyo Toshite No Shosetsuka
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable (para fans)

En este libro autobiográfico, Murakami nos cuenta su relación con la literatura y el proceso de creación de su obra, retomando parte de los elementos  biográficos que ya le sirvieron en su día para explicar como era su día a día en su anterior libro «De qué hablo cuando hablo de correr» donde ya daba sus primeras pinceladas de por qué empezó a correr así como la forma en la que se organizaba la vida y lo combinaba con su trabajo de escritor. De la misma manera, también nos aportaba apuntes sobre sus inicios en la vida profesional y cómo empezó abriendo un bar, hasta que lo dejó para dedicarse a la literatura. Así, lo que en su anterior libro eran únicamente unos apuntes para describir su vida diaria y su relación con el deporte, en este libro lo centra en la vida profesional, por lo que probablemente agradará especialmente a los seguidores interesados por su obra más que por el personaje.

Estructurada en capítulos correspondientes a los diferentes temas que quiere tratar, Murakami nos cuenta en primer lugar la (poca) importancia que le da a los premios literarios, en qué se basa la originalidad que transmite a sus obras, en el placer que encuentra escribiendo y haciéndolo libremente, su proceso de creación, la necesidad de haber leído mucho y ser muy observador para poder crear dentro de sí un espacio donde guardar tanta «materia prima» como sea posible. Así, describe como escribió su primer libro «Escucha la canción del viento» durante las madrugadas, después de cerrar el bar, y como tenía serias dudas de cómo encajaría debido a su poco conocimiento de la literatura japonesa contemporánea ya que leía básicamente literatura rusa y americana. La forma en la que nos explica su primera novela nos revela detalles interesantes acerca del origen de su particular estilo: después de un primer intento de escribir el libro, que no pasó su propio filtro, pensó que el problema era que intentaba escribir una buena novela con los cánones e ideas preconcebidas de cómo tenía que ser una buena novela según la literatura japonesa existente, y él no podía escribir de esta manera. Así que, para cambiar el marco, dejó papel y pluma, cogió máquina de escribir con caracteres ingleses y empezó a escribir, en inglés. Debido a su nivel de inglés, escribió principalmente frases cortas y así fue como acabo encontrado su estilo tan propio, sin grandes descripciones, con frases de estructura simple y que acabaría adoptando al escribir directamente en japonés.

Como apuntes interesantes, nos cuenta su proceso de escritura y su meticulosidad (como la de escribir diez páginas al día, tanto si está inspirado como si no) para establecer un ritmo que le acompañe en toda la escritura de una novela y que, hecha una primera escritura, la reescribe cuatro veces para pulirla, dejando un espacio de tiempo entre reescrituras.  Según indica Murakami, para un escritor,  la actitud que tiene más sentido es la de estar decidido a mejorar el texto. También, enlazando con su obra previa «De qué hablo cuando hablo de correr» recuerda la importancia de tener el cuerpo físicamente activo para, a la vez, estimular las neuronas y mantener la creatividad.

Probablemente uno de los capítulos más interesantes sea el dedicado a los personajes y cómo los construye: pasando de sus primeros inicios al uso de primera persona y personajes sin nombre, al uso de la tercera y poniendo nombre a los personajes; esto le permitió añadir complejidades a la vez que ampliar el abanico de los mismos para hacer historias más completas. Asimismo, este hecho le permite tomar distancia como escritor del personaje principal y tener la posibilidad de no identificarse con él. Murakami añade el ejemplo de «El gran Gatsby» para explicar esta opción narrativa, donde la primera persona no es Gatsby sino Carraway.

También nos cuenta cómo, a raíz de las críticas que recibió en sus inicios en Japón por no considerar como «literatura» a lo que publicaba se fue a vivir al extranjero, para así poder escribir en un entorno libre de interferencias. Nos cuenta además, la poca importancia que le da a los premios y a lo que aportan al propio escritor. Para él, el premio está en que los lectores lo valoren lo suficiente para comprar sus libros, ése es el mejor premio que puede obtener, donde sí hay una recompensa personal.

Como aspectos algo más ajenos a su obra, el libro da unos apuntes acerca de cómo es el sistema educativo en Japón y las grandes lagunas que ve en el sistema. También habla acerca de como los autores encajan el hecho que personas que se dedican a otros trabajos se decidan a publicar libros (actores, etc.). Parece que en Japón no se lo toman a mal, no lo perciben como si fuera una invasión de su territorio. Ignoro si en otros países lo encajan igual pero lo veo especialmente interesante en un momento donde cada vez más personas de otras profesiones escriben: locutores de radio, periodistas, actores, etc.

El aspecto más negativo del libro se encuentra en cierta tendencia a la repetición de ideas, dando vueltas a las mismas reflexiones. Entiendo que, al articular el ensayo en diferentes capítulos por temática, hay ideas que afectan a varios de ellos pero, aún y así, da la sensación de querer alargar la historia más en lugar de repetir para enfatizar. De todos modos, es un libro interesante para conocer qué hay detrás de la obra del autor y cabe decir, en su favor, qué Murakami no intenta sentar cátedra sobre cuál es el mejor proceso de escritura; él nos descubre el suyo particular e indica reiteradamente que es su opinión. Sin duda, sus seguidores agradecemos que haya encontrado un método tan característico y que le permita escribir con un estilo tan propio y, a mi modo de ver, tan interesante.


jueves, 25 de mayo de 2017

Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea


Idioma original: español

Año de publicación: 2016
Valoración: bastante recomendable

Una curiosa sensación que no experimentaba desde algunas de las novelas de Javier Cercas: cerrar el libro y preguntarme hasta qué punto Villalobos ha entremezclado detalles de su vida real, más o menos precisos e identificables, con una combinación de conocimientos sobre vidas ajenas y elementos de su imaginación. Ay, lo de la autoficción termina dando mucho juego a los escritores (a Villalobos le ha servido para ganar el Herralde) y acabará dando juego a los psicoanalistas el día que les dé por especular si todos esos escritores no aprovechan para exponernos vidas alternativas, regresos virtuales a posición de salida o a casilla intermedia incorporados.
El caso en esta novela es paradigmático. Juan Pablo Villalobos, personaje, acude a Barcelona para sus estudios de literatura, en compañía de Valentina, novia que lee a Bolaño, y allí, entre cartas de su madre, y una serie de personajes no por identificables menos variopinta, deberá colaborar con una red criminal de México, país de origen, donde otros misteriosos y siniestros personajes, casi todos con su apodo (no hay red criminal que se precie sin apodos) le presionarán para que se infiltre en una de esas familias barcelonesas de pro, casualidad, relacionada con un político corrupto, más casualidad, de modo que se instale en uno de esos pisitos chic de Sant Gervasi y vaya colaborando. Sus reuniones con los delegados de la trama criminal incorporarán lateros pakistaníes, okupas de incógnito, policías locales pelirrojas, todo con ese telón de fondo que es la Barcelona y la Catalunya actual, una tierra confusa y expectante, donde la vida ha de seguir mientras los políticos van aturdiendo y perdiendo el tiempo, pensando todos que ese paso del tiempo actuará en su favor.
Villalobos conduce la novela con cierta sensación acelerada que la beneficia, aunque he de decir que, por lo general, no suelen convencerme las mezclas de sensaciones, y esta novela parecía ir a decantarse hacia lo criminal.
No voy a pedirle a nadie que me crea reproduce cierto aire vodevilesco, el que se desprende de diferentes situaciones, gente de diversas procedencias insertada en esa ciudad de contrastes, una sensación algo atropellada (sensación ayudada por la estructura que va dando saltos, con la omnipresencia de las cartas de la madre, una especie de regencia ejecutada a distancia) que, conforme todo se enturbia y mucha gente empieza a no ser lo que parece (hilarante el pakistaní que lleva un pack de latas de cerveza para disimular), conduce la novela hacia un final abierto y ligeramente aleccionador. Siempre que puedas, aleja a los criminales de tu existencia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Julia Strachey: Precioso día para la boda

Idioma original: inglés
Título original: Cheerful Weather for the Wedding
Año de publicación: 1931
Traducción: Laura Salas Rodríguez
Valoración: está bien

Encuadrada dentro de ese peculiar género  que podríamos denominar "literatura humorístico-romántica británica del periodo de entreguerras" (seguro que existe un nombre más sintético, pero yo lo ignoro) y que en los últimos años ha estado de moda entre algunas editoriales españolas, (no sé si sigue estándolo), facilitándonos asi el acceso a divertidos autores como E. F. BensonNancy MitfordD. E. Stevenson o Stella Gibbons, encontramos también a esta Julia Strachey (ya acabo la frase, tranquilos), escritora que, sin embargo, tiene un par de peculiaridades con respecto a otros del mismo registro: en su vida sólo publicó un par de novelas  y además  perteneció a un grupo de lo más selecto dentro de la cultura británica, el conocido como Círculo de Bloomsbury (entre otras cosas, porque era sobrina del irónico y elegante Lytton Strachey). De hecho, esta Precioso día para la boda fue publicada en su momento por Hogarth Press, la editorial fundada por Leonard y Virginia Woolf.

Y eso que, en un principio, la novela no parece adscribirse a un argumento demasiado "intelectual" (pongamos todas las comillas del mundo, por favor): estamos en la casa de la acomodada familia Thatcham, en plena campiña inglesa, junto al mar, un ventoso día de marzo. La casa está repleta de parientes y otros invitados porque es el día en que la hija mayor, Dolly, va a casarse con Owen Bigham, un joven y prometedor diplomático. Ahora bien, mientras su madre y hermana -con no pocos nervios- tratan de organizar el evento, dando órdenes al servicio, atendiendo a los invitados, etc... la novia, mientras se prepara, no puede dejar de sentir las consabidas dudas prenupciales, centradas en su caso en la figura de un amigo, también presente en la casa, el aún estudiante Joseph.

Esta premisa, unida a un panorama de personajes secundarios preñado de excentricidad e ironía, parecen conducir de manera inevitable hacia una de esas novelas que he mencionado antes, "humorístico-romántico-costumbrista". La sorpresa -y quien siga a partir de aquí lo hace por su cuenta y riesgo, si es que pensaba leer la novela- es que no: la historia evoluciona, o quizás es más exacto decir "se diluye", hacia un principio de drama cuasi existencial, al menos en lo que concierne a la (no) pareja protagonista. Drama que tampoco cuaja del todo, hay que señalar, por lo que, al quedar en agua de borrajas tanto en la vertiente humorística como en la dramática -también es cierto que su brevedad impide que se desarrolle convenientemente en cualquiera de las dos- el libro deviene en un inesperado híbrido, ni carne ni pescado, habitante de una tierra de nadie literaria...

Lo que no quiere decir, y aquí viene la siguiente sorpresa, que sea una mala novela: el estilo, sobre todo, es preciso y elegante, demostrando un especial talento y esmero de su autora en la descripción tanto ambiental como de personajes, cuyos diálogos son, además, ingeniosos y punzantes sin perder por ello la verosimilitud. Es una lástima, pues, que Strachey no tuviera una visión más general al escribir la novela o cambiase de opinión sobre su objetivo a media escritura; de haber guardado una mayor coherencia, en un sentido u otro, nos encontraríamos ante una obra notable y, sobre todo, más memorable de lo que al final resultó ser.



martes, 23 de mayo de 2017

Dragan Velikic: Bonavia

Título original: Bonavia
Idioma original: Serbio
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Año de publicación: 2012
Valoración: Bastante recomendable

En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial, que supuso la descomposición del Imperio Austro-Húngaro y el final de un orden social o de un sistema de valores que había prevalecido sobre el resto durante décadas. Cronistas de estos cambios y de los efectos los mismos sobre las personas fueron una serie de grandísimos escritores centroeuropeos como Stefan Zweig, Robert Musil o Hermann Broch.

73 años después de la finalización de la Gran Guerra comenzaron lo que podríamos llamar las "Guerras Balcánicas". Bosnios, croatas, serbios, serbobosnios, kosovares, serbocroatas, etc volvieron a enfrascarse, con la inestimable colaboración del resto del mundo, en una serie de guerras fratricidas que tuvieron como consecuencia principal la desintegración de Yugoslavia y de orden político y social imperante desde 1945, aproximadamente.

Dragan Velikic podría ser, al igual que lo fueron Zweig, Musil o Roth, cronista de este ambiente fin de siècle estilo Tito / Milosevic. Al igual que estos, Velikic no se centra el los acontecimientos bélicos, estos aparecen únicamente de forma tangencial, sino que se centra en sus efectos sobre las vidas humanas.

Las páginas de este libro están pobladas de seres desorientados, de hombres y mujeres "sin atributos", de personas que tratan de sobrevivir y que se agarran, como un náufrago a una tabla, a una relación, a un amor acabado hace décadas, a un futuro al otro lado del océano o a un pasado del que no resulta fácil escapar.

Belgrado, Budapest, Viena, Estados Unidos. La extinta Yugoslavia desmoronada, el Imperio Austro-Húngaro desmembrado hace cien años, sus rescoldos. Escenarios, telones de fondo por el que pasan los principales personajes del libro (Miljan, Marko, Marija y Kristina) y sus existencias, con lazos que se unen y se deshacen, destinos heredados y destinos repetidos, en una sucesión de encuentros y desencuentros, de pasados, presentes y futuros que forman lo que normalmente llamamos vida.

Evidentemente, Velikic no es Zweig ni, probablemente, pretenda serlo. Pero este libro puede ser leído, igual que los del vienés, como el testimonio de un tiempo y de un orden que ya no volverán y de cómo ese tiempo, ese orden y su desaparición nos afectan. 

Un libro que, pese a un comienzo un tanto extraño (por la forma de escribir de Velikic y por la sensación de que las piezas no encajan del todo), acaba enganchando, acaba llegando al lector. El puzzle cobra sentido, si es que la vida lo tiene, y uno termina con ganas de más. Quizá en el próximo libro de Velikic.